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Era absurdo, pero como no tenía nada que perder, decidió probar por si hubiera alguna relación. «Te odio», repitió, esta vez en un tono casi científico y sin demasiado sentimiento. No se produjo ningún cambio aparente. «¡Te odio», gritó con énfasis. Esta vez el cambio fue inmediato; las llagas se encogieron ante sus ojos. Aquélla era prueba suficiente. Y, blandiendo su puño hacia el cielo, imprecó: «¡Te odio, Dios! ¡Te odio! ¡Te odio!». Sin dejar de gritar tan fuerte como podía, sus ojos brillaban de placer mientras observaba cómo disminuían, y finalmente desaparecían, las ulcerosas maledicencias.

* * *

A partir de algunos sucesos similares corrió rápidamente la voz sobre la cura y en pocas horas, las voces habían llegado a los medios de comunicación de ámbito internacional. Hacia las dos de la tarde, hora de Babilonia, Robert Milner emitió un comunicado de prensa confirmando que aquélla era, sin lugar a dudas, la primera de las tres señales de las que Christopher había hablado. «Mientras maldecimos a Yahvé -había dicho Milner en el comunicado-, le arrancamos su control sobre la Tierra. El resultado más inmediato es la curación de nuestras llagas. Pero al unir nuestras voces -continuaba el mensaje-, y unir nuestro grito de liberación, ponemos en marcha ese importante proceso que conducirá a la caída definitiva de Yahvé y a nuestra gloriosa ascensión. Debemos maldecirle sin tregua, incluso una vez desaparecidas nuestras llagas. Debemos unirnos en una única voz, seguir plantándole cara al tirano, y portar ese desafío como estandarte y escudo a la batalla contra Yahvé y nuestros enemigos de Petra, hasta que la Humanidad sea libre.»

El comunicado de Milner concluía con la promesa de que la segunda señal aparecería una semana después y que la tercera lo haría la semana después de aquélla.

Viernes 31 de julio, 4 N.E.

Esa mañana, cuando el sol fue iluminando la faz del planeta y despertando a sus habitantes, nadie tuvo tiempo de preguntarse más sobre la segunda señal. Como si la repentina y abrumadora sensación de fortaleza y vitalidad no fuera suficiente para convencerles, una mirada al espejo bastó para confirmar la obviedad. Cinco, diez, quince años de juventud les habían sido restaurados a los ancianos en una sola noche. Los kilos de grasa de más se habían derretido, dejando esbeltos y fuertes a los beneficiados. Los que ya gozaban de buena salud sintieron como una energía renovada les recorría de arriba abajo. El estallido generalizado de salud, energía y vitalidad, muy superior incluso al que había producido la comunión, convenció a casi todos de que lo que Christopher había prometido era verdad, y les invistió con la esperanza de victoria sobre sus enemigos en la inminente batalla de Petra.

Jueves 7 de agosto, 4 N.E.

Petra

Chaim y Rose Levin remontaron el pronunciado sendero que ascendía hasta la cima de la montaña de Umm Al Biyara, desde donde podían contemplar casi toda Petra. A sus pies, las hileras y columnas de tiendas, realzadas por franjas entretejidas de verde, formaban una gigantesca colcha de parches que parecía extenderse hasta el infinito. Desperdigados por el exuberante valle, los campos de árboles frutales ofrecían su cosecha a todo aquel que se acercara a recogerla. Atravesaban Petra de este a oeste, dividiéndola, las aguas cristalinas del Wadi Mousa, que penetraban en aquel refugio amurallado a través de un antiguo túnel excavado en la montaña. Y por la mañana, lo sabían, el maná sustentador de vida volvería a depositarse sobre el campamento, del mismo modo que lo había hecho seis mañanas a la semana durante los últimos tres años y medio. Chaim y Rose apenas habían pronunciado palabra desde que habían emprendido la marcha, aparentemente su paseo vespertino, pero ambos tenían lo mismo en mente.

– Todo está ocurriendo como dijeron -susurró Chaim, lo mismo para sí que para su esposa, cuando llegaron al final del viaje y pararon a descansar-. Todo esto -dijo con un amplio barrido de su mano que abarcó todo el valle de más abajo-, las plagas, la exterminación de los cristianos. Y muy pronto, sin duda -dijo sacudiendo la cabeza-, tendremos a los ejércitos de la Tierra a nuestra puerta.

Farnborough, Inglaterra (sur de Londres)

Ian Wilder estaba sentado en el suelo de madera pelada, con la espalda apoyada contra la litera que le había sido asignada en aquel viejo barracón de la Segunda Guerra Mundial. Sobre el regazo descansaba uno de los cuatro libros que le habían dado a leer sobre la Nueva Era. Después de tres semanas de espera, sin otra cosa con la que ocupar su tiempo, había decidido intentar leerse uno de ellos en serio, en lugar de hojearlos. Tres semanas atrás le habían asegurado que aquello no era una prisión, y que sólo estaría allí el tiempo que tardaran en desprocesar sus papeles. Luego sería devuelto para desempeñar un papel útil en la sociedad. Había recibido la comunión y la marca por voluntad propia, así se lo habían recordado, y eso le convertía en ciudadano de la Nueva Era, con todos sus derechos y privilegios. No importaba, le habían asegurado entonces, que hubiese hecho la elección escasos minutos antes del momento programado para su muerte; sólo unos minutos antes, recordó, de que su esposa -sorda a los razonamientos y ciega a la lógica- se hubiese sometido a su propia muerte. Mejor, pensó, porque ella jamás habría renunciado a sus viejas creencias religiosas y jamás habría sido feliz en la Nueva Era. Con todo, se alegraba de no haber tenido que verla morir.

Ahora, todo le parecía un sueño. En un solo día habían sido traicionados por su hermano, detenidos, cargados en la parte trasera de un camión de ganado, y enviados a ser ejecutados. Cuando llegaron, los trasladaron a una enorme celda de reclusión, donde los embutieron con los centenares de personas que allí aguardaban. La celda contigua iba vaciándose a un ritmo constante, según iban desfilando sus ocupantes por la guillotina. Sencillamente, no había tiempo para torturarlos a todos, tal y como había ordenado Milner, y mantener las cuotas, de modo que en el muro de delante de las celdas, varias pantallas de televisión mostraban imágenes detalladas de las guillotinas y escenas en las que varios prisioneros, por lo general niños y niñas muy jóvenes, eran brutalmente golpeados, sodomizados, violados y mutilados por los guardas antes de ser conducidos al patíbulo. El suelo de la celda estaba encharcada de orina, y el hedor se mezclaba con el de los excrementos y el sudor, haciendo que el aire fuera casi irrespirable. Una música estridente brotaba de los altavoces del equipo de megafonía de la prisión a un volumen ensordecedor, que ahogaba la entonación de oraciones y cánticos religiosos. Ian se había tapado los oídos, pero el gesto no le ofreció demasiado alivio.

Cuando la otra celda estuvo vacía, los guardas se habían dirigido a la celda de Ian y empezaron a sacar a los que se encontraban más próximos a la puerta. Las ejecuciones avanzaban tan rápidamente que a los pocos minutos ya sólo quedaban la mitad de los prisioneros. En ese momento, más o menos, había llegado otro cargamento de personas, a las que se introdujo en la otra celda a esperar. Ian no se separaba de su mujer, aunque no había podido evitar sentir cierto resentimiento, porque había sido ella con su insistencia en que no aceptaran la comunión la que les había metido en aquello. Los guardas no tardaron en volver, y esta vez se los llevaron a ellos y a otras ocho personas más de la celda. Después de avanzar por varios largos corredores, la música se apagó por fin, y aunque todavía les zumbaban los oídos, empezaron a escuchar el crujido de las hojas de las guillotinas al caer. El sonido ganó nitidez cuando, tras franquear una puerta, les condujeron a una galería exterior mal iluminada.

El aire se hizo pesado y pútrido cuando, al doblar una esquina, se encontraron en el patio abierto donde se celebraban las decapitaciones. El espectáculo era sobrecogedor, y la mujer de Ian se tambaleó y estuvo a punto de desmayarse. Algunos de los de su grupo vomitaron. Tres hileras de seis guillotinas dejaban caer, cabeza tras cabeza, en el interior de unos barriles de plástico verdigrises salpicados de sangre, hasta que ya no cabían más. Unos hombres musculosos empapados de sangre hacían rodar o cargaban con los cuerpos hasta unas cintas transportadoras, que los depositaban sin ceremonia en el interior de una flota de camiones volquete. Aquí y allá, los cuerpos que se habían salido de la cinta transportadora y las cabezas que habían botado y rodado al suelo desde los barriles repletos yacían abandonados tal cual, a la espera de que se encontrase un hueco para retirarlos. El suelo de cemento del patio estaba inclinado hacia un sumidero central, pero la sangre manaba tan rápido de los cuerpos de las víctimas que formaba un charco de varios centímetros de hondo, con un remolino en el centro, del que brotaba un desagradable sonido continuado de succión sobre el desagüe.