Al principio, Charo desembarcó en su vida como la reina de un castillo de fuegos artificiales, una fábrica de serpentinas de colores, un calendario sin días laborables, un fulgor sólido, circular, que valía por todo, y más que todo, y lo absorbía todo, y lo justificaba todo. Elena se había echado a llorar cuando él le confesó que se había enamorado de otra mujer, que ya no podía seguir con ella. Se echó a llorar en un bar inmenso, bien iluminado, lleno de gente. A él le dio lo mismo. Puso cara de pena, mantuvo un silencio concentrado y circunstancial, pagó las copas antes de marcharse y volvió andando a su casa desde el Círculo de Bellas Artes, porque se encontraba no sólo aliviado, sino también mejor, más contento que cuando había llegado hasta allí en un taxi. No era menos sensible, ni menos consciente, ni peor chico que antes, pero le daba lo mismo. Si se hubiera parado a pensarlo, ni siquiera podría afirmar que se sentía menos comprometido con las consecuencias morales de sus actos, pero al llegar a Callao, paró en una pastelería, se compró una bamba de crema, se la fue comiendo por la calle, y le sentó estupendamente, porque todo le daba lo mismo.
Todo excepto los mensajes del contestador, el timbre de la puerta, Charo. Eso era lo único que le importaba.
Tendría que haber sabido, tendría que haberla temido, la conocía casi tan bien
como a su hermano, llevaba toda la vida conociéndola.
Tendría que haber recordado el sabor de la rabia, la lógica de la traición, el
veneno tenaz de los hilos telefónicos, pero no pudo.
Ella había comprendido y eso bastaba, ella había consentido y él se consintió a
cambio la ilusión de creer que también era responsable de lo que estaba
ocurriendo, y cuando Charo se acurrucaba contra él, y le anclaba a la cama
cruzando un brazo y una pierna sobre su cuerpo en un solo impulso, y cuando se
quedaba solo después, en una habitación donde cada objeto, cada esquina, cada
mota de polvo guardaba una memoria exacta y fértil de la piel de aquella mujer,
de su voz, de su risa, pensaba que ella estaba en una situación más complicada
que la suya, y que debía ser razonable, flexible, paciente, y se complacía entonces
en su propia elevación, en su íntima y callada superioridad. Él era el más
inteligente de los tres, siempre lo había sido. Por eso era capaz de percibir, con
una facultad sentimental pero no completamente desprovista de racionalidad, la
debilidad de Charo, la frágil raíz de sus alardes. Lo que nunca pudo imaginar fue
la dirección que tomaría.
—Esto no tiene por qué cambiar nada.
Cuando el espejo se rompió, Juan Olmedo se hizo daño con todos y cada uno de
sus pedazos, y no encontró nada que decir.
—Ha sido un accidente –Charo le miraba como si no acabara de entender que él
estuviera tan afectado por la noticia–. Yo no lo iba buscando, me lo he
encontrado, ¿lo entiendes? Sólo son unos pocos meses, lo sabes de sobra. Luego,
nace el niño, y a correr. Esto no tiene por qué afectarnos, no tiene nada que ver
con lo nuestro.
Pero es que yo creía que nosotros no éramos una clásica pareja de amantes. Juan
formó esta frase en su cabeza y sintió un sonrojo imaginario, pero fulminante,
sólo de pensar en la posibilidad de decirla en voz alta. Yo creía que nosotros
teníamos una historia seria, estable, yo creía que tu matrimonio no era más que
un problema para el que acabaríamos encontrando una solución, yo creía que
nosotros acabaríamos viviendo juntos, yo quiero que vivamos juntos, quiero vivir
contigo, quiero casarme contigo, yo te quiero… Completó el discurso ideal del
pardillo que por lo visto nunca lograría dejar de ser y ardió hasta consumirse en
las llamas secas de una vergüenza caliente y esencial, ácida, y tan larga como el
resto de su vida.
—¿En qué estás pensando, a ver?
—En nada.
Acababa de recordar a destiempo que no se fiaba de ella. Ésa había sido la
principal conclusión a la que había llegado la primera vez que se acostó con
Charo, sólo después de admitir alegremente que estaba acabado. No era de fiar,
había pensado, porque no lograba creer en la sinceridad de sus afirmaciones y no
existía nada que deseara más, que necesitara más que creer en ellas. No era de
fiar porque no se dejaba comprender, porque hurtaba la mitad de lo que daba,
porque gestionaba sus secretos, sus silencios, con un ánimo frío y especulador,
como si fueran los intereses de una cuenta bancaria. Iba y venía de su casa, de su vida, de sus noches libres y sus mañanas salientes de guardia, y dejaba en el aire invisibles partículas de un espíritu confuso, que se alimentaba a medias de un rencor inconcreto, universal, y de la arrogancia insoportable de las víctimas. Porque, a pesar de que no disponía de ningún argumento que sustentara, ni siquiera lateralmente, su posición de reivindicadora sistemática frente al mundo, Charo siempre guardaba una queja en la recámara. Nada de lo que tenía, de lo que le sucedía, estaba jamás a la altura de lo que se creía con derecho a merecer. Juan había pensado mucho en eso, le había dado muchas vueltas al elaborado destino de insatisfacción en el que ella se envolvía como en un abrigo, una segunda piel, una burbuja transparente que la mantuviera aislada a voluntad de los saldos y las deudas de la vida común de la gente corriente. El reinado de las princesas de barrio apareja un mal futuro, concluía entonces, para hacer responsable también a Damián, sobre todo a Damián, de la crónica decepción de su mujer. Y recreaba escenas imaginarias, intensas, brillantes, Charo en su modesta habitación de hija de familia numerosa, ante el espejo que compartía a la fuerza con sus dos hermanas, mirándose, admirándose, adjudicándose un porvenir tan deslumbrante como el resplandor de sus ojos, de sus labios, como la perfección casi dolorosa de las magníficas desproporciones de su cuerpo. Damián habría sido sobre todo eso, pensaba Juan, una engañosa garantía de esplendor, un triunfo transitorio y prematuro, una fabulosa autopista hacia la gloria que, al desembarcar por un carril lateral en el camino del auténtico poder, de la auténtica riqueza, había resultado una carretera estrecha e irregular, asfaltada apenas a base de parches. Juan pensaba mucho en Charo. La imaginaba también ahora, atrapada en la rutina acomodada y ociosa de una condena de días iguales y mediocres, el destino no menos modesto de esposa representativa por su aplomo, por su belleza, del ingenuo rey del pan de la zona Norte, uno de esos magnates marginales, de clase media, que nunca se asoman, ni siquiera de perfil, ni siquiera en blanco y negro, a las páginas de consolación de las secciones de Sociedad de periódicos y revistas, un hombre vulgar en sus logros y en sus ambiciones, y muy rico, eso sí, cada vez más rico, pero opaco, sin brillos. Eso era lo que ella había querido tener, y eso era lo que tenía, y en las raquíticas rentas de aquella apuesta situaba Juan el origen de su reclamación universal y perpetua de princesa estafada por el futuro.
—Claro, como yo no pude ir a la universidad…