—¿Damián? Hola, oye, que soy yo…
La maleta estaba preparada y esperándoles en el vestíbulo, pero cuando Juan la cogió y se dio la vuelta, dispuesto a volver al coche, Charo estaba ya entrando en el salón.
—Pues nada, que ya está. Que he roto el saco… El saco amniótico… Vale, pues que he roto aguas, para que me entiendas, y me voy al hospital… No, no estoy
de parto todavía, no tengo contracciones, Juan me ha dicho que cuando me
ingresen me pondrán algo para provocármelas… ¿Qué? No, si tu hermano está
aquí, conmigo. Es que cuando he visto que me empezaba a salir líquido, me he
asustado un poco, porque no sabía lo que era, y le he llamado, y estaba en casa y
ha venido corriendo, el pobre…
Bueno, pues que me lleve él, seguro que no le importa… Vale, pues te veo allí…
Que sí, que sí, tonto, un beso, hasta ahora.
Por el camino, Juan Olmedo empezó a llorar.
—Pero bueno… ¿y ahora qué te pasa? –Charo resopló con impaciencia cuando se
dio cuenta–.
¿Tú estás tonto o qué?
Juan Olmedo lloraba, porque era todo tan feo, tan sucio, tan injusto, que la
conciencia de su amor por aquella mujer sólo podía empeorarlo, empeorarle a él,
hacerle más mezquino, más pequeño, más infeliz, y empeorarla a ella, que en el
momento más difícil había vuelto a ser quien no comprendía.
Él nunca había querido vivir así, en una zozobra perpetua, en el naufragio
irreparable de sus propios deseos, de sus propias acciones, él la quería, quería ser
feliz, ser feliz con ella, y todo lo que había conseguido cabía de repente dentro de
su coche, un ojo abierto que le miraba y aquella situación infame, vergonzosa, a
eso le había llevado tanto amor, una ambición tan alta, la variedad más triste de
la locura.
—Para ya, Juan, por favor, no llores más –era la primera vez que lloraba delante
de ella, y cuando la miró, fue la primera vez que la vio llorar–. Estate quieto ya,
por favor, no me hagas esto ahora, joder, ahora no.
Cuando llegaron al hospital, ninguno de los dos se había recobrado del todo, pero
la recepcionista de Urgencias no les prestó atención, no hizo preguntas.
—No me dejes sola –Charo tenía ya el formulario del ingreso en la mano–. Por
favor, no me dejes sola.
Así que fue con ella hasta la habitación, esperó a que se cambiara, a que dejara
las cosas, y la acompañó hasta la sala de dilatación. Damián llegó enseguida, y
también le pidió que se quedara.
Juan entró con ellos en el paritorio, y fue el único que resistió el parto hasta el
final, porque obligó a salir a su hermano cuando se dio cuenta de que se estaba
mareando.
La rutina del hospital, aquella atmósfera tan familiar de aroma a desinfectante y
batas verdes, le abrigó por dentro, devolviéndole cierta seguridad, la confortable
compañía de un paisaje propio, conocido. Pero cuando salió de aquel edificio por
la puerta principal, en el umbral de una noche que parecía distinta, su ánimo
había cambiado por razones diferentes, más peligrosas, más arriesgadas, más
profundas. Porque, aunque desde el primer momento hubiera sabido que era eso
lo que le iba a pasar, y que no le convenía sucumbir en ningún grado al bucle
dulce y maligno de los finales felices, Juan Olmedo ya sabía que aquella niña era
su hija, y sentía, aun sin querer saberlo, que su ojo le llamaba en lugar de
acusarle. Le aterraban los límites, pero también el tiempo, una dimensión que de
repente parecía haber encogido, haber empezado a codiciar una frontera, estar a punto de acomodarse quizás al vertiginoso crecimiento de los hijos que no han nacido de la casualidad, sino del vientre de una mujer que ha planeado meticulosamente su nacimiento. Una lógica oculta anima todas las cosas. Juan Olmedo se cansó de negar con la cabeza mientras esa sentencia anónima, que no quería reconocer entre los frutos de su propio deseo, retumbaba entre sus sienes, y cedió a una punzada de alegría insensata y purísima porque aquella tarde Charo le había dado esperanzas, para que él aprendiera que nunca había sabido lo que era tener esperanzas.
Se equivocó otra vez, y fue peor, ésa era la condición de todas sus equivocaciones. Durante meses repasó cuidadosa, minuciosa, literalmente, todas las palabras que Charo había pronunciado desde su cama del hospital, tú no sólo eres el más inteligente de los tres, también eres el mejor, nadie se merece un padre como tu hermano, yo quería que lo supieras por si acaso, frases como imágenes que envejecen despacio en un mazo de fotografías olvidado en un cajón, como una baraja de naipes marcados y desgastados en las esquinas por falta de uso, como un rezo incansable, repetido en vano hasta hacerse inservible ya de puro inútil. Tamara crecía, se desprendía deprisa de esa fisonomía borrosa que hace parecidos a todos los bebés, se convertía en una niña morena y única al mismo ritmo que impulsaba a su madre a volver a ser ella misma, con la misma ropa, el mismo aspecto, la misma barra de labios sangrando en su boca, y no ocurría nada, no pasaba nada, no se abría ningún camino que comunicara entre sí los compartimentos cerrados y paralelos en los que transcurría su vida dividida. Juan Olmedo no podía comprender que su cuñada le hubiera elegido como padre para su hija sólo porque en el momento en el que se le ocurrió quedarse embarazada, él le cayera más simpático que su marido. Era algo demasiado salvaje, demasiado insensato, demasiado feroz hasta para una víctima vocacional, una ilusa princesa destronada, la déspota caprichosa y miope que nunca había pagado precio alguno por situarse a sí misma encima de todo, y por encima de todos los demás. No podía aceptar que aquélla hubiera sido una elección irracional, arbitraria, azarosa, porque, además, Charo adoraba a su hija y a su manera siempre peculiar, y peculiarmente egocéntrica, vivía para ella. Juan ya había calculado que sería así, y no sólo porque aquélla fuera una actitud natural, la más previsible, sino porque ella siempre se había comportado como una madre suplente con su cuñado Alfonso, con sus sobrinos pequeños, con los enfermos, con los más débiles. Damián se burlaba de ella, ridiculizaba su generosidad, la abnegación a menudo excesiva con la que se ofrecía cuando juzgaba que alguien la necesitaba de verdad, pero su hermano no habría podido vivir sin el consuelo de aquellos extravagantes excesos.
Ésa era la luz de Charo, el radiante extremo de un misterio que los tenía más turbios, más sucios, más incomparablemente oscuros. A ese clavo se agarró Juan Olmedo durante mucho tiempo, y mientras veía a Charo jugar con la niña, cambiarla o mecerla en los brazos, cantándole en voz baja al oído para que se durmiera, cimentaba con un nuevo ladrillo la base de la última esperanza que le
quedaba. Y sin embargo, lo único que seguía pasando era el tiempo. —Está monísima.
Tamara estaba al sol, en el jardín, y llenaba con tierra una vajilla de platos de plástico para darle de comer tierra a su muñeca vaciándole una pala amarilla en la cara. Charo y él la vigilaban sentados en el porche de atrás, mientras esperaban a que Alfonso se levantara de la siesta. El traslado de su hermano pequeño, que se había mudado a vivir a la colonia después de la muerte de su madre, proporcionó a Juan una buena excusa para ir de visita a casa de Damián con frecuencia, al salir del hospital, durante toda aquella primavera. —Sí –Charo asintió cuando él ya no esperaba ningún comentario–. La verdad es que sí, que está muy mona. Y eso que se te parece… —No, no es verdad –Juan sonrió, recuperándose deprisa de las palabras de su cuñada, que no solía mencionar el tema de la paternidad de su hija–. Se parece a ti. Es igual que tú.