—¿Cómo que no pudiste? –la primera vez, él reaccionó con una sorpresa bienhumorada y burlona, como si ella estuviera gastándole una broma–. Nunca te interesó, ni siquiera lo intentaste. —Bueno, bueno… Eso habría que verlo.
Entonces Juan se dio cuenta de que estaba hablando en serio, y no supo cómo interpretar aquella pintoresca versión de algo que nunca había sucedido, un delirio pequeño, inofensivo, que fue cambiando de sentido, de carácter, al ampliar sus influencias para acabar abarcando casi todas las cosas. —No fui nada feliz de pequeña, la verdad. Mis padres no me querían, no me
tenían mucho en cuenta.
—¿Pero por qué dices eso? No creo que fuera así, yo nunca lo noté, nadie lo
notaba.
—Tú no sabes nada, pero es la verdad. Nunca me perdonaron que fuera más
guapa que mis hermanas.
—Charo… –él se impacientaba, se asustaba, se rebelaba contra aquella obsesión
por engañarse, por engañar a los demás, que no deformaba tanto los hechos de
su vida como a ella por dentro.
—No me mires así. ¿Qué te crees, que soy tonta? Sé muy bien lo que digo, y
tengo razón, aunque todos os pongáis siempre en contra mía.
Él intentaba hablar, discutir, obligarla a razonar, pero ella encontraba siempre un
guisante debajo del colchón, un guijarro en el fondo del zapato, un nuevo
argumento con el que alimentar su inhumana autosuficiencia de víctima.
—En el fondo, yo me casé con Damián por culpa tuya –le dijo una vez, y ni
siquiera aquél fue el colmo–. No luchaste por mí.
—No me digas eso, Charo.
—Pero es verdad. No luchaste por mí, no intentaste reconquistarme, te limitaste a
desaparecer.
—Me fui para no verte, porque no podía soportar verte a todas horas y no poder
besarte, no poder tocarte… Y que tú no me hicieras ni caso. Por eso me fui.
—Ya. Pero eso es muy cómodo, ¿no?
A él le tocaba pagar, y asumía en silencio, con una irritación que no quería
admitir, pero que iba amargando los bordes de las palabras que mordía para no
decirlas en voz alta, el coste de una deuda imaginaria, el precio de una posesión
parcial e insuficiente, el ruinoso alquiler de aquella arbitraria y perpetua agraviada
que jamás aceptaría ser culpable, responsable de nada que llegara a sucederle. E
intentaba comprenderla.
Ferviente, incondicional, desesperadamente, tal y como la amaba, comprenderla,
encontrar el cabo de cualquier hilo que le guiara por los secretos dibujos de su
laberinto, una solución, una razón al menos para desentrañar su infelicidad, el
fracaso largo y ancho que él estaba dispuesto a compartir, que estaría dispuesto a
asumir incluso si algún día llegaba a comprender sus reglas, sus exigencias, sus
motivos. La felicidad de aquella mujer era muy importante para él, porque él la
amaba, seguía amándola, seguía sintiéndose capaz de hacer por ella cualquier
cosa, cualquiera, siempre y todavía, y sentía vértigo, un pánico negro,
indescriptible, al pensar que pudiera llegar a despreciarla alguna vez.
Aquella vez llegó, después de muchas trampas, de muchos silencios, de muchas
mentiras que nunca fueron tan dañinas por la voluntad de engaño que
encerraban como por el implacable engranaje de la máquina que parecía
producirlas sin sentir, sin pensar, sin descansar.
Pero antes, Juan Olmedo aprendió cosas que ignoraba de sí mismo, y ninguna de
ellas le gustó. Cuando Charo le contó que estaba embarazada, le advirtió que no
estaba dispuesto a seguir adelante en aquellas condiciones, que se había dado
cuenta de que todo había sido un error, desde el principio, que aquel cambio, por
más que fuera accidental, no sólo lo modificaba todo, sino que le había obligado a comprender que nunca debería haber empezado, y se reconoció en cada palabra, en cada frase, en cada juicio que formulaba con la voz clara, serena, de quien suele pensar lo que dice. Pero ella no se dejó impresionar. —Tú no puedes dejarme, Juan, no puedes. Tú y yo estamos en lo mismo, y estamos juntos, encerrados con el mismo candado de la misma cadena, aunque no lo creas, aunque no te guste. No puedes dejarme, no vas a poder –y abrió una pausa para sonreírle–. ¿Qué te apuestas?
Luego se levantó, cogió el bolso, llegó hasta la puerta, la abrió y la cerró con cuidado, sin hacer ruido, sin dar señal alguna de cólera, de rencor, de tristeza, y le dejó solo, para que Juan Olmedo aprendiera que nunca había sabido lo que era estar solo.
Él no confiaba en que la naturaleza de aquella soledad le compensara por la brutal extinción de su sueño, pero la certeza de que había hecho lo único correcto imprimió una cierta armonía en su vida durante algún tiempo. A lo largo de los dos últimos años, había conseguido que todos sus cálculos, todos sus planes y proyectos, consideraran la figura de Damián desde el ángulo más conveniente de los posibles. El más lejano.
Juan, que había pensado en todo, no pensaba en su hermano. El marido de Charo era un estorbo, un fleco, un inconveniente molesto pero residual, un cretino que no se la merecía. Aquel hombre, a quien él había querido, a quien había pertenecido tanto, se había ido desvaneciendo como un muñeco de nieve en la soleada primavera de su impaciencia. Entonces le pareció justo. Él la había visto primero, la había amado primero, había sufrido más, seguía sufriendo, y uno de los dos tenía que quedarse fuera. Le tocaba a Damián pero sería él, otra vez él, él siempre, él todavía. Juan Olmedo ya sabía que nunca se reconciliaría con su hermano. No quería, no podía, no le apetecía, no tenía razones para hacerlo. Pero situarse al margen de su futuro, de su futuro con Charo y esa hija común y accidental que había vuelto a unirlos al menos en el ánimo del amante de su madre, devolvió a su vida una cierta armonía, y el vulgar equilibrio de lo razonable. Durante algún tiempo. Demasiado corto.
Ella lo sabía. Sabía que él se ahogaba, que se estaba ahogando, tenía que saberlo, que no podía andar por la calle sin buscar a cada paso mujeres que se le parecieran, que no podía decir nada sin sentir que sus palabras la buscaban por las calles, que no podía dormir sin verla en sueños, que sus ojos la soñaban por su cuenta cuando estaba despierto, que no podía más, que todo le daba lo mismo ya, todo, su marido, su futuro, su embarazo, porque nada le importaba, ninguna cosa. Llevaba más de tres meses sin verla a solas y viéndola entre los demás, cien días sin tocarla, sin besarla, sin oír su voz sabiendo que nadie más que él la escuchaba, un centenar de mañanas, un centenar de noches circulares e idénticas, enganchadas a la exasperante lentitud de la desesperanza. Las verdades absolutas no prosperan en el yermo jardín de los desesperados. Las verdades absolutas no sacian el hambre, no calman la sed, no concilian el sueño quebradizo y breve de los condenados. La verdad es siempre relativa en la agonía
nocturna y solitaria de los moribundos. El Dios de los adolescentes se lleva
consigo sus verdades y su absoluto cuando los abandona a su suerte. Y ella lo
sabía. Él vivía ya a merced de la verdad más relativa, colgado del hilo de la
esperanza más frágil, encadenado a la repetición de las hipótesis más
improbables, cuando Charo, que tenía que saberlo, llamó al timbre de su puerta
una mañana, mientras él todavía vaciaba sus bolsillos sobre la mesa del salón.
Eran las nueve menos cuarto y acababa de salir de una guardia.
—Hola –le dijo, como si acudiera a una cita y contara con que él la estaba
esperando–. Hoy sí que voy a dejar que me invites a un café.
Llevaba un vestido de algodón naranja bastante escotado, con un corte debajo
del pecho y el resto suelto, la falda muy corta, las piernas muy morenas, el
embarazo insinuándose apenas alrededor de la cintura, estaba a punto de entrar
en el quinto mes y no había engordado mucho, nunca lo haría, cumplía a