Al descender del aparato bajo las aspas giratorias, Kerpelmann paseó la vista por las tiendas, y se dirigió directamente a la que lucía la bandera y el sello del secretario general de Naciones Unidas. Los guardas apostados en el exterior le invitaron a entrar. Christopher le estaba esperando.
– Gracias por venir, general Kerpelmann -dijo Christopher, al tiempo que el general se encajaba el bastón bajo el brazo izquierdo y le hacía un saludo-. Por favor, siéntese. -Kerpelmann tomó asiento, y Christopher abordó sin preámbulos el motivo por el cual le había convocado a aquella reunión.
– General, he leído su informe sobre el elevado número de judíos que en Jerusalén se oponen a nuestros esfuerzos aquí. ¿Es cierto -preguntó Christopher con una mueca- que se están cortando la mano derecha para deshacerse de la marca?
– Me temo que sí, señor -contestó Kerpelmann.
Christopher sacudió la cabeza y suspiró como para decir «pobres idiotas», antes de volver al propósito inmediato del encuentro.
– También he leído su recomendación para abordar el problema. -Christopher se arrellanó en la silla-. Me inclino a pensar que su sugerencia es acertada.
La expresión del general Kerpelmann no reflejó cambio alguno en su estado de ánimo, pero por dentro era una fiesta. No se esperaba el apoyo de Christopher.
– ¿Se ha producido algún cambio recientemente que pudiera animarle a reconsiderar su recomendación? -preguntó Christopher.
– No, señor. Es más, creo que la coyuntura no podría ser más idónea para su aplicación, sobre todo a la luz de la acción que va a emprenderse aquí de forma inminente. -El silencio de Christopher invitó a Kerpelmann a continuar-. Señor, no pretendo intentar comprender cómo funcionan con exactitud todos esos poderes psíquicos, pero yo creo que si tiene una acción en marcha aquí, no querrá que nada de lo que pueda estar ocurriendo en Jerusalén interfiera en lo más mínimo.
Christopher hizo una pausa, como si estuviera considerando la recomendación de Kerpelmann, y luego asintió con la cabeza.
– Tiene usted una difícil misión por delante, general -dijo-. Lo quiero hecho para mañana a mediodía, antes de que comience la acción sobre Petra.
– Puedo tener a mi gente lista en dos horas -le aseguró Kerpelmann.
– ¡Bien! -dijo Christopher, y después de una pausa añadió-: Tenemos seis divisiones bajo el mando del general Novak en la retaguardia del contingente que viene del valle de Jezreel. Calculo que estarán llegando ahora a Jerusalén. Para acelerar las cosas, le ordenaré a Novak que le traspase el mando hasta que usted haya completado su misión.
El general Kerpelmann se levantó en posición de firmes, saludó con brío y salió de la tienda. «Por fin», se dijo entre dientes, y golpeó el bastón contra la palma de su mano izquierda. «Si me hubieran dado permiso para hacer esto hace tres años y medio, al principio de ocupar Israel», pensó, «antes de que los demás huyeran a Petra, el mundo nunca habría sufrido las plagas.» Conocía a los judíos. Se había criado en Austria, y había aprendido a odiarlos. De joven había estudiado la Segunda Guerra Mundial y se pasaba las noches despierto agobiado por las decisiones equivocadas y los errores de cálculo que habían precipitado la derrota de Hitler. Resultaba una dulce e irónica reivindicación de las ideas de Hitler que tantos años después de la derrota del Tercer Reich, las Naciones Unidas, nada menos que la organización que constituyeron quienes derrotaron a Alemania, reconociese por fin la necesidad de completar el trabajo iniciado por el Reich.
Cinco kilómetros al sudeste de Babilonia
Los ocupantes del camión se habían acurrucado juntos y rogaban a Dios que los librara de aquel granizo que, con granos de sesenta centímetros de diámetro y cuarenta y cinco kilos de peso o más, llovía a su alrededor. De repente se oyó un enorme golpe y el sonido de cristales rotos. El granizo había alcanzado la cabina del camión. Un momento después, una piedra golpeó en la rueda trasera que había quedado en el aire, la arrancó del cubo, separó el diferencial de la transmisión, e hizo que el eje atravesara la rueda en el suelo, hundiéndola casi medio metro en el polvo. Dos piedras más destrozaron la cabina. Y otras rodaron contra la puerta trasera después de golpear en el suelo junto a ella.
La tormenta continuó durante otros veinte minutos, durante los cuales varias partes del camión fueron duramente golpeadas, pero, milagrosamente, ninguna piedra cayó directamente sobre el compartimento.
Cuando la tormenta hubo pasado, Ed Blocher, Joel Felsberg y cuantos no estaban heridos en el camión unieron sus fuerzas para abrir la puerta trasera. A pesar del esfuerzo sólo consiguieron abrirla una rendija de unos cuarenta y cinco centímetros. El granizo acumulado en torno al camión sólo dejaba un espacio muy pequeño, aunque suficiente para que pudieran salir por él uno a uno. Ed Blocher fue el primero. Al emerger del camión pudo contemplar el auténtico impacto del granizo. Hasta donde le alcanzaba la vista, la tierra estaba cubierta por una capa de entre dos y dos metros y medio de espesor de las gigantescas piedras, y la ciudad de Babilonia no era más que un erial aplastado y humeante.
Ciento veintiocho kilómetros al nordeste de Petra
Muy por encima de sus cabezas, una enorme bandada de cuervos sobrevoló las columnas en su viaje hacia el este. Los que abajo marchaban hacia Petra no advirtieron el paso de los pájaros; tenían la vista fija en un punto enclavado seiscientos kilómetros al este, donde una enorme nube negra se elevaba desde más allá del horizonte. Tampoco oyeron a los pájaros, porque habían llenado el aire con sus blasfemias. Las primeras noticias sobre la destrucción de Babilonia y los daños sufridos por otras ciudades como consecuencia de los terremotos empezaban a ser difundidas por todo el planeta.
A causa de la gravedad de la situación, nadie recordó las palabras del segundo ángel, que se había aparecido cuando inauguraban el complejo de la ONU, dos años antes.
Jerusalén
La bota de combate, con su suela de acero, hizo blanco en el centro de la puerta de entrada de madera, haciendo saltar el cerrojo y lanzando la puerta abierta. Con cautela pero sin dilación, dos hombres uniformados entraron a la carrera y empezaron a registrar el piso. Saltando de habitación en habitación con sumo cuidado, miraban debajo y detrás de los muebles, en el interior de los armarios, y detrás de las cortinas que llegaban hasta el suelo. Cuando llegaron al dormitorio principal, uno de ellos abrió la puerta del vestidor al tiempo que el otro apuntaba con un fusil. En el interior había una mujer que, pegada a la pared del fondo, cerraba los ojos tratando en vano de ocultarse detrás de la ropa que había colgado delante de ella.
– Cógela -dijo el hombre del fusil. El otro hombre metió medio cuerpo dentro del vestidor, agarró a la mujer del pelo y la sacó de un tirón, mientras ella se mordía el labio para no gritar.
– No está mal -dijo el otro bajando el fusil-. Pero echémosle un buen vistazo. -Dicho esto, empezó a arrancarle la ropa hasta que la mujer quedó totalmente desnuda ante ellos. Ella intentó taparse, tarea harto complicada puesto que le faltaba la mano derecha.
– Sujeta esto -dijo pasándole el fusil a su compañero.
– Sujétalo tú -contestó el otro, mientas dejaba caer sobre la alfombra las armas de ambos.
Los dos hombres cogieron a la mujer y la obligaron a tumbarse en la cama, pero ella se resistió arañando al primero en la cara.