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Al principio, Decker no se fijó en la imagen que aparecía en la pantalla, pero poco a poco, el monótono sonido de la hoja llamó su atención, y no pudo evitar dirigir la mirada hacia aquel revoltijo de sangre y muerte. Para su sorpresa, Christopher no parecía estar disfrutando demasiado con aquellas muertes. Y, en cambio, miraba fijamente los rostros de los verdugos, cada vez que conducían al condenado hasta la guillotina, lo colocaban y luego dejaban caer la hoja.

Mientras Christopher observaba las ejecuciones, Decker pensó en lo que Scott Rosen le había dicho sobre las plagas y las decapitaciones y la inminente guerra en Petra. Mientras las hojas caían y eran izadas de nuevo continuamente para la siguiente víctima, Decker empezó a comprender el verdadero significado de lo que había ocurrido. Hasta aquel momento había tenido suficiente con meditar sobre su propia miseria. Sus esperanzas y sus planes para colaborar a construir un mundo mejor y una Nueva Era habían resultado ser mentira. La promesa de que algún día volvería a reunirse con Elizabeth y sus hijas no había sido más que una estratagema para alejarle para siempre de ellas. Toda su vida había sido inútil. Lo habían tomado por tonto y él había demostrado merecerse ese nombre. Y ahora apenas le quedaban unas semanas para pasar la eternidad en el infierno. Aun así, se le antojó un castigo todavía peor para su vida: él había jugado un papel primordial a la hora de propiciar la destrucción del mundo.

– ¿Cuántos? -preguntó.

Christopher no necesitó mayor aclaración, había entendido la pregunta.

– Si miras a la parte inferior derecha de la pantalla -dijo señalando con el dedo-, verás que tengo conectado el televisor a un alimentador, cuyos datos se reflejan en estos contadores. De momento estamos a punto de alcanzar los tres millones cincuenta y ocho mil -contestó-. La segunda cifra es la estimación de los que quedan. Empezamos muy despacio -dijo, casi disculpándose-. Te sorprendería saber la logística que se necesita para algo así. Y, claro, durante la oscuridad estuvimos completamente parados, pero mi gente está trabajando las veinticuatro horas en ciento catorce ubicaciones, a las que el miércoles se sumarán veintidós más, cada una con un mínimo de veinte guillotinas. Me aseguran que el trabajo estará rematado a comienzos de septiembre.

Decker miró la segunda cifra de la pantalla.

– ¿Piensas decapitar a catorce millones de personas? -preguntó Decker aterrorizado.

– Oh, seguro que quedan algunos rezagados -reconoció Christopher-, pero la policía y las fuerzas de seguridad están haciendo una magnífica labor con sus redadas. Y hay que tener en cuenta que habrían sido más, de no ser porque varios millones de ellos murieron en las plagas.

Ya habían muerto casi tres mil millones de personas en las guerras y desastres de los últimos siete años. Christopher había dado las cifras en su discurso. Otros catorce millones más iban a morir bajo la cuchilla. Otros dos mil millones morirían en la batalla de Petra y como consecuencia de ésta. Para aquéllos, sin embargo, la muerte no iba a ser sino la primera de sus miserias, porque tras el velo de la muerte aguardaba la condenación. Su destino ya lo habían sellado al negar a Yahvé y aceptar el sello de la comunión de Christopher en la mano o en la frente, un sello que Decker había sido el primero en proponer.

Christopher había dicho que podía haber elegido a otro de entre mil personas más, y probablemente era cierto: no tenía que ser Decker. Si hubiese sido otro el elegido, entonces podría habérsele ocurrido la idea de la marca o si no Christopher o Milner se habrían encargado de proponerla. Formaba parte de la profecía, de modo que, fuera como fuera, habría ocurrido con o sin Decker. Pero aquél no era ningún consuelo, porque no había sido otro el elegido. Él había estado involucrado desde el primer momento. Echó la vista atrás y vio ahora con claridad todas las veces que la visión de Christopher sobre la Nueva Era le había seducido hasta el punto de llevarle a hallar justificación a todo lo que Christopher decía y hacía. Una y otra vez había aceptado, sin cuestionarle, todo lo que Christopher decía, por raro que pareciera. Día tras día había ayudado a Christopher a establecer un cimiento de engaño. Una mentira tras otra maldita mentira, Decker había formado parte de aquello, y lo había justificado defendiendo que era bueno para la Humanidad.

Las palabras que había pronunciado hacía escasos minutos volvieron para rondarle la cabeza. «No hay ni un solo hombre ni tampoco una sola mujer en el planeta que no esté familiarizado con el mensaje sobre el inminente avance evolutivo de la Humanidad: cine, televisión, Internet, radio, periódicos, revistas, libros, canciones, obras de teatro, vallas publicitarias, pegatinas… Tu visión de futuro está por todas partes. No hay ni un solo niño en edad escolar que no haya sido educado según la ética y los principios de la Nueva Era. Incluso los de edad preescolar aprenden el mensaje a través de dibujos animados, juguetes y juegos.»

«Dios mío -pensó-, ¿qué he hecho?»

En el colegio, de niño, Decker había leído incrédulo textos sobre las atrocidades llevadas a cabo a lo largo de la historia: los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Goebbels, Goering, Hitler; la matanza de diecisiete millones de rusos por Stalin. Luego estaban los genocidios de Pol Pot, de Idi Amin, de Sadam Husein y de otros como ellos. Ahora, mientras repasaba su vida, se dio cuenta de que era como ellos, ni más ni menos. Aunque él no hubiese sido el directo ejecutor de las torturas y las muertes, sí que las había facilitado. Todas.

Christopher había dicho que la única respuesta posible era el odio, pero Decker sentía algo mucho peor: el peso aplastante de la culpa.

Mientras Christopher miraba las ejecuciones, Decker se encogía cada vez que la caída de la hoja le regalaba una sangrienta demostración del resultado de su pecado. Al final, de modo inesperado, la culpa encontró su voz en la ira. Había odio en su corazón, eso no podía negarlo, pero no se parecía en nada a lo que Christopher había descrito. Le llenaba los pulmones con el aire gélido del desafío. No estaba todo dicho todavía, pensó.

– Christopher -dijo muy flojo, casi susurrando.

– Dime -contestó Christopher tranquilamente, como si nada desagradable hubiese ocurrido.

– ¿Cómo es el infierno? -preguntó.

Christopher le quitó el sonido al televisor y giró su butacón para darle la cara.

– Me temo que tan malo como lo pintan -dijo con un tono reconfortante. Pero en su voz no había compasión, sólo era que sabía que, por ahora, no había forma de hacerle más daño al viejo-. Claro que yo nunca he estado allí. Lo de que el infierno es la casa de Lucifer no es más que un cuento absurdo. Es como si dijéramos que la guarida de un criminal era la cárcel, sólo porque era allí donde había acabado al final de su carrera.

»Pero en cuanto a cómo es -continuó, muy serio, con la mirada perdida, como si de verdad pudiera verlo allí delante-, creo que es muy parecido a la oscuridad de la última plaga… -Aquí hizo una pausa, revelando el desagrado que le producía la idea, pero al final concluyó-:… aunque mucho más caluroso.

Había rematado su descripción con un toque de humor negro, pero había algo más en su voz. Aunque sólo fuera durante un instante, Decker pudo detectar el sentimiento de terror que ocultaban las palabras de Christopher.

– ¿Y tú estarás allí también? -preguntó Decker.

La voz de Decker sacó de su ensoñación del infierno a Christopher, que ahora sonrió con entusiasmo. A continuación se levantó del butacón y regresó hasta donde Decker seguía plantado de pie.

– ¡Eso es! -dijo, provocándole-. ¡Quieres verme en el infierno, allí, a tu lado!

»¡ Venganza! -exclamó.

»¡Ira! -le fustigó.