Mientras estaba allí de pie repasando mentalmente lo que iba a decir, una de las hojas se abrió de repente. Sintió que se le paraba el corazón, como anticipándose a la posibilidad de que fuera Christopher quien salía a su encuentro, y luego cómo volvía a latir de nuevo al ver aparecer a Jackie Hansen. Salía apresuradamente y le sobresaltó toparse con un rostro inesperado.
– ¡Decker! ¿Cómo estás? -dijo mientras recuperaba la compostura y le estrechaba en sus brazos. Incluso con aquella enorme gasa en la mejilla, era una mujer hermosa. La comunión había seguido surtiendo efecto y ahora parecía incluso más joven y llena de vida que cuando la había visto la última vez, hacía poco más de un mes.
– Bien, bien -contestó él devolviéndole el abrazo con el mismo afecto.
– Oh, Decker. Tenemos que hablar, pero llego tarde a clase. ¿Estarás aquí mañana?
– Supongo -dijo encogiéndose de hombros.
– Muy bien. Entonces hablamos mañana -dijo, y se alejó apresuradamente por el pasillo.
– ¿Está Christopher? -llamó él tras ella.
– Está en su despacho -contestó Jackie elevando la voz.
Decker recorrió en silencio el suelo enmoquetado hasta la puerta del despacho de Christopher. La suerte estaba echada. No había marcha atrás. Llamó a la puerta. Hubo una pausa.
– Adelante -oyó que decía una voz casi imperceptiblemente desde el fondo del enorme despacho.
Decker abrió la puerta. Christopher estaba sentado a su mesa, con la vista fija en la puerta para ver quién era el que venía a verle a aquellas horas. De pronto, la expresión de leve curiosidad que llenaba su mirada se transformó en una de extasiada alegría.
– ¡Decker! ¡Oh, Decker! ¡Qué alegría!
Decker permaneció quieto e inexpresivo mientras Christopher se acercaba hasta él y le saludaba con un largo y fuerte abrazo.
– No te imaginas lo que ha sido esto sin ti. Debbie Sánchez es muy competente, pero no es ninguna Decker Hawthorne cuando se trata de lidiar con los medios. ¡Qué alegría que hayas vuelto!
– Yo… eh… Me alegra estar de vuelta -contestó Decker, sin saber muy bien qué otra cosa decir.
Christopher le liberó de su abrazo y dio un paso atrás para mirarle mejor.
– Bueno, cuéntame, ¿cómo te ha ido? -preguntó distraído-. Oh -dijo, como si acabara de recordar las plagas y todo lo ocurrido en las últimas semanas-. Perdóname, Decker. Aquí me tienes, pensando solamente en lo contento que estoy de que hayas vuelto, y no te he preguntado si estás bien. ¿Lo estás?
– Sí… Supongo que sí.
– Has perdido mucho peso.
– Bueno, han sido unas semanas bastante duras.
Christopher asintió con la cabeza.
– Al menos sigues vivo -dijo agradecido-. Anda, ven, siéntate.
Christopher se dirigió hacia un rincón cerca de las ventanas, desde donde se divisaban los jardines colgantes. Aquéllas no eran las ventanas por las que Decker había saltado en el sueño, y estaban cerradas, cómo no, porque las ventanas del complejo de la ONU no se podían abrir.
– ¿Qué te apetece beber? -preguntó Christopher que ya se había acercado al mueble bar.
– Esto… Agua, nada más -contestó Decker, mientras hundía su cuerpo en una de las cómodas butacas. ¡Cuánto le hubiese gustado olvidar lo ocurrido en las últimas semanas y aceptar tranquilamente la cálida bienvenida de Christopher, para luego seguir con su vida sin más! Pero, por el momento, las imágenes de Rhoda Donafin, de su familia y las del resto de personas de Petra estaban grabadas en su memoria. Debía completar la misión que le había llevado hasta allí.
– Necesito hablar contigo sobre tu decisión de marchar sobre Petra -dijo con resolución.
– Ya hablaremos de eso después -contestó Christopher, mientras regresaba con un vaso de agua fría, se lo entregaba a Decker, y luego se sentaba frente a él-. Cuéntame cómo te ha ido.
– Debes reconsiderar tu decisión -insistió Decker.
– Decker -le rogó Christopher, algo desconcertado-, es tarde. Llevas fuera más de un mes. Han ocurrido muchas cosas. ¿De verdad hace falta que nos pongamos ahora a discutir sobre esto?
– Sí. Por favor -insistió Decker.
– Además, la primera fase de ejecución no se pondrá en marcha hasta dentro de un mes. ¿Por qué es tan importante que lo discutamos precisamente ahora?
– Porque está mal -repuso Decker con rotundidad.
Christopher arqueó una ceja, suspiró, y se arrellanó en su butaca.
– Decker, no se trata de una decisión que haya tomado a la ligera. El Consejo de Seguridad lleva presionándome desde que empezaron las plagas.
– Muy bien, pues dile que no lo harás -le interrumpió Decker.
– No puedo.
– ¿Por qué?
– Pues porque estoy de acuerdo. Al principio no lo estaba. Sabes que siempre he tenido la esperanza de que el KDP y sus seguidores acabaran uniéndose a nosotros. He hecho cuanto ha estado en mi mano para hacerles entrar en razón.
– ¿De verdad? -Decker no había pretendido que su pregunta sonara como una acusación, pero lo hizo.
Christopher pareció sorprendido y algo dolido.
– Decker déjalo. Puedo entender que la gente pierda la fe en mí, pero ¿también tú me has abandonado?
– Yo no te he abandonado.
– Lo de Petra tampoco me gusta. Pero debe ser… -Christopher se detuvo a media frase, al tiempo que su expresión pasaba de pronto a reflejar primero asombro y luego incredulidad. Luego se levantó de la butaca, se fue hasta él y cogiéndole del antebrazo le arrancó el parche que cubría el dorso de su mano derecha. Decker no ofreció resistencia.
– ¡Así que es por esto por lo que cuestionas mi decisión! ¡Claro que me has abandonado! -Christopher retrocedió, sacudiendo la cabeza con incredulidad-. Me dijiste que aceptarías la comunión, y luego te esfumaste.
Se aproximó de nuevo, y miró fijamente a Decker a los ojos.
– Bob Milner intentó decirme, cuando llamaste diciendo que necesitabas unas vacaciones, que había tenido la sensación de que algo iba mal. Pero ¡no me lo quise creer! ¡Le dije que probablemente sólo estabas cansado! Es más, ¡me enfadé con él por sugerir algo semejante! Pero ya veo que le debo una disculpa. -Christopher volvió a sacudir la cabeza-. Nunca fuiste a que te suministraran la comunión. Te ocultabas… Te… -Christopher se detuvo de pronto y estudió el rostro de Decker-. No -dijo muy despacio, al tiempo que su ojos se velaban con una mirada de condescendencia y comprensión-. ¡Te… Te habían secuestrado! ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? ¿Cómo conseguiste escapar?
De uno u otro modo, Christopher sabía lo que había ocurrido.
Su mirada expresaba un afecto y preocupación tan sinceros que Decker no pudo continuar guardando las distancias. Aquello era lo que había esperado encontrar durante la emisión del discurso de Christopher por televisión. Ahora estaba seguro. Una oleada de alivio le recorrió de arriba abajo, ahora que sabía con certeza que sus sospechas habían sido infundadas.
– Estoy… Estoy bien -balbució Decker, a pesar de que era evidente que no lo estaba-. Bueno, la verdad -dijo, sonriendo aliviado- es que estoy fatal. Las plagas han sido muy duras con todos. Estoy agotado, me duelen los dientes, me duele la cabeza, y tengo la lengua y la pared de la boca como si hubiese hecho enjuagues con cristales rotos.
– Así que sí que has pasado por las plagas. Pensaba que a lo mejor te habían retenido en Petra todo este tiempo.
– Sólo estuve allí unos cuantos días. Cuando me liberaron, regresé a Estados Unidos. Es más, el secuestro y los días que pasé de rehén en Petra no fueron nada comparados con lo que han sido estas últimas semanas.