Él tenía miedo de hablar, era también el responsable, el culpable último de que no hablaran. Tenía miedo de lo que podría llegar a decir pero también, y sobre todo, de lo que podría llegar a escuchar si empujaba a Charo hasta el límite de una discusión definitiva.
Tenía miedo de ese adjetivo, del concepto que expresaba, «definitivo», una sola posibilidad a favor, cientos de miles de posibilidades en contra de sus deseos concentrados en una sola palabra, no. Se absolvía a sí mismo pensando que a él no le quedaba nada por decir y que ella lo sabía, que sabía de sobra que él estaba allí, esperándola, siempre, hasta cuando ella quisiera. Eso se lo había dicho con palabras y sin ellas, tantas veces que ya había perdido la cuenta, y había perdido también la cuenta de las veces que ella no había querido responderle, embozándose en un silencio ambiguo, que no significaba nada porque insinuaba demasiadas cosas a la vez.
Pero aquella tarde acababan de estrenar la primavera, el sol era bueno y nuevo como un regalo sorpresa, Tamara abría la boca cada vez que acercaba la pala a la boca de su muñeca, imitando por puro instinto el gesto, la cara que ponía su madre cuando le daba de comer a ella, y Juan había dejado durmiendo en su cama, al levantarse para ir a trabajar, a una residente de Anatomía Patológica con la que se había acostado tres veces en una semana y media, concediéndose incluso el lujo de llamar a su cuñada por teléfono para anular una cita sin explicarle por qué.
Su relación con el resto de las mujeres del mundo había cambiado hacía algún tiempo, aunque no acababa de definirse. Al principio, mientras Charo se confirmaba como una dosis inagotable de felicidad portátil, le fue escrupulosamente fiel. Parecía ridículo, pero lo cierto era que se sentía incapaz de desear a ninguna otra. Las mujeres que le rodeaban, las que trabajaban a su lado, las que se encontraba por la calle, se convirtieron en imágenes planas, inertes, más o menos agradables pero desprovistas siempre hasta de la menor sombra de realidad. No había dejado de mirarlas, pero ya no las codiciaba ni siquiera con la imaginación. No las necesitaba. Cuando Charo le anunció que
estaba embarazada para traicionarle por segunda vez, ese proceso se agudizó
hasta el punto de desposeerle por completo de su propia capacidad de desear. Si
no era su cuñada, no sería ninguna, y sin embargo, una noche como tantas,
cuando Tamara todavía era un bebé de ocho meses, una amiga de la novia de un
amigo suyo le aplastó contra la pared del último bar para preguntarle, a la luz
indecisa de las seis de la mañana, que de qué coño iba él, y él contestó que de
nada, y se fueron a la cama, y se lo pasaron bien. A partir de ese momento, y
aunque ella le llamó luego muchas veces y él no quiso volver a quedar, Juan
Olmedo fue recuperando una cierta neutralidad sin preguntas ni explicaciones.
No buscaba a las mujeres, pero se dejaba encontrar cuando alguna le gustaba.
Llegaría un momento en el que ya no sería ni siquiera capaz de reconocerse en el
sujeto de aquel privilegiado equilibrio, una época furiosa de frenéticos descartes
sucesivos, una fiebre terminal y desquiciada que le empujaría de nombre en
nombre, de boca en boca, de cuerpo en cuerpo, en la búsqueda imposible de un
antídoto, un veneno capaz de curarle o de destrozarle del todo, de arrancarle por
algún medio de las garras de la desesperación, que era su único amo y su
consuelo. Sin embargo, aún no era capaz de presentir el color de su futuro en
aquella soleada y plácida tarde de abril, una escena tan dulce, tan justa, que ni
siquiera cedía al recuerdo de aquella residente de Anatomía Patológica que le
gustaba tanto, y que se lo montaba tan bien, pero que no formaba parte de su
vida verdadera. Aquella tarde, Juan Olmedo se dijo que su vida sólo cabía en
aquel jardín, en aquel porche, en los personajes de una escena que le pertenecía,
que era suya, una parte de su vida robada, secuestrada, usurpada por otro, y esa
certeza disipó su miedo, y desató su lengua.
—Pienso mucho en la niña, ¿sabes? Me pregunto qué va a pasar con ella.
—Pues nada –Charo le miró con interés, y él comprendió que estaba calibrando el
sentido de sus palabras–. ¿Qué va a pasar?
Juan no quiso responder a esa pregunta, y clavó los ojos en su hija antes de
seguir hablando.
—No sé. Ya ha cumplido dos años.
—Casi dos y medio –precisó su madre, y por la mirada que le dirigió, Juan se dio
cuenta de que ya sabía lo que iba a escuchar.
—Me refiero a que, al fin y al cabo, yo soy su padre.
—No, no lo eres –Charo le sonrió sin rastro de rencor ni de malicia, una sonrisa
simpática, hasta comprensiva–. Eres su tío.
¿No te acuerdas? Lo dijiste muy claro. No va a pasar nada, eso es lo único
sensato, y es lo único justo, además. Eso dijiste y eso es lo que hay.
—Ya lo sé, pero me equivoqué –en el fondo la niña no le importaba, todavía no,
entonces quien le importaba era su madre, sólo ella, y lo que Tamara significaba
por ser hija de los dos, y sin embargo, no estaba mintiendo–. No puedo evitarlo.
Pienso que soy su padre cada vez que la veo.
—Me alegro –Charo seguía sonriendo, igual de lejana, igual de amable, igual de
cósmicamente ajena a lo que escuchaba–. Eso es lo mejor para todos.
—¿Y qué pasa con Damián?
—Pues nada, ¿qué va a pasar?
Es mi marido, y el padre de Tamara. Somos una familia feliz, ¿no se nos nota?
—Sí –Juan se levantó, recogió sus cosas, no quiso mirarla–. Quedáis muy bien en
las fotos.
Ella no le preguntó esta vez adónde iba. Él no acertó a decir que se le había
hecho tarde, que tenía que marcharse, y se marchó de allí sin saber exactamente
cómo se sentía, porque la pereza, y un cansancio repentino, poderoso, capaz de
relajar cada molécula de su cuerpo, impidieron que la ira, la pena, la derrota o el
despecho afloraran a la superficie. Cuando llegó a casa, se derrumbó en el sofá y
encendió el televisor. Lo dejó en la misma cadena en la que estaba sintonizado,
un concurso millonario con azafatas en biquini de color rosa claro y un
presentador calvo que chillaba en lugar de hablar. Un concursante de Teruel se
llevó medio millón de pesetas.
Una señora de Huelva tuvo menos suerte, y se quedó en las cien mil.
La ruleta había vuelto a girar cuando sonó el timbre de la puerta.
Charo se le tiró encima sin darle la oportunidad de hacer preguntas. Cruzó los
brazos alrededor de su nuca para impulsarse, rodeó su cintura con las piernas, y
tapó su boca con la suya mientras él se tambaleaba, a medias por la sorpresa y a
medias por la necesidad de equilibrar el peso. Sólo después, cuando estaban en la
cama, desnudos y hartos el uno del otro, quiso explicarle por qué había venido.
—No saldría bien, Juanito –se acercó a él, se acopló a su cuerpo, lo miró de cerca,
sus narices casi rozándose, sus alientos entremezclándose en una distancia
mínima, pero estable, que el tiempo se encargaría de agigantar–. Sería un
desastre.
Él no quiso decir nada, ella le miró como si necesitara escucharle, cerró los ojos,
siguió hablando.
—Ya sé lo que te pasa. Estás follando con otras. Es eso, ¿no?
Te conozco muy bien, Juan, muy bien. Me di cuenta desde el principio.
—Y no te importa.
—Mira… Esto es lo que tenemos, y es lo mejor que podemos tener. Tú eres muy
importante para mí, mucho, porque eres la única persona que me quiere, aparte
de mi hija, aparte de Alfonso, que no es más que otro crío, tú eres el único, y no
sé por qué, la verdad, porque yo soy una mierda –hizo una pausa, pero él no
quiso añadir nada–. Soy una mierda, y lo sé, y no entiendo cómo puedes estar