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para todo el mundo, y para las mujeres como yo, para los hijos de las mujeres

como yo, las cosas cambian poco, y muy despacio, por eso esta historia que es

tan fácil aquí dentro, se vuelve tan difícil fuera de esta cama, porque aquí dentro

tú y yo somos iguales, pero fuera no lo somos, y tú eres usted, pero yo sigo

siendo yo, y soy muy poco.

—Yo, la verdad, si no le importa… –dijo por fin, después de un rato–. Yo preferiría

seguir llamándole de usted.

Entonces él la besó en la boca durante mucho tiempo, con muchas ganas, una

repentina necesidad de mezclarse con ella, de absorberla en sí mismo y

mantenerla dentro, pegada a su cuerpo, a salvo, y no volvió a sacar el tema

aunque lo tenía siempre presente, hasta el punto de que logró mentir a Elia con

una naturalidad tan fluida, y tan barroca a la vez, que estuvo seguro de haberla

convencido para siempre.

—Y tercero, yo no me estoy follando a Maribel. Y la verdad es que no me

importaría, ¿sabes?, pero ni siquiera he tenido la oportunidad de intentarlo. No la

veo nunca.

—¡Pero si trabaja en tu casa!

–ella le miraba con más astucia que desconfianza, en una proporción que

revelaba el discreto alcance de su inteligencia.

—Sí, pero desde la una hasta las cinco de la tarde. Y a esas horas, yo también

estoy trabajando.

Y a veintisiete kilómetros de mi casa, por cierto. En el hospital de Jerez, ya lo

sabes.

—¡Ah! –aquella chica tan guapa que tenía los dientes tan feos, se los enseñó al

morderse el labio inferior como una forma de castigarse por haber metido la

pata–.

Es que, yo creía… Como ya no vienes nunca a verme, Andrés me dijo que, a lo

mejor…

—He estado muy liado últimamente.

Él no juzgó necesario dar más explicaciones, y ella desde luego no se atrevió a

pedírselas. A cambio, volvió a enroscarse a su alrededor como una serpiente

amaestrada y hambrienta antes de tirar de él para arrastrarle sin palabras por el

pasillo del fondo.

Juan Olmedo, que había llegado muy tarde a aquel mundo en apariencia complejo

y problemático para descubrir que era un lugar sencillísimo, una línea tan recta,

tan abrumadoramente simple como la única regla que imperaba en sus dominios,

suponía que Elia se iba a esmerar. Y acertó. Su piel encontró motivos para

agradecerle tanto esmero y, sin embargo, por debajo de esa primaria aunque

costosa gratitud, la dosis de placer que le debía, una satisfacción domesticada,

convencional, lógica, no acabó de saciarle, ni le calmó por dentro. Al día

siguiente, se levantó nervioso y no dejó de estarlo en ningún momento, hasta

que, a las dos y media de la tarde y absolviéndose de antemano por todos sus

errores pasados y futuros, empujó la puerta del despacho del jefe de servicio. El

cielo relucía como si alguien lo hubiera pintado de azul cielo, el sol calentaba más

allá de los cristales, y el demonio del levante perfeccionaba sin descanso algún

método nuevo para atravesar todas las barreras, porque se había deslizado

dentro de su cuerpo y lo mantenía en vilo, inquieto, distraído, e incapaz de

concentrarse completamente en ninguna cosa.

—Oye, Miguel –su amigo le miró por encima de sus gafas de leer, tras una mesa

en la que se desparramaba un montón de gráficas–. Es que he pensado… Bueno,

la planta está muy tranquila, no tenemos a nadie en quirófano, ningún ingreso

previsto, y tampoco tengo pacientes citados para esta tarde, así que, si no te

importa, me vendría muy bien cogerme un par de horas para asuntos propios.

Miguel Barroso, en un gesto mucho menos acorde con su categoría laboral que

con la amistad que le unía a Juan desde hacía tantos años, se quitó las gafas, se

recostó en su butaca, y mientras movía la mano en el aire para invitarle a

sentarse, le dirigió una sonrisa maliciosa.

—¿Para qué? –le preguntó después, frunciendo la nariz como si no hubiera

comprendido bien las palabras que acababa de escuchar.

—Para asuntos propios –al contemplar su expresión, Juan Olmedo no logró

reprimir del todo el inicio de una carcajada–. Es un derecho laboral consolidado.

Viene en el convenio.

—¿A estas horas?

—Pues sí. Para hacer gestiones es una hora buenísima.

—Ya. Vas a ir al notario, ¿no?

Justo.

—¿Y cómo se llama?

—¿El notario?

—No. El asunto propio ese que te has buscado.

—Bueno… –Juan Olmedo, que se había dado cuenta desde el principio de que su

jefe no creía ni una sola palabra de las que estaba escuchando, se echó a reír

abiertamente cuando comprendió que ya no podía seguirle la broma–. La verdad

es que no lo andaba buscando, ¿sabes? Más bien me lo he encontrado.

—Ya –repitió su amigo, poniendo los ojos en blanco–. ¿Y quién es?

—Pues… –hizo algún tiempo para buscar una buena excusa, pero no la encontró–. Es que es complicado, la verdad. Preferiría no contártelo. De todas formas, te da

igual porque no la conoces, ni la vas a conocer.

—¡No jodas! –Miguel, que había llegado a aprenderse casi de memoria el relato

de la pasión de Juan por su cuñada, improvisó una mirada de alarma–. ¿Otra

impresentable?

Él hizo un gesto escéptico con los labios, se quedó un rato pensando, sonrió.

—Pues sí. Digamos que es un incesto técnico.

—Eso, ponme los dientes largos, hijoputa –y el jefe de servicio de Traumatología

del hospital de Jerez, movió la mano en el aire para señalar la puerta.

Media hora más tarde, Maribel, que limpiaba el espejo del recibidor subida encima

de una silla, sus pies enfundados en esas alpargatas desgastadas y grisáceas que

Juan no veía desde hacía meses, estuvo a punto de caerse al suelo cuando le vio

abrir la puerta.

—¡Pero bueno! –su cara reflejaba menos sorpresa que satisfacción, sin embargo–.

¿Y usted qué hace aquí?

Él no contestó. Se acercó a ella, le tendió una mano para ayudarla a bajar, la

abrazó por la cintura y la besó en los labios, que encontró algunos centímetros

por debajo del lugar acostumbrado.

—Pues no tengo nada que darle de comer –le advirtió ella, con una sonrisa tan

grande que no le cabía en la boca.

—Sí, sí que tienes…

Subieron por la escalera sin mirar dónde ponían los pies, pero una misteriosa

intuición del equilibrio les permitió alcanzar el piso de arriba sin contratiempos,

con los ojos medio cerrados, los labios acoplados en una irreprochable simetría,

las manos de cada uno ocultas bajo la ropa del otro. La cama estaba hecha, las

persianas entornadas, las baldosas frías y perfumadas con el aroma de los suelos

recién fregados. Juan Olmedo percibió todos estos datos como uno solo, un signo

de la complicidad del aire, una estática ceremonia de bienvenida de sus propias

posesiones, un saludo de sus objetos sabios, satisfechos. Imponiéndose a sí

mismo una lentitud que su deseo desmentía, desnudó despacio a Maribel, y

mantuvo los ojos bien abiertos para contemplar su ropa interior desparejada y

vieja, un sujetador que debió de ser blanco antes de avergonzarse de su color

rosado, desteñido en algunos lugares hasta la frontera del rojo, en otros más

pálido, apenas manchado, y unas bragas de color carne con la goma muy floja

que reconoció como las de la primera vez, aunque ahora no le inspiraron lástima,

ni un impulso de arrepentimiento, sino una ternura extraña y profundísima.

Mientras consentía que Maribel, incómoda por aquel descuido que no había

podido prever, terminara de desnudarse a toda prisa, Juan pensó que había sido

una tontería regalarle un chal por su cumpleaños, y se conmovió al calcular cómo