—Hola, hija –su madrina le dedicó una sonrisa de otro tiempo, como si la vida que habían compartido una vez no hubiera llegado a interrumpirse nunca–. ¿No me invitas a pasar?
Sara, bloqueada por un estupor que no la consentía moverse, se apartó
bruscamente para franquearle el paso.
—Claro, claro. Es que… No te esperaba.
Doña Sara Villamarín Ruiz entró en el minúsculo recibidor de la casa de su ahijada
andando muy despacio. Sara, que siempre había podido adivinar la dirección de
sus pasos por el eco de un taconeo más que enérgico, casi furioso, se dio cuenta
de que ahora arrastraba los zapatos al caminar. Hacía más de diez años que no la
veía.
—¿No me vas a dar un beso?
—Claro –y como si nunca más fuera a ser capaz de encontrar otra palabra, la
repitió mientras se inclinaba sobre ella, para comprobar que su cuerpo había
encogido, su estatura menguado desde la última vez que la besó–. Claro.
Doña Sara emprendió una marcha lenta y trabajosa sin pararse a preguntar
dónde estaba el cuarto de estar. No hacía falta. El piso era demasiado pequeño
como para perderse. Sara, que había estado dormitando a oscuras, en el sofá,
hasta que sonó el timbre, se le adelantó para subir las persianas.
—Espera… Es que, como hace tanto calor… Ya está. Siéntate aquí, en esta
butaca, que es muy cómoda. ¿Quieres tomar algo?
—¿Un café? Pero sólo si tienes hecho, si no…
—Lo hago en un momento. No tardo nada. No te preocupes.
Escapó a la cocina y se concentró en las sencillas etapas del proceso, coger la lata
del café, luego la cafetera, abrirla, llenarla de agua hasta el nivel adecuado,
cargar el depósito con un par de cucharadas cuidando de que el café no rebosara
ni se desparramara por la encimera, cerrar primero la máquina y después la lata,
encender el fuego, colocar por fin la cafetera encima, como una técnica para
serenarse, pero sólo lo consiguió a medias. Cuando la tapa de acero empezó a
temblar, todavía no había sido capaz de adivinar qué motivos habrían empujado a
su madrina hasta su casa aquella tarde. Habían pasado muchos años desde que el
contacto regular de visitas primero semanales, luego quincenales, por fin
mensuales, que mantenía un simulacro de relación entre ellas, se había deshecho
en una irregular rutina de conversaciones telefónicas, que partían siempre de la
calle Velázquez y terminaban con la promesa de una visita que Sara jamás
cumplía. La última había tenido un final abrupto y, en su opinión, definitivo. En
otoño de 1982, su madrina se había ofrecido a hablar con Vicente en su nombre
para obligarle a asumir de alguna forma la paternidad del hijo que esperaba,
insinuando que aquella gestión entre iguales sería más eficaz que cualquiera que
pudiera emprender por su cuenta la propia Sara. Ella la había mandado
literalmente a la mierda antes de colgar. Fin del trayecto. Y sin embargo ahora,
casi tres años después, la tenía sentada en el cuarto de estar de su casa,
esperando el café que ya estaba listo y alguna otra cosa que no lograba imaginar.
—¡Uy! –tras el primer sorbo, levantó los ojos y la miró con una sonrisa fija y
tradicional en ella, tan imperturbable como si se la hubiera pintado encima de los
labios–. Qué café tan rico haces, hija.
Ahora todos los cafés son buenos, pensó Sara, todas las cafeteras son buenas,
pero no quiso decir nada, porque aquel comentario tan anacrónico, tan sistemáticamente repetido por todos los ancianos de la generación de la achicoria, le permitió comprender que no tenía delante a la gran señora de otros tiempos, sino a una anciana desorientada, avasallada por la edad como cualquier otra. Su madrina siempre había tenido cara de pájaro, la nariz curvada como un pico, la barbilla puntiaguda, los ojos saltones, pero ya no era el águila majestuosa de mirada rapaz y pelo cardado que la recibía en silencio, señalando la esfera de su reloj con el índice de su mano derecha, sino una lechuza vieja, desmochada, con la piel arrugada sobre la cara y blanda, temblorosa como una cortina agitada por el viento, en los gelatinosos pliegues que unían su barbilla con su escote para dibujar una decrepitud evidente y triangular. Tenía setenta años, los ojos hundidos, y una expresión de cansancio que su voluntariosa sonrisa no lograba borrar del todo.
—Vine a verte la semana pasada pero no estabas. Una vecina me comentó que seguramente estarías trabajando, que a veces trabajas por las tardes. Pensé dejarte una nota con el portero, pero como no tienes… –hizo una pausa que su ahijada no quiso rellenar–. Sentí mucho lo de tu madre, Sarita, yo la quería mucho, le tenía mucho cariño, ya lo sabes. Tendrías que haberme llamado. Me enteré tarde, al final, por la madre de una de las chicas que tengo en casa, que la conocía. Me hubiera gustado ir a su entierro. En fin, ya nada tiene remedio… Mi marido murió también, ¿sabes? Hace un año y medio. —Lo siento.
—Sí… La verdad es que estaba ya muy mal, con muchos dolores, la mitad izquierda del cuerpo paralizada del todo, hacía años que no podía levantarse de la cama. Tampoco podía ya hablar, sólo hacer ruidos con la boca, a veces le entendíamos a la primera, a veces no, y se desesperaba, el pobre. Porque de la cabeza estaba bien, eso era lo peor, que estaba bien, se daba cuenta de todo. Yo creo que quería morirse, llevaba años intentando morirse, terminar de una vez, pero no lo conseguía, no se moría, y nadie podía hacer nada por él. —Lo siento mucho, mami –Sara, misteriosamente conmovida por el sufrimiento de aquel hombre torturado, amargo, desagradable, volvió a utilizar sin darse cuenta el nombre con el que designaba a su madrina cuando era una niña que apenas veía a su madre y que sin embargo, sin que luego hubiera llegado a saber por qué, no duplicó nunca el uso de la palabra mamá–. Habrá sido muy duro para ti.
—Siempre ha sido muy duro para mí –y por un instante se le llenaron los ojos de lágrimas–. Siempre. Tú no sabes cuánto. No lo sabes –se rehizo deprisa y empezó a buscar algo dentro del bolso–.
Pero, en fin, vamos a dejarnos de tristezas, que ya hemos tenido bastantes las dos, ¿no?, últimamente.
Mira, te he traído un regalo de cumpleaños. No es nuevo, pero espero que te guste. Me habría gustado comprarte algo, pero la verdad es que me da mucha pereza salir a la calle. En los grandes almacenes me mareo, ¿sabes?, he estado tantos años en casa, sin moverme, pendiente de Antonio, que ya no sé a qué
tiendas ir, dónde comprar, yo qué sé. Me he hecho vieja, qué le vamos a hacer…
Mientras hablaba, sin acabar de encontrar lo que buscaba, había ido sacando del
bolso un montón de objetos para amontonarlos encima de su falda. Sara contó
una funda de gafas, otra distinta, una caja de medicamentos, un monedero, un
billetero, dos llaveros, un pañuelo de cabeza, otro pequeño, unos guantes de piel,
tan absurdos en verano, un envase de aspirinas, un puñado de papeles sueltos y
arrugados, una caótica colección de objetos que parecían caerse de unos dedos
que los sostenían, de una forma rara, como si no pudieran estirarse del todo,
presionar bien con las yemas contra su superficie.
—¡Aquí está! –proclamó al fin, levantando en el aire con sus extraños dedos
contraídos un estuche forrado de seda azul marino, pequeño y cuadrado,
deslustrado por el tiempo–. Igual me equivoco, porque tampoco ando muy bien
de memoria, no creas, pero me parece recordar que te gustaban mucho.