—Vete a la mierda, Charito.
Había hablado bajo, en realidad hablaba consigo mismo, pero no tanto como para
que ella no le hubiera oído con nitidez.
—¿Qué? –Charo le miraba con ojos desorbitados, más furiosa que asombrada–.
¿Qué has dicho?
Juan Olmedo se levantó sin precipitarse, sacó un billete de diez mil pesetas de su
cartera, lo depositó encima de la mesa con un gesto tranquilo, controlado, y elevó
la voz.
—He dicho que te vayas a la mierda –ella enrojeció, los comensales de las mesas
más próximas los miraban con interés, el camarero que les traía otra botella de
vino se detuvo con el brazo levantado en el aire, congelado en el ademán de
enseñársela–, Charito.
Cuando salió del restaurante miró el reloj. Veinte minutos después, el timbre de
su puerta empezó a sonar sin interrupciones, como si alguien hubiera apoyado el
dedo en él con todas sus fuerzas. Charo, despeinada y llorosa, con un aspecto
mucho peor que el peor con el que Juan la hubiera visto nunca, intentó meterle
un billete de diez mil pesetas en la boca antes de abalanzarse contra él con los
puños cerrados, para empezar a pegarle sin calcular la dirección de sus golpes,
chillando como un animal feroz, pero asustado.
—¡Tú me dejarás a mí cuando yo te diga! ¿Te enteras? –tenía el rímel corrido,
empastado con las lágrimas en un engrudo negruzco que se desparramaba en
líneas verticales sobre sus mejillas, se le caían los mocos de la nariz, escupía las
palabras a gritos, como si sus dientes fueran a salir despedidos tras ellas de un
momento a otro–. ¡Cuando yo te lo diga, me dejarás! Cuando yo quiera, imbécil,
cabrón, imbécil, ¿qué te apuestas?, sólo cuando yo quiera…
Él no fue capaz de frenarla, de detenerla, de obligarla a recapacitar, a
recuperarse, a reunir las últimas hebras que le quedaban de aquella chica tan
guapa y tan especial que tenía labios de caramelo cuando él la besaba en los
semáforos de Francos Rodríguez después de hacer su turno en la panadería, pero
tampoco pudo sujetarse a sí mismo, no logró oponerse, resistirse al deseo que
crecía en cada ataque, en cada rasguño de sus uñas, en cada mordisco, en cada
bofetada.
Él, que la había deseado tanto en lo mejor, sintió que la deseaba todavía más en
lo peor, y no la inmovilizó para neutralizarla, sino para partirle la cara de una
hostia, y ella se echó a reír en vez de devolvérsela, y él entonces la besó, y la
abrazó, y la acarició, y la poseyó desde un lugar donde no había estado nunca
antes, sintiendo que el suelo se abría debajo de sus pies para que una sima
honda y rojísima le reclamara con la voz cantarina de una madre joven, inocente,
y aceptó que no quería hacer nada sino caer, hervir en el magma precipitado y
denso de aquel infierno sucio, helado, donde Charo le estaba enseñando a
despreciarla, para que Juan Olmedo aprendiera que nunca había sabido lo que
era despreciar a nadie hasta el momento en que empezó a despreciarse a sí
mismo.
Y sin embargo, la quería. La seguía queriendo. Ferviente, incondicional,
desesperadamente, tal y como la despreciaba, la quería, y la quería para él, y la
quería para siempre, todavía. Sin comprenderlo, sin controlarlo, sin poder
creérselo, la quería, pero estaba muy cansado, agotado, arruinado, exhausto,
incapaz ya de dar un paso más, de tender otra vez una mano hacia ella. Por eso
fue Charo quien empezó a moverse, a humillarse más, a trabajar más, a mostrar
más interés por conservarle.
Juan no la entendía, pero ya estaba acostumbrado a no entenderla, y la veía dar
vueltas y vueltas a su alrededor mientras aparentaba que no pasaba nada, que
estaban muy bien, que tenían algo, y que ese algo era bueno, sin intentar siquiera
recobrar la mirada de antes, la inocencia de aquel pardillo que se había disuelto
en los ojos rapaces que anticipaban, con la sagaz malevolencia del rencor, cada
uno de los movimientos de aquella mujer que le instalaba en la soledad más
completa cuando le hablaba, cuando le tocaba, cuando se acostaba a su lado.
El final llegó sin hacer ruido, discretamente, sin señales, sin presentimientos.
Estaban en la cama, dispuestos a dormir, ella se quedaba a dormir con él muchas
veces entonces, derrochando sobre su indiferencia aquel don del sueño que tan
arteramente le escatimaba antes, cuando era para él un bien absoluto, y le
hablaba de sus otros amantes para espolearle quizás, para intentar devolverle
siquiera la vitalidad sincera y dolorosa de los celos.
—Damián no sabe nada –él ni siquiera la miraba, quizás por eso eligió aquel
momento para contárselo–. Él sólo sabe lo tuyo.
—¿Qué? –Juan se incorporó en la cama, se volvió hacia ella, la agarró de un
brazo–. ¿Cómo que lo mío?
—Pues eso, lo tuyo. Bueno, que seguimos liados no, pero que tuvimos algo sí lo
sabe.
—¿Y cómo se enteró?
—Porque yo se lo conté, un día que me sacó de quicio. Él lo ha hecho siempre,
siempre, desde el principio, siempre ha andado enrollado con unas y con otras,
sin disimular, sin cortarse un pelo…
Aquella noche, Juan Olmedo no pudo dormir, porque aprendió que nunca, nunca,
ni siquiera cuando Charo cerró la puerta a sus espaldas por primera vez, había
llegado a saber lo que era estar verdaderamente solo.
—No puedo más, Charo –se despidió de ella en el desayuno, mirándola de frente,
sin titubear, sin esconderse–. No puedo más.
Esta vez va en serio. No pienses en volver, no me llames, no te molestes en
prepararme un número nuevo porque ya no puedo más. No puedo seguir contigo.
No puedo.
Charo se dio cuenta de que estaba hablando en serio, porque no lloró, no chilló,
no se desnudó, no se abalanzó sobre él, ni intentó arrastrarle a la cama.
—Te vas a arrepentir de esto, Juan –le advirtió después de un rato, los labios
firmes, los ojos secos–. Te vas a arrepentir de haberme hecho esto. Seguro que
te vas a arrepentir. ¿Qué te apuestas?
Aquél fue su último desafío, pero lo ganó con facilidad, como había ganado todos
los demás. Porque Juan Olmedo no volvió a estar a solas con ella hasta que la
encontró tumbada en un arcén de la antigua carretera de Galapagar, cubierta con
una de esas mantas gruesas, pardas, que usa la Guardia Civil de Tráfico para
ocultar los cadáveres, y entonces aprendió que nunca había sabido lo que era
estar arrepentido.
Un levante optimista, moderado y valiente, precipitó el verano a mediados de mayo, infiltrando en los cuerpos una alegría salada de brazos al aire y mejillas tostadas por el sol que contaba como una victoria sobre la incertidumbre tenaz de todos los inviernos. En el Sur, la llegada del calor es siempre una certeza, una garantía de estabilidad, una espontánea demostración científica que empieza y termina en los dos puntos. La ambigüedad que vuelve locos a los percheros durante meses de intermitencia, de los abrigos a las cazadoras, de las cazadoras a las chaquetas gordas, de éstas a las finas y de vuelta a los abrigos para empezar otra vez, cesa abruptamente, sin flexibilidad, sin transiciones, con el primer golpe de calor verdadero. A partir de ahí, sólo habrá calor y, para matizarlo, apenas un aire benévolo, refrescante, extranjero, u otro más difícil, más seco y cargado de desierto.
El cuerpo de Juan Olmedo celebró el verano antes de que su cerebro tuviera tiempo para ordenarle que lo hiciera. Eso fue al menos lo que pensó él cuando logró identificar por fin el insistente hormigueo que desataba olas nerviosas, amortiguadas pero incesantes, un milímetro por debajo de la piel de su nuca, de sus piernas, de sus brazos. Era un jueves por la tarde y no estaba cómodo mientras conducía de vuelta a casa por una carretera que el sol hacía brillar como un espejo. Tenía calor. Se quitó la chaqueta, encendió el aire acondicionado del coche, y la situación mejoró, pero no lo suficiente. Pasó el resto de la tarde procurando cansarse. Regó las macetas, ordenó su mesa, reorganizó el trastero, colgó en orden y en el tablero de la pared todas las herramientas que se habían