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Sara se levantó para recoger su regalo y observó con atención la mano que se lo

tendía.

—Sí –aquella mirada valía por una pregunta, y a doña Sara no le importó

responderla–. Tengo artritis. Me duelen mucho los huesos, todas las

articulaciones, los dedos de las manos, las rodillas. Me he pasado la vida cuidando

de un enfermo, cincuenta años justos, ni uno más ni uno menos, que se dice

pronto, ¿eh?, cincuenta años pensando en todas las cosas que haría, en todos los

sitios a los que iría, en todas las alegrías que me daría cuando el pobre

consiguiera morirse de una vez, y ahora resulta que estoy hecha un asco, hija,

ésa es la verdad.

La mira a los ojos, y antes de abrir el estuche lo comprendió todo. Dentro

encontró dos pendientes de oro, largos, antiguos, en forma de candelabro.

Estaban cuajados de perlas muy pequeñas y rematados por dos perlas más

grandes, brillantes y alargadas como lágrimas. Eran muy bonitos y siempre le

habían gustado mucho, pero el acierto de su madrina no había sido tan notable

como su propio acierto, porque al mirarla a los ojos, había leído en ellos la

verdad. Has sido una buena hija para tus padres, decían, y eran pequeños y

húmedos como los de un animal asustado, has cuidado de ellos hasta el final, el

viejo brillo de la astucia se apagaba en el velo líquido, cansado, de unos ojos que

no tenían ya fuerzas para fingir, ahora te necesito yo, cuida de mí y las dos

saldremos ganando, eso leyó Sara Gómez Morales en los ojos de su madrina,

porque estos pendientes no son nada en comparación con todo lo que yo te

puedo dar, ésa era la clave del misterio, y fue su acierto. Entonces volvió a sentir

de golpe mucho calor, y luego frío, pero esta vez su prodigiosa cabeza de

calculadora intervino a tiempo, y la obligó a esperar, a guardar la calma, a no

decir nada antes de que ella hubiera agotado todas las palabras que traía

preparadas.

—Son muy bonitos, mami, y has hecho bien en fiarte de tu memoria.

Siempre me han gustado mucho –se acercó a ella y la besó en la mejilla–. Muchas

gracias.

—Me alegro de que te gusten, hija, yo… Yo me acuerdo mucho de ti, la verdad.

Ya sé que ha pasado mucho tiempo, y han pasado muchas cosas, que la vida es

como es y la tuya no ha sido fácil, y la mía tampoco, para qué nos vamos a

engañar. Pero aunque nos hayamos distanciado, aunque haga ya tanto tiempo

que ni siquiera nos vemos, la verdad es que tú eres lo único que tengo, Sarita, lo

único que me queda. Por eso, cuando me enteré de que se había muerto tu

madre, me dio por pensar… Tú no me necesitas, eso está claro. Tienes un piso,

un trabajo, un sueldo todos los meses, pero yo estoy sola ahora en aquella casa

tan grande, sin nada que hacer en todo el día, sin nadie con quien hablar, con

quien ir de paseo, o al teatro… El teatro me gusta tanto, ya lo sabes, y ahora no

voy nunca, porque no me atrevo a ir sola ni tengo quien me acompañe, así que

he pensado…

Si tú quisieras volver a vivir conmigo, Sara, yo estaría mucho más contenta,

mucho más segura, y con alguien a quien quiero, de quien me puedo fiar, y no

como todas esas enfermeras tan antipáticas que se ocupaban de Antonio y se

olvidaban de la mitad de las cosas que tenían que hacer. Y tú, a cambio, podrías

dejar de trabajar. Yo no te daría mucho la lata, saldríamos un rato por las

mañanas…

—Pero yo no puedo dejar de trabajar, mami –Sara, que de alguna manera llegó a

intuir la trascendencia que aquella conversación tendría para su futuro, la

interrumpió a tiempo, en el momento que le pareció más conveniente para sus

propios intereses y dejando al margen cualquier otra clase de emoción–. Yo soy

pobre, ya lo sabes.

Sospechaba que su madrina se iba a sonrojar y no le sorprendió el color que

explotó de repente en sus mejillas. Sospechaba que le iba a costar trabajo hablar,

pero tampoco hizo nada para ponerle las cosas más fáciles.

—Bueno… Yo… Yo podría compensarte de alguna forma, claro, ya nos

arreglaríamos.

—O sea –Sara se estiró en el respaldo de la butaca, encendió un cigarrillo, la

miró–, que me estás ofreciendo un trabajo.

—No, no, hija, no… –su madrina cerró los ojos, se los frotó con los dedos, y le

pareció más perdida, más desvalida que nunca–.

Yo… O sí, claro, depende de cómo lo mires.

—Sólo puedo mirarlo de una manera, mami. Yo necesito trabajar para vivir.

Ella no quiso replicar a eso de momento. Con sus nuevos dedos torpes, torcidos,

fue cogiendo una por una todas las cosas que seguían desparramadas sobre su

falda para devolverlas al bolso. Cuando terminó, volvió a mirar a Sara. La

inquietud que se filtraba entre sus palabras contradijo por fin la convencional

amplitud de su sonrisa.

—Hablar de dinero es siempre tan desagradable, ¿verdad? –su ahijada sonrió al

escuchar de nuevo, después de tantos años, aquel extravagante axioma, y ella se

animó ante aquel gesto, cargado de un sarcasmo que nunca podría percibir–. Yo

no sé hacerlo. Nunca he sabido hacerlo, la verdad, pero…

Te entiendo, no creas que no te entiendo. Mira, yo me voy a la playa pasado

mañana. A una especie de sanatorio que es como un hotel de lujo pero también

algo parecido a una casa de reposo, como los balnearios de antes, ¿sabes?, un

sitio estupendo, en la Costa del Sol.

Eso es lo que mejor me viene para los huesos, mucho descanso, mucho masaje,

baños termales y rehabilitación, pero con un fisioterapeuta que me hace los

ejercicios, no con esas pelotitas tan odiosas en las que se empeñan tanto los

médicos de aquí. Ya no voy nunca a Cercedilla, no puedo, esa casa tan grande y

esas noches tan frías hasta en verano… Digan lo que digan del aire de la sierra, a

mi la playa me sienta mucho mejor. Te voy a dejar el teléfono. Podrías venir a

verme, pasar conmigo unos días, el sitio te gustaría, estoy segura, aunque si

tienes otros planes, podemos hablar después del verano.

Yo… En fin, hablaré con el administrador. Le daré instrucciones para que se

ponga de acuerdo contigo. En lo que tú quieras, hija, y como tú quieras. Por ese

lado no vamos a tener problemas, puedes estar segura.

—Muy bien. Me lo pensaré y te diré algo a principios de septiembre.

—Dime que sí, hija –y por primera vez en su vida, Sara contempló la súplica en

aquellos ojos–, dime que sí.

Luego se levantó, con más esfuerzo del que había necesitado para sentarse, y

empezó a arrastrar los pies, a avanzar con esos pasos cortos y mudos en los que

nadie habría podido reconocer a la mujer que fue una vez.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—No, no hace falta. Tengo al chófer esperándome en la puerta.

—Bajo contigo de todas formas.

Te acompaño hasta el portal.

Cuando volvió a subir, se sentó en la misma butaca que había ocupado antes y se

dispuso a estudiar la situación con toda la frialdad necesaria para llegar a una

conclusión correcta. Estaba tan nerviosa, sin embargo, que acabó levantándose y,

después de coger papel y pluma, se sentó en la mesa de comedor que ocupaba la

otra mitad de la habitación, y colocó dos hojas en paralelo con la intención de

hacer un inventario de los beneficios y las desventajas que le traería una nueva

mudanza, el regreso al mundo perdido, un viaje estrictamente inverso al recorrido

del taxi que la había depositado, veintidós años antes, en la cara verdadera de

una realidad falsa, traidora, pero no llegó a escribir ni una sola palabra. Mientras

llenaba el papel de dibujos geométricos, progresivamente complejos, que se iban

engarzando entre sí para completar las fases de un laberinto irregular y caótico, la