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Eso fue lo que me dijo, en resumidas cuentas, pero poniéndose al final en plan amiguete, que eso fue casi lo que más me molestó.

Y yo, la verdad, pues de entrada me acojoné, qué quieres que te diga, porque

estas cosas es lo que tienen, que de entrada acojonan.

Pero he estado unos días pensándolo y… —Has venido a contármelo. —Pues sí. Porque, no sé…

No es que yo no me fíe de nadie, no es eso, tú lo sabes, pero fue todo muy raro. Yo ni siquiera estaba seguro de que ese tío fuera policía de verdad, porque podía ser todo un lío, ¿no?, una trampa, hasta un truco para entrar un día en casa de los Olmedo a robar, yo qué sé. Y hasta sabiendo que es verdad, pues… Que sea policía no significa nada, porque los hay buenos y malos, como de todo. El caso es que a mí el Nicanor éste no me gusta. No me gusta un pelo.

Y me jode que un tío como él, sólo por tener ese oficio que tiene, pueda ir por ahí

metiéndose en la vida de la gente, sin motivos, sin papeles, sin dar explicaciones.

Si pasa algo, pues que lo diga, y si no dice nada, pues será que no pasa nada,

¿no?, eso digo yo, por lo menos…

El café se había quedado frío en las tazas; pero se lo bebieron igual, sin hablar, y cuando terminaron, Sara Gómez Morales sentía una presión nueva y agobiante encima de los hombros.

—¿Y no hizo nada más? –preguntó entonces, asumiendo explícitamente una responsabilidad que no había buscado–. ¿No entró en la casa, no dejó una nota para Juan, no se le ocurrió preguntar por la niña, ir a buscarla, nada? —No. Yo creo que vino solamente a localizarlo, y más que a él, a su hermano, pero que no quería que supieran que les ha localizado. Pero no sé por qué. Por eso te he dicho al principio que a lo mejor es una cosa importante, pero a lo mejor no. Ése igual no vuelve por aquí en su vida, vete a saber, y lo único que quiere es la dirección, para escribirles una carta, notificarles un embargo, una multa, o algo por el estilo. Ya sé que parece un poco raro, pero qué va a querer la policía con el pobre Alfonso, si no. Será una herencia, o una cosa así, ¿no?, eso he pensado yo, porque otra cosa, con un retrasado por medio, pues tú me contarás, qué van a investigar… Y si el tío es así de chulo siempre, pues a lo mejor es que no sabe tratar a nadie de otra manera, que no me extrañaría, porque a esa gente le pasa eso, que son así y tienes que aguantarlos te guste o no, pero por cojones, vamos… Ahora, que lo que no entiendo es que, si de verdad los conoce, no se fuera derecho a verlos, o a decirles en persona lo que fuera. No sé, yo le he dado muchas vueltas y no se me ocurre nada más. Y el caso es que, cuando se marchó, salí a la puerta de la oficina a despedirle. Tenía el coche aparcado en la misma acera, un poco más allá, así que no le quedó más remedio que pasar por delante de mí para volver a salir a la carretera. Iba con una mujer, una chica joven, rubia de bote, que llevaba un vestido de playa de esos desteñidos, con flecos por abajo, y la cara colorada por el sol, así que era verdad que estaban en Chipiona, o donde fuera, pero de vacaciones, eso seguro.

Y yo no tengo confianza con tu vecino como para contarle una cosa así, pero creo

que convendría avisarle, aunque a lo mejor es ponerle nervioso para nada, o ni

siquiera eso, porque igual él ya sabe que ese tío le anda detrás, y hasta para

qué…

La verdad es que no tengo ni idea.

Por eso he pensado que lo mejor era contártelo a ti, que le ves mucho más, que

sabes mucho más de él. Así que tú verás lo que haces.

Aquella frase hecha resonó en los oídos de Sara como una profecía, y fue

acertada. Estaba tan aturdida por el peso de aquellas noticias que, cuando Ramón

se levantó, le costó trabajo reaccionar, levantarse para acompañarle. Tal vez por

eso no se dio cuenta de que, al terminar de hablar, él parecía sentirse todavía

incómodo, como si su propio discurso le hubiera sonado un tanto forzado, incluso

sospechoso, poco convincente.

Pero eso sólo lo comprendió después, cuando Ramón, ya en el umbral de la

puerta, se volvió y no quiso despedirse todavía.

—Yo nací aquí, en este pueblo, ¿sabes?, pero mi madre nació en Benalup, como

toda su familia.

Benalup de Sidonia. ¿Te suena?

–Sara negó con la cabeza y se preguntó a qué venía todo aquello–.

Antes se llamaba Casas Viejas.

Eso te sonará más, ¿no?

—Sí –y entonces empezó a entender–, claro que me suena.

—Al pueblo le cambiaron el nombre, de la vergüenza que les daba lo que habían

hecho allí, pero a mi familia no pudieron cambiarle los apellidos, y eso que sólo

dejaron vivas a las mujeres. Y no es que yo esté traumatizado, que haya hecho

una promesa, que sueñe con la venganza ni nada por el estilo, pero no colaboro

con las fuerzas del orden porque no me sale de los cojones colaborar. Igual me

equivoco, no te digo que no, pero no colaboro.

Sara Gómez Morales miró a Ramón Martínez, le sonrió, le cogió de las dos manos,

se las apretó y le dio las gracias. Luego, llenó hasta la mitad una copa del mejor

coñac que tenía en casa y regresó a la misma butaca donde había estado

sentada. Durante la siguiente hora y media sólo se levantó una vez, para rellenar

su copa con una cantidad más discreta.

Cuando salió a la calle, comprendió que hacía demasiado calor para dar un paseo

por la playa, pero necesitaba moverse, y volvió sobre sus pasos para coger las

llaves del coche. Había bebido bastante, y sin embargo no sentía el menor

síntoma de ebriedad. Las dudas, y una inquietud repentina, tan parecida al miedo

que no acertó a bautizarla con otro nombre, la mantenían concentrada y

despierta. Así condujo hasta El Puerto, dio la vuelta y siguió conduciendo hasta

Sanlúcar, sin hallar ningún camino durante tantos kilómetros.

Debería contárselo todo a Juan. En la primera ocasión, con naturalidad, sin

exagerar ni omitir nada. Ésa era la opción lógica, la más sensata, la más

conveniente para él además, seguramente. En teoría, la visita de aquel hombre

no tendría por qué significar una amenaza para nadie. Sara repasó una y otra vez

la dirección de los cálculos de Ramón Martínez y la encontró correcta, muy sólida,

casi irreprochable. Y sin embargo, estaba segura de que se había equivocado, de que tras la silueta oscura y vulgar de aquel policía con nombre de chiste había mucho más que una herencia, una multa, un embargo. Estaba segura pero no tenía ningún argumento para sostener su seguridad ante sí misma, sólo indicios dispersos, dudosos, trabados con la inconsistente argamasa de su imaginación, ni siquiera sospechas.

Sabía que Damián Olmedo se había muerto al caerse por una escalera. Sabía que su hermano Alfonso sucumbía a un pánico instantáneo y sin condiciones ante cualquier policía calvo y gordo, vestido de uniforme. Sabía que Tamara había aprendido a manejar el mecanismo inocente, compasivo, de esas mentiras que son mejores que la verdad para todos. Y al llegar hasta ese punto, sabía también que ella se había aburrido mucho durante las eternas tardes de un otoño largo y húmedo, la estación del coñac y de las elucubraciones irresponsables.

Las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Tanto, que ya ni siquiera le tentaba la solución de un misterio que había archivado como un pálido pasatiempo, ni siquiera una obsesión, mucho antes de que un desconocido veraneante de Madrid se plantara en la puerta de su casa para darle forma y peso, volumen y existencia. Obedeciendo a un instinto de posesión inverso al que tortura los sueños de los amantes celosos, Sara Gómez Morales se encontró pensando que no le interesaba ningún episodio de la vida anterior de los Olmedo, nada que hubiera sucedido antes de que el azar los invitara a formar parte de su propia vida, como si intuyera que de la tumba de un pasado muerto, tranquilo bajo la tierra, sólo podría nacer un nuevo fantasma del enemigo antiguo y conocido. Al fin y al cabo, ella era una experta en mudanzas, se había pasado la vida cambiando de casa, de objetivo, de lugar, sólo para encontrar un sitio donde quedarse. Y los Olmedo formaban parte de ese sitio estable y futuro tanto como ella misma. Si ellos se movían, Sara no lograría permanecer, aunque no abandonara la mitad del mundo que quedaba más allá de la raya que había trazado en el suelo. En esa inquietud se anclaban las raíces de su propio miedo y un deseo irresistible de no decir nada, de olvidar deprisa las advertencias de Ramón Martínez, de simular que ningún extraño había alterado la paz soleada y profunda de aquel verano, para que nada llegara a alterarla en realidad. Sin embargo, en medio de todo estaba Alfonso. Tan torpe, tan incapaz de defenderse, tan solo siempre en su mundo pequeño, pobre y deshabitado. Alfonso, que no podía hacerle daño a nadie, que apenas era capaz de hacérselo a sí mismo, pero que sufría como los demás y cuando se echaba a llorar les advertía, miradme, mirad cómo se me caen las lágrimas, porque estoy llorando, por eso se me caen, mirad, miradme. Sara, que no conocía a aquel hombre llamado Nicanor, temblaba al enfrentarlo con el pánico de Alfonso, y no podía olvidar el terror que le paralizó una vez, en aquella hamburguesería de El Puerto. Ella tampoco lograba imaginar qué clase de cuentas podría tener la policía con un crío como aquél, un niño pequeño de treinta y tres años al que ni siquiera se le podía exigir que fuera responsable de la limpieza de sus camisas, pero la imagen