El hombre se apartó bruscamente hacia atrás y se palpó la cara donde ella le había arañado. La sangre en su mano le reveló la gravedad de la herida.
– ¡Puta asquerosa! -dijo, y la agarró de la mano izquierda y se la retorció detrás de la espalda. Luego la cogió del muñón vendado del brazo derecho con su otra mano, le retorció los dos brazos y a continuación tiró violentamente de ambos hacia abajo, dislocándole el hombro izquierdo y dejándole ese brazo completamente inservible. El muñón había hecho que se le escapara ese brazo, de modo que, mientras ella gritaba de dolor, él se concentró en el otro brazo. Con el muñón en una mano y el codo en la otra, efectuó un brusco movimiento de torsión y, con un chasquido nauseabundo, le rompió el brazo derecho por la articulación. Temblando de dolor, la mujer rezaba por que en ese instante perdiera el conocimiento, al tiempo que los dos hombres la tiraban sobre la cama y se bajaban los pantalones.
De pronto, se produjo un destello de movimiento, y el esposo de la mujer, hasta ese momento oculto en otro rincón de la casa, entró como un poseso en la habitación y se dirigió hacia los dos hombres. En su mano izquierda, la única que tenía, sostenía un enorme martillo de carpintero, la única arma que había podido encontrar. De un solo golpe, clavó hasta el fondo las orejas del martillo en el cráneo del primer soldado. Luego, lo arrancó de la cabeza del hombre e intentó hacer lo mismo con el segundo, pero esta vez le golpeó en el brazo que el otro había levantado para defenderse. La fuerza del golpe lanzó al soldado hacia atrás, quien, incapaz de mantener el equilibrio, por tener los pantalones bajados a la altura de las rodillas, se cayó al suelo, convirtiéndose en presa fácil de los implacables golpes del martillo.
Hincado de rodillas, con la adrenalina de su ira impulsándole a continuar golpeando al soldado a pesar de que éste ya estaba muerto, el marido de la mujer apenas oyó cómo entraban otros en el piso. En el último momento, soltó el martillo y cogió uno de los fusiles del suelo. Apuntar el fusil, habiendo sido diestro, era una tarea prácticamente imposible, pero a esta distancia iba a ser difícil que fallara. Sin sospechar lo que había ocurrido, aparecieron en la puerta otros dos soldados de la ONU. Entonces sonaron cuatro disparos, y los dos hombres se desplomaron y su sangre se desparramó por el suelo.
Sin apenas fuerzas para mantenerse en pie, el hombre intentó ayudar a su mujer. Un momento después no oyó como otros dos soldados entraban en el piso. Éstos franquearon la puerta dando tiros. Cuando todo acabó, el marido de la mujer yacía muerto en el suelo, con los cuatro soldados. Oculta en el lado opuesto del vestidor donde había estado escondida, una bala perdida había atravesado la puerta del vestidor y el pequeño cuerpo de su hija de cuatro años. La mujer había recibido una herida en el costado, pero no la sentía por el dolor del hombro y el brazo… y por el dolor de su corazón.
Mientras la sangre le manaba por el costado, los dos soldados terminaron lo que los otros dos habían empezado, y la violaron; luego, cuando terminaron, le descerrajaron un tiro en la cabeza.
Desde la base de operaciones situada en lo alto del monte de los Olivos, a las afueras de Jerusalén, el general Kerpelmann contemplaba la ciudad a través de unos prismáticos. Lo que veía no le gustaba nada, y menos aún los informes que le iban llegando. Incluso los más débiles y ancianos habían ofrecido resistencia, y eso que la mayoría sólo tenía una mano. Cuando dirigió los prismáticos hacia el Templo, divisó a tres hombres en el pináculo a los pies de la estatua de Christopher; estaban colocando explosivos.
– Quiero a esos hombres muertos -gritó, señalando hacia ellos con su siempre presente bastón. Pero era demasiado tarde. Antes de que diera tiempo a enviar a los tiradores, el eco de la explosión resonaba ya por todas las colinas de los alrededores. Bajo la aterrorizada mirada de Kerpelmann, que sabía lo mucho que aquello iba a disgustar al secretario general, la estatua se precipitó sobre la calle de más abajo y quedó hecha añicos.
El general Kerpelmann lanzó un grito de cólera y maldijo a Dios. Su imprecación no tenía nada que ver con la creencia generalizada de que al hacerlo conseguiría debilitar el control de Yahvé sobre la situación. Más bien, maldecía, como siempre lo había hecho, de rabia.
– ¡Coronel! -le gritó a su segundo al mando-, ordene a la artillería que apunte hacia el Templo. ¡Informe a nuestra gente y dígales que tienen dos minutos para salir de allí, y luego quiero que conviertan el edificio entero en un crematorio en llamas! ¡Quiero oler su carne chamuscándose!
24
Afueras de Petra
– ¿Qué está pasando aquí? -inquirió el embajador americano y miembro del Consejo de Seguridad, Jason Clark. El secretario general Christopher Goodman permaneció sentado con toda calma y sosiego a pesar del desafío verbal-. ¡Usted no dijo nada de esto! ¿O es que la destrucción de Babilonia, de ciudades enteras de Asia, África y Europa, y de la práctica totalidad de las islas del planeta no era suficientemente relevante como para mencionarlo?
– Me hago cargo de su preocupación -contestó Christopher sin inmutarse-. Y la verdad es que me sorprende que Yahvé haya utilizado esta táctica. No tiene sentido, salvo como distracción.
– ¡¿Distracción?! -aulló Clark, que no daba crédito a lo que oía-. ¡¿Llama usted distracción a una tormenta que arroja fuego y granizo del tamaño de rocas, y a un terremoto que ha reducido a escombros su capital y destruido ciudades por todo el globo?!
– A lo único a lo que puede aspirar Yahvé a estas alturas es a utilizar esto para desviar nuestra atención de la verdadera misión que nos ha traído hasta aquí.
– ¡Pues está funcionando!
Christopher miró con determinación a los ojos de Jackson Clark y contestó tajantemente.
– Cuando mañana la batalla haya concluido, yo restauraré Babilonia: todo y a todos. Y en el espacio de tres días haré lo mismo con todas y cada una de las ciudades que han sido destruidas. Pasados esos tres días, no quedará ni rastro del terremoto, ni de los incendios, ni del granizo.
Clark y cuantos le rodeaban se quedaron momentáneamente paralizados de asombro ante la osada afirmación de Christopher. A pesar de su magnitud, era tanto lo que habían presenciado hasta la fecha que no pudieron evitar preguntarse si Christopher era de verdad capaz de cumplir esa promesa.
– ¡Si no estamos todos muertos para entonces! -se aventuró a decir Clark por fin. Tampoco podía decir mucho más.
La repentina expresión de furia que nubló el rostro de Christopher hizo que Clark y los demás que estaban en la tienda desearan que éste no hubiese dicho nada. Mientras Christopher apretaba los dientes, aparentemente tratando de contener un torrente de cólera como una presa a punto de resquebrajarse, la tienda se quedó vacía en un abrir y cerrar de ojos, sin que nadie osara decir ni una palabra más.
El monte de los Olivos, dominando Jerusalén
Cuando hubo finalizado el baño de sangre en Jerusalén y sus alrededores, casi la mitad de la población judía había muerto; y apenas quedaban mujeres o niñas que no hubiesen sido violadas por lo menos una vez. Los que no habían sido asesinados se encontraban retenidos; la mitad en centros de ejecución fuera de la ciudad, y la otra mitad permanecían encarcelados temporalmente en el valle del Kidron, al pie de la base de operaciones del general Kerpelmann en el monte de los Olivos. En la colina que separaba a Kerpelmann de sus cautivos, la instalación de las guillotinas trasladadas hasta aquí para la ocasión avanzaba a marchas forzadas. El general Kerpelmann se había jurado antes de la batalla que haría correr la sangre de los judíos en el valle del Kidron, y desde luego que así iba a ser. Otras ejecuciones eran más rápidas y limpias, pero la decapitación había ganado bastante popularidad entre la tropa, y el general Kerpelmann sabía muy bien lo importante que era mantener bien alta la moral de sus soldados.