Выбрать главу

Decker sentía los brazos pesados y llevaba los hombros caídos, como si se hubiese encogido para morir y alguien le hubiese puesto firme con un palo. Se quedó allí de pie un largo rato, incapaz de moverse, mientras Christopher le observaba deleitado.

Finalmente, Christopher se fue hasta el mueble bar y se sirvió otra copa.

– Has sido todo un proyecto, la verdad -dijo-. Te he guiado; te he dado oportunidades para avanzar en tu profesión. -Y señalándole con el dedo, al tiempo que sostenía el vaso, le explicó-: Seguro que recuerdas el niño que, en Jerusalén, salió corriendo de detrás del Muro de las Lamentaciones, el niño que te llevaste a tu casa en Jenin después de los disturbios. Yo lo planeé todo.

»El secuestro del Líbano tenía un doble cometido. Primero, quitarte de en medio durante unos años hasta estar yo preparado. Empezabas a hacer demasiadas preguntas. No podía correr el riesgo de que publicaras una noticia y mi origen quedase al descubierto, y tampoco sabía si podía confiar en que el bueno del tío Harry consiguiera que mantuvieras la boca cerrada. Te necesitaba encerrado unos cuantos años. -Christopher dio un sorbo y sonrió-. Hace un minuto has dicho que yo fui al Líbano sólo para rescatarte a ti. Pero yo no diría que estuviera allí para rescatarte, no. Más bien fue como sacarte del congelador. -Christopher se encogió de hombros-. A Tom Donafin no lo necesitaba para nada. Así que bien podía haberse quedado allí pudriéndose, tampoco es que me importara nada.

»El segundo cometido de tu secuestro fue que me proporcionó la manera de que tú y Jon Hansen os conocierais. Aunque, desde luego, podía haber ideado otras formas de que os encontraseis. Podías haberle conocido mientras te documentabas para alguna noticia. Pero haciendo que te rescatara justo cuando estabas a punto de desmayarte de hambre en el Líbano, pudisteis pasar un par de días juntos y, dadas las circunstancias, se tendieron estrechos lazos de amistad entre ambos.

»Es más, lo más difícil fue conseguir que aceptaras el empleo con Hansen. Ahí casi conseguiste que me diera por vencido, pero al final picaste, gracias al trabajo entre bastidores de Robert Milner y Alice Bernley. A partir de ahí, la cosa fue casi sobre ruedas. Sólo tuve que desempeñar el papel de niño perfecto y, de vez en cuando, inventarme alguna que otra historia absurda sobre los sueños que tenía. -Christopher le contaba aquello con el único propósito de que éste le odiara todavía más. Era lo que buscaba.

»Pero tú también pusiste algo de tu parte -dijo Christopher como compartiendo méritos, pero teniendo como única meta dejar a Decker en ridículo-. Cuando sugeriste la idea de exigir a todo el mundo que aceptase la comunión que se imprimiera la marca, casi pierdo el conocimiento intentando no reír. ¡No sólo te tragaste el anzuelo, el sedal y la plomada de mis mentiras, es que incluso te preparaste tú solito la carnada!

– Entonces, ¿lo de que Elizabeth, Hope y Louisa se habían reencarnado…? -preguntó Decker como un boxeador que baja los puños quedando a merced de los puñetazos del adversario.

Christopher se limitó a reír y a sacudir la cabeza.

– ¿Y la historia de los theatanos?

– Es increíble lo que puede llegar a creerse la gente -contestó Christopher con aire de suficiencia-. Aunque ésa no fue toda cosecha mía. Adapté el nombre a partir de las enseñanzas de uno de los grupos Nueva Era. Claro que ellos lo tomaron de mí originalmente.

– ¿Y las confesiones televisadas de los fundamentalistas, y sus llamadas en público a la ira de Dios?

– Amañadas, en su mayoría. Aunque, claro, siempre hay unos cuantos locos que de verdad dicen esas cosas.

Decker guardó silencio, y cerró los ojos un instante para intentar asimilarlo todo.

– Y ahora ¿qué? -preguntó por fin, desesperanzado, y con apenas un hilo de voz.

– Ahora voy a preparar un discurso brillante, un gran llamamiento, que espolee a los habitantes de la Tierra y encienda su ánimo al rojo vivo contra Yahvé. Formularé un osado desafío, que apele a su orgullo, a su increíble propensión a sobrestimar su propia valía y, a pesar de ambos, a su inconcebible buena disposición a venderse ellos y sus derechos inalienables por una pequeña gratificación temporal. Estoy convencido de que puedo confiar en su tendencia a dar crédito a todos los halagos, por ridículos y artificiales que sean. Siempre me ha funcionado en el pasado. Luego reuniré a todos los pueblos de la Tierra, a la Humanidad -añadió con una risita-, en Meggido, y marcharán, conmigo al frente, a la «gloriosa batalla» de Petra.

– Me refería -balbució Decker- a mí. ¿Qué piensas hacer conmigo?

– ¡Ya sé a qué te referías! -contestó Christopher con desdén-. Depende de ti. Puedes aceptar la marca o puedes morir.

– ¿No vas a matarme?

– No gano nada con eso -dijo-. Salvo en un puñado de excepciones, como Juan y Cohen o Albert Faure, yo nunca mato a nadie personalmente. Se disfruta más cuando otros lo hacen por ti. Eso echa otro trozo de leña al fuego de su culpa.

»Así que ahí lo tienes -dijo Christopher-. Si quieres, puedes ponerte la marca mañana y vivir hasta que mueras; lo que debería ocurrir dentro de unos tres meses. Oh, pero claro, no queremos que te vuelvan a secuestrar o que te pierdas de camino a la clínica, así que ordenaré al departamento de Seguridad de la ONU que te asignen un par de guardaespaldas, sólo para estar seguros de que llegas hasta allí mañana sano y salvo. O si lo prefieres, estoy seguro de que pueden hacerte un hueco en la cola para la guillotina y así tener la cabeza cortada antes de que amanezca.

»Tómate unos minutos para pensarlo -dijo, mientras daba media vuelta para regresar a su mesa. Luego, se detuvo y volviéndose de nuevo hacia él, añadió con una voz encantadora completamente fuera de tono-: A decir verdad, Decker, estos próximos meses podrían resultarte muy interesantes. Siempre te han gustado las experiencias nuevas. ¡Imagínate! Tienes la oportunidad de sentir lo mismo que yo vengo experimentando desde antes del principio de tu mundo: sentir que cada segundo que pasa, te acerca un poco más a toda una eternidad en el infierno. Primero sientes el horror y el pavor, y luego la repulsa, y la ansiedad, y las pesadillas -si es que consigues conciliar el sueño-. Enseguida -dijo ahora con aire filosófico-, te darás cuenta de que, en el fondo, sólo hay una respuesta posible. -Hizo una pausa, como si quisiera brindarle a Decker la oportunidad de averiguar por sí solo cuál era aquella única respuesta-. ¡El odio! -dijo por fin, colocándose cara a cara con Decker.

»Me odiarás. Odiarás a cuantos te rodeen. Incluso te odiarás a ti mismo. Pero, más que a nadie, odiarás a Dios. Después de todo -explicó-, él es el que te puso aquí para empezar.

»Piénsalo, Decker. Tú nunca pediste estar aquí. ¡Mejor habría sido no nacer! Así que ¿quién sino Dios puede merecer más tu odio? ¡Él trucó la baraja en tu contra desde el principio!

Christopher sonrió y dio media vuelta para alejarse.

– ¿Y si lo cuento? -preguntó Decker.

Christopher soltó una carcajada patética.

– ¿A quién se lo ibas a contar? Además, nadie te creería. Claro que, si insistes en ser un incordio, entonces no me quedará más remedio que hacer una excepción y matarte personalmente. -Y sacudiendo la cabeza, añadió-: No seas estúpido, Decker. A no ser, claro, que tengas prisa por conocer el infierno.

Miró a Decker y soltó otra carcajada antes de cruzar el despacho hasta su mesa. Mientras apuraba su copa, presionó un botón, y al instante uno de los paneles de la pared se deslizó y reveló una pantalla de televisión de noventa y seis pulgadas. El televisor ya estaba encendido y, sin sonido, ofrecía imágenes vía satélite de las ejecuciones. Al parecer, era lo que había estado mirando antes de que Decker entrara. Devolvió el sonido a la televisión y se sentó a mirar.