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de Alfonso solo, en un lugar extraño, acosado por las preguntas de un desconocido, tirándose con rabia del pelo hasta arrancárselo con las uñas, como hacía siempre que se sentía perdido en una situación determinada, cuando intuía que debería comprender lo que estaba sucediendo pero no lo lograba y terminaba castigándose con saña por su propia torpeza, le llenaba los ojos de lágrimas. Me hacen pruebas, le había dicho, yo odio las pruebas, las odio. Ése era el elemento más grave, el más siniestro del relato de Ramón Martínez. Ésa era también la clave del desconcierto en el que Sara Gómez nadaba en círculos concéntricos sin llegar a ninguna conclusión aceptable. Porque Juan Olmedo estaba protegido por la vida, por sus conocimientos, por su posición, por su experiencia, por su capacidad de tomar decisiones, pero su hermano Alfonso estaba condenado a vagar por el mundo desarmado y solo, desamparado en el desierto oceánico e inabarcable de una soledad tan absoluta que apenas su incomprensión lograba hacerla habitable, una soledad como una selva densa y tupida de las fieras más grandes y los peligros más pequeños, una soledad como una noche sin luna en el páramo llano donde se encuentran todos los vientos, una soledad como el hambre, como el dolor, como la mirada de un torturador. Alfonso siempre estaba solo, incluso cuando estaba con ellos, cuando todos le rodeaban, y le escuchaban, y le mimaban. Solo y en la compañía de ruidos que sólo él podía escuchar, de sombras que sólo él lograba ver, en la imposibilidad de nombrar, de expresar, de comprender las claves de un mundo real y sin embargo aterradoramente ajeno. Cuando Sara Gómez Morales volvió por fin a casa aquella tarde, era ya casi de noche y una ilusión fija, imaginaria pero tan dura en cambio como un mal recuerdo, se había apoderado de sus ojos, anteponiendo a los perfiles de cualquier objeto, en una pantalla translúcida y tan extensa como el horizonte, la imagen de una habitación blanca y desnuda donde Alfonso Olmedo, encogido y lloroso como un cachorro huérfano, estaba solo de verdad, con sus ruidos, y sus sombras, y las amenazas de un hombre furioso que no tenía rostro pero sí dos puños que estrellaba contra la pared a cada rato. Debería contárselo todo a Juan. Tenía que contárselo, en la primera ocasión, con naturalidad, sin exagerar ni omitir nada, pero en la puerta de su casa, justo encima del agujero que los niños habían fabricado en la moldura empujando con el dedo pulgar una chincheta tras otra durante meses, se encontró una nota escrita a mano, con la letra redonda y limpia de Tamara y una de esas faltas de ortografía que a final de curso le habían costado, por una injusticia, decía ella, medio punto en las calificaciones de todas las asignaturas. Estamos en casa, jugando al Monopoly. Bente si quieres.

Boy. Sara sonrió para sí misma y cruzó la calle. La puerta de los Olmedo estaba abierta. En el salón, media docena de niños miraban al tablero sin descuidar la vigilancia de sus propias posesiones, fajos de dinero y tarjetas con premio. Alfonso, sentado en un sofá, miraba la partida con un gesto de concentración que pretendía simular que lo entendía todo y demostraba a cambio que no comprendía nada. Sara se sentó a su lado y preguntó por Juan.

—Se ha ido a cenar sardinas asadas al chiringuito de los hermanos –le explicó su

sobrina–. A nosotros no nos apetecía, es que estamos hartos de comer sardinas,

¿sabes?, pero como a él le gustan tanto… Maribel se ha ido con él, porque ha

dicho que ella de lo que está harta es de cenar pizza.

—No me extraña –comprendió Sara.

—Nos hemos pedido unas, por cierto –Tamara se echó a reír, Andrés seguía

callado–. Ahora las traerán.

—Yo juego contigo –Alfonso la miraba, moviendo la cabeza.

—Pero si yo no estoy jugando.

—Ahora sí –insistió él–. Ahora jugamos tú y yo. Nos pedimos el caballo, ¿vale?

Cuando Juan y Maribel volvieron, ya habían conseguido desplumar a todos los

demás jugadores de la mesa. Tamara, hipotecada hasta las cejas, había

abandonado ya. Andrés y otra niña de la urbanización que se llamaba Laura

resistían a la desesperada, vendiéndoles calles y casas por un precio ridículo.

Alfonso, que lo único que entendía es que iban a ganar, aplaudía y chillaba, muy

contento. Parecía tan feliz, que Sara se dijo que nunca podría perdonarse a sí

misma si lo echaba todo a perder a cambio de tan poco, una sombra remota, una

oscura pregunta, una extraña visita desde otro mundo al que nada podría

obligarles a volver nunca.

Durante las semanas siguientes, esa sensación de impunidad, la certeza de que

sus vecinos estaban al menos tan seguros como ella en su propia vida nueva y

escogida, se fue alternando con otros instantes de una lucidez brusca y alarmada,

en los que Sara se obligaba a pensar que la policía no tenía por qué perder el

tiempo, ni dar un paso sin alguna razón concreta que lo justificara. Estaba segura

de que sus vecinos no corrían ningún peligro real, objetivo, pero si aquel hombre

sospechaba de ellos, algún día las cosas podrían llegar a cambiar, y entonces su

advertencia les daría una ventaja que quizás fuera importante. Nadie que le

conociera se atrevería a pensar nunca que Juan Olmedo hubiera sido capaz de

cometer un delito, y su hermano Alfonso mucho menos. Nadie excepto Sara,

porque ella tenía sus propios motivos para estar callada.

Ése era el tercer elemento que barajó durante el final de aquel verano, una cifra

incómoda con la que no debería contar, pero que no lograba en cambio desalojar

de sus cálculos. Ella no quería tener cerca a la policía. Aunque no existiera

ninguna conexión entre su pasado y el de los Olmedo, aunque jamás los hubiera

visto antes de ahora, aunque dispusiera de sus propias garantías, de argumentos