Lo he leído un montón de veces, lo he hablado con gente que sabe, me he
informado.
—Te has vuelto loca –Juan lo murmuró primero para sí mismo, y luego levantó la
voz–. Tienes que haberte vuelto loca. Un brote psicótico de puta madre, eso es.
No se me ocurre otra explicación, así que ahora mismo tienes que estar loca, pero
como una cabra…
—¡No! –chilló–. Sé muy bien lo que hago. He hablado hasta con un genetista,
¿sabes?, una genetista, para ser más exactos. Tenía miedo de Damián, ésa es la
verdad, no sé por qué, porque él no tiene ni idea de nada, pero se me ocurrió
pensar que a lo mejor le daba por… Pero ella me dijo que en este momento nadie
puede averiguar quién es el padre de un niño si los candidatos son hermanos de
padre y madre. Los genes, o lo que sea, son demasiado parecidos. Si Damián se
mosquea, que no se va a mosquear, pero en fin, si se mosquea, las pruebas
darán positivo, el mismo positivo que si te las hicieras tú. Eso me dijo, hasta eso
he preguntado, para que veas –se recostó por fin para seguir hablando, más
serena–. Dentro de diez años seguramente ya se podrá saber. Así que
recuérdamelo y le hacemos un análisis a la niña, para que te quedes tranquilo.
—Eres una imbécil.
En otras circunstancias, él mismo se habría sorprendido de la fórmula que escogió
para sentenciarla, y del desprecio que tembló entre sus labios mientras la
pronunciaba, pero aquella vez habló sin pensar, sin valorar las palabras que decía.
Con la misma sensación de impropiedad, de estar actuando por error en la vida
de otro hombre, se alejó de la puerta y desanduvo el camino con pasos tan
cansados como si estuviera invirtiendo en ellos las últimas fuerzas que le
quedaban. Al llegar a la butaca se sentó, miró a su cuñada, la reconoció, y se
felicitó por el terror que veía en sus ojos. Después de haberse pasado la vida
temiéndola, aquélla era la primera vez que Charo tenía miedo de él, pero ni eso,
ni ninguna otra cosa, servían ya para nada.
—Eres una imbécil –repitió, y esta vez fue consciente del sonido de cada letra–.
Yo no estaré tranquilo nunca. Ya no. Nunca podré estar tranquilo. Pero dentro de
diez años, esta niña tendrá un padre, que por supuesto será mi hermano, y yo
seré su tío, un señor muy simpático que va a su casa a comer de vez en cuando y
le hace regalos el día de su cumpleaños.
Y punto: Eso es lo que va a pasar. Eso es lo que vale, y eso es lo mejor, y es lo
único justo, además. Que no se te olvide, porque ningún genetista del mundo
puede cambiarlo.
—Sí –Charo volvió a sonreírle, esta vez con dulzura, una enigmática satisfacción
que él no se propuso resolver–. Eso es verdad, pero la niña es tuya.
—Eso no significa nada.
—No, pero es tuya, Juanito.
—¿Y qué?
—Y nada. Pero es tuya.
—Lo que no entiendo… –Juan Olmedo no tenía ganas de hablar, y sin embargo
no podía dejar de hacerlo–. Lo que no entiendo es por qué me lo has contado.
Eso supongo que no lo habrás leído en los periódicos, ¿no?, y no te lo habrá
aconsejado ningún genetista, tampoco. Si lo único que querías es que la niña
fuera hija mía, podrías haberlo hecho igual sin decirme una palabra. Habría sido
menos arriesgado, ¿no?, mejor para ti.
—¡Juanito! –Charo se echó a reír, y él se preguntó cómo era posible que siempre,
desde siempre, ella lograra crecerse con cada palabra que él pronunciaba.
—¿Qué?
—Sé perfectamente quién eres, cómo eres. Sé de lo que eres capaz, y de lo que
no. Tú nunca me chantajearías, nunca harías nada que fuera malo para mí, para
la niña. Por eso quería que lo supieras. Y pensaba decírtelo antes de que naciera,
pero como esta mañana te has puesto… como te has puesto, pues…
—Pero ¿por qué? Eso es lo que no entiendo. ¿Por qué?
—Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso por si acaso.
En ese instante, volvió a abrirse la puerta. Cuando Damián, con una sonrisa
radiante y un enorme cesto de azaleas, apareció en el umbral, Juan desvió la vista
hacia la ventana, porque se dio cuenta de que le hacía daño mirarle.
—¡Ay, por Dios, por Dios!
–su madre se abalanzó sobre la cuna para coger a su nieta en brazos sin pedir
permiso–. Pero si es guapísima, una monada, una auténtica monada. Mírala,
Dami, qué preciosa es. Fíjate qué ojos, qué boca, qué maravilla. Y el caso es
que…
¿sabes a quién se parece? Ven, Juanito… –él no se movió, pero su madre se
acercó a él llevando a su nieta en brazos–. Es igual que tú cuando naciste, ¿te lo
puedes creer?, pero igualita, igualita, parece que te estoy viendo a ti, hace treinta
años.
—No digas tonterías, mamá –protestó él–. Es clavada a su madre.
—Sí, sí. Es verdad que es clavada a su madre, pero es que también me recuerda
mucho a ti cuando eras recién nacido. Es lógico, siendo hermano de su padre,
¿no? Toma, cógela un momento, anda…
—No.
—¡Pero estás tonto o qué! –su madre se le quedó mirando con ojos de alucinada–. No te va a dar miedo a ti coger a un bebé, siendo médico y todo. Cógemela, que
quiero poner en agua las flores que he traído.
—Que la coja su padre.
—¡Ay! Cógela tú, hijo, no seas memo. Si no es más que un momento…
—Sí, Juanito, cógela…
–Charo, con una mano entre las manos de su marido, que la miraba con la boca,
más que abierta, repleta de una estúpida sonrisa de siervo incondicional, intervino
oportunamente a favor de su suegra–. Eres el único que no la ha tenido en brazos
todavía.
No tendría que haberla cogido, no tendría que haber consentido que su madre la
depositara entre sus brazos con la insensata despreocupación de la ignorancia, no
tendría que haberse levantado al anticipar aquel movimiento, no tendría que
haberla apretado contra sí, y entonces no habría advertido nunca su levedad, la
insignificante magnitud de su peso, de su volumen, el poderoso reclamo de su
olor, la portentosa perfección de sus rasgos. No tendría que haberla cogido, no
tan pronto, no todavía, pero se encontró con ella entre los brazos y dio la espalda
a los demás para mirarla. Ante la ventana, contra el reflejo de la luz elaborada y
blanca de las farolas, estuvieron los dos solos, él y aquella niña tan guapa, que
tenía el pelo negro, más oscuro que el de su madre, igual que el suyo, y los ojos
grisáceos, los labios muy bien dibujados, las manos pequeñas y frías, dos horas
escasas de vida. Es mi sobrina, se dijo, mi sobrina, mi sobrina, pero no acabó de estar muy seguro de que aquel sortilegio silencioso e íntimo hubiera acabado de funcionar bien. Le pasó la yema del dedo índice por la cara y ella reaccionó a la caricia con un mohín casi imperceptible. No tendría que haberla cogido. Cuando se volvió, con el bebé en brazos, hacia el centro de la habitación, Charo, que acababa de pintarse los labios con un lápiz rosa, tan pálido como las cintas de su camisón, los frunció para enviarle un beso mudo.
—Bueno –anunció, sin mirar a nadie en particular, y carraspeó para provocarse un tono distante, profesional–, esta niña tiene que volver a la cuna ahora mismo. Los recién nacidos no controlan satisfactoriamente su temperatura hasta que tienen doce horas, más o menos –acostó a su hija y la arropó muy bien, remetiendo con cuidado los bordes de las mantas por debajo del colchón–. No la estéis cogiendo todo el rato porque va a acabar con una crisis de hipotermia. Cinco minutos más tarde, cuando volvió a respirar el aire de la calle, ya sabía lo que le iba a pasar. Lo había sabido cinco minutos antes, cuando se despidió lo más deprisa que pudo de su madre y de su hermano, y besó a Charo en la frente sólo para molestarla. Lo había sabido ya en el instante en el que recibió aquella revelación que aún desataba una tormenta formidable en un lugar de su conciencia desconocido hasta entonces. Y sin embargo, era todavía más fuerte la necesidad de desmentirse, de abofetearse, de arrancarse como fuera del bucle dulce y maligno de los finales felices, la trampa en la que se había dejado atrapar otra vez por las medias palabras, por los hechos enteros de su cuñada. A eso había quedado reducida su vida, a una insoportable sucesión de tirones que tensaban la cuerda de su ánimo sin llegar a romperla nunca, para demostrarle solamente que todo podía ser peor, y más difícil, que él podía aguantar siempre, sin límite, mucho más de lo que se hubiera creído capaz de aguantar jamás. Al principio no había sido así.