una voz grave, honda, que habría resultado más natural en un hombre más
grande que él–. Verte un momento, saludarte, enterarme de qué tal estás, de
cómo te va… Al fin y al cabo soy tu padre, ¿no?
Andrés contrajo los labios en una mueca burlona, pero ya no quiso contestar a
esa pregunta.
—Preséntame a tu amiga, por lo menos –insistió él, volviéndose hacia Tamara
para volcar su crujiente sonrisa sobre ella.
—Se llama Tamara, vamos juntos al colegio –el padre de Andrés se le acercó y la
besó en las dos mejillas–. Éste es mi padre, se llama igual que yo.
—Más bien serás tú el que te llamas como yo, ¿no? –y se echó a reír–. Venga, os
invito a tomar algo.
—Es que vamos a la papelería de ahí al lado, a comprar…
—Podéis ir luego, ¿no? Es pronto todavía.
Giró sobre sus talones y empezó a andar hacia el bar como si estuviera más que
seguro de que ellos lo seguirían, y así fue, pero antes de la primera pedalada,
Tamara miró a Andrés y recibió a cambio una mirada especial, distinta de todas
las que él le hubiera dirigido antes. Aquellos ojos se clavaron en los suyos como
una llamada de socorro, como un grito, como una súplica, y en ellos había rabia,
pero también recelo, e indignación, incertidumbre, extrañeza, y una resignación
helada, antigua. Tamara no comprendió bien su mensaje, tal vez ni siquiera
Andrés fuera capaz de comprenderlo completamente entonces, pero sintió un
mordisco de miedo, el destello de una luz roja, el estruendo de una alarma.
Su amigo lo estaba pasando mal.
Eso era lo que podía adivinar, y eso no le gustaba. Por eso le siguió sin decir
nada, apoyó la bicicleta en la misma farola donde él había dejado la suya, y le
puso una mano en el hombro para andar junto a él hasta la mesa donde aquel
hombre tan guapo, que era su padre, seguía sonriéndoles al lado de una mujer
gorda, el pelo teñido de negro azulado, la cara muy pintada, el cuerpo embutido
en un vestido corto de una tela que parecía terciopelo barato, y dos muslos
inmensos tras las medias de malla, los hilos incrustándose con esfuerzo en la
carne para crear una penosa cuadrícula de bultitos regulares, romboidales,
simétricos.
Cuando se sentó en la silla, Tamara se dio cuenta de que Andrés tenía la cara
blanca. Estaba tan pálido como si se la hubiera embadurnado con esos polvos que
se ponen los mimos que trabajan en la calle, pero su padre le dio una palmada en
la pierna, y luego le sacudió con suavidad, como una manera de demostrar que
no estaba dispuesto a desanimarse.
—A ver, ¿qué queréis tomar?
Aquella mujer se le desplomó encima, se dejó caer sobre su costado mientras
aferraba su brazo derecho con las dos manos, pero él se la sacudió enseguida,
quita, dijo, sin volverse a mirarla, y ella se enderezó para cruzar de nuevo las
manos sobre la mínima extensión de su falda, sin dejar nunca de mirar a Andrés.
—¿Qué pasa? –insistió al rato–. ¿Os habéis quedado mudos?
—Yo, una coca–cola –respondió Tamara enseguida.
—Yo otra –murmuró sin ganas su amigo.
Pero su padre pidió además patatas fritas, y cuando las tuvieron delante, ni
siquiera él resistió la tentación de alargar la mano hacia el plato.
—Va bien la bici, ¿eh? –dijo aquel hombre entonces, como estimulado por su
apetito, y sus ojos se volvieron hacia Tamara–. Era mía.
Yo se la regalé.
—La ibas a tirar –su hijo habló despacio, con la vista fija en las patatas.
—¿Y qué? Era mía igual, de todas formas. La iba a tirar pero te la regalé a ti.
—No la querías –Andrés no levantó la vista, pero el color regresó de golpe a su
cara, roja ahora, tirante–. Eso no es un regalo.
Su padre le dirigió una mirada furiosa, pero cuando Tamara temía que se pusiera
a chillar, dejó escapar una carcajada larga y aguda, entrecortada y seca, como la
risa de un loco.
—Eres igual de borde que tu madre, hijo mío, pero igualito, un puto higo chumbo
–su acompañante celebró el comentario con una risa de rata que él ya no se
molestó en reprimir–. Y por cierto, ¿cómo está? Tu madre, digo. Hace mucho que
no la veo, o mejor dicho, hace mucho que ella no me ve a mí, o mejor dicho
todavía, que hace como que no quiere verme… –Andrés se puso un poco más
rojo, pero no despegó los labios, ni levantó la cabeza–. Parece que se le han
subido mucho los humos, ¿no?, y ya me está tocando un poco los cojones, te
advierto… –Ella no es tu mujer, pensó Tamara, no es tu mujer, volvió a pensar,
ya no es tu mujer, pero no se atrevió a decirlo en voz alta–. Me han contado que
va por ahí, mirando pisos, con la vieja loca esa del BMW… –la pausa que se abrió
a continuación fue más breve, porque aquel hombre se abalanzó hacia delante,
agarró por la barbilla a su hijo y le obligó a levantar la cabeza–. ¡Que me hables,
coño!
—¿Qué? –gritó él a su vez para que su padre, satisfecho de la violencia de su
reacción, volviera a recostarse en su silla.
—Que si es verdad que tu madre va por ahí mirando pisos.
—¡Sí! –Andrés escupía las palabras con sus labios de color escarlata, como si cada
sílaba le hiciera una herida al trepar por su garganta–. Está mirando, ¿qué pasa?
Vamos a comprarnos uno.
—¡Oooh! –y entonces, mientras arqueaba las cejas para improvisar una cómica
mueca de asombro que pretendía ser genuina, incluso amable, fue cuando
Tamara empezó a tenerle miedo de verdad–. ¿Y con qué dinero, si puede
saberse? Porque no creo que tenga bastante con el que sacaron del campo aquel
que tenían en la Ballena. Hay que ver, quitarle el dinero a su propia madre…
Cuando tu abuela me lo contó, no me lo podía creer.
¿Cuánto le dieron al final? ¿Dos millones? ¿Tres?
Andrés no quiso contestar.
—¡Que te estoy hablando!
—Pues con el suyo se lo comprará –contestó después de un rato, cuando Tamara
ya estaba temiendo que su padre empezara a zarandearle otra vez–. Con su
dinero. Con el que gana trabajando.
—Ya… Va a pedir un crédito, ¿no? Pues qué bien, cuánto me alegro por ella –miró
a la mujer que estaba a su lado y le dio un codazo antes de incrementar el tono
festivo de su voz, hasta que logró que cada frase sonara como una carcajada–. Y
que debe de trabajar un montón ahora, ¿verdad? De día y de noche. Sobre todo
de noche, porque ya no la vemos nunca en los bares del puerto, con lo que le
gustaban a ella, antes, los bares…
—De noche está en casa conmigo, ¿te enteras? –Andrés se levantó de golpe, tiró
la silla, se sorbió los mocos, apretó los dedos, se estiró el borde de la camiseta
con las dos manos–. Está conmigo. En casa. Conmigo.
Luego le dio la espalda. Tamara le vio recorrer la acera en tres zancadas y se
levantó ella también, como impulsada por un muelle oculto en su silla.
—¿Ya os vais? –oyeron a sus espaldas, y ninguno de los dos contestó.
Pero aquel hombre tan guapo era también tan ágil como ellos. Por eso, mientras
se montaban en las bicicletas, se lo encontraron delante, con su sonrisa
imperturbable y el índice de la mano derecha levantado en el aire, dispuesto a
decir la última palabra sin esforzarse ya por levantar la voz.
—Pues dile a tu madre que me salude cuando me vea por la calle, ¿entendido?
Aquella frase, que era menos una recomendación que una advertencia pero
sonaba con el timbre exacto de las amenazas, flotó sobre sus cabezas en el breve
trayecto que les separaba de la papelería, y se resistió a disolverse después,
cuando Andrés, sin anunciarle nada, sin consultarle, tomó la delantera para guiar