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Tantos años después, y por motivos muy distintos a los que la habían impulsado entonces, doña Sara Villamarín Ruiz volvía a estar dispuesta a pagar cualquier precio para lograr que su ahijada fuera feliz a su lado. Sara pensaba que volvería a ocupar su cuarto de siempre, pero su madrina le cedió su propia habitación, un dormitorio amplio y muy luminoso, con un mirador semicircular que se elevaba sobre las copas de los árboles de la calle, y un vestidor y un cuarto de baño adosados. Junto a la puerta que conducía a este último, otra daba acceso a la estancia cuadrada, amueblada en dos ambientes distintos como cuarto de estar y como despacho, que su madrina había llamado siempre «la salita». Para instalar a su ahijada en aquella especie de apartamento independiente del resto de la casa, tan grande como el piso que había dejado en la Vaguada, ella se había mudado a la habitación de don Antonio, que se encontraba en el otro extremo y había sido el dormitorio principal hasta que la enfermedad de su marido hizo imposible que siguieran durmiendo juntos. Sara interpretó aquel gesto como un indicio de que su sueldo, aquel detalle tan desagradable que para la dueña de la casa nunca dejaría de ser un humilde pero molesto fracaso, permanecería oculto bajo la rutina cotidiana de una relación públicamente familiar. Así fue. Doña Sara la presentó al servicio como su ahijada y en aquel momento volvió a ser, para todos en aquella casa, la señorita Sara.

Las dos sabían que las cosas no eran exactamente lo que parecían, pero ponían un cuidado semejante en mantener la situación dentro de unos límites que hicieran innecesaria cualquier aclaración. Sara se dio cuenta enseguida de que se había quedado corta al juzgar a su madrina como a una simple anciana, una mujer mayor, sola y desorientada como tantas. La incertidumbre y la ambigüedad moral que se habían ido acumulando a lo largo de los años, durante su solitaria y larguísima convivencia con un moribundo a quien más de una vez habría sentido el deseo de asfixiar con su propia almohada, por más que fuera a ser incapaz de reconocerlo nunca, ni siquiera ante sí misma, habían desfigurado su carácter,

apocado ahora, acobardado, indigno de la soberbia que lo había modelado siempre. Todo la asustaba, todo le daba miedo, el menor contratiempo doméstico le preocupaba hasta el límite de robarle el sueño. Una avería del televisor, una revisión médica, un aviso de que la compañía del gas se disponía a revisar las instalaciones del edificio, una circular de la comunidad de propietarios o la simple visión de unas vallas amarillas que interrumpían el tramo de acera en el que se encontraba el portal de su casa, la hacían lloriquear y quejarse como si fueran otras tantas auténticas catástrofes. La artritis, progresivamente cruel, imparable, representaba un frente paralelo donde la vergüenza, esos garabatos infames a los que empezaba a verse reducida su escritura, esa deformidad que acabaría arrancando de sus manos las aparatosas sortijas que había llevado siempre en un inútil y desesperado intento de no llamar la atención sobre los retorcidos sarmientos de sus dedos, se sumaba al dolor, insoportable a ratos. Había tenido mala suerte, muy mala suerte, peor que la de Arcadio, peor que la de Sebastiana, apenas mejor que la del hombre con el que había compartido su vida, y Sara se daba cuenta, pero tampoco podía sentir ya compasión por ella. Intentaba sin embargo ayudarla en todo lo que podía, contribuir a hacer su vida más fácil. Ella había sido siempre una excelente trabajadora, honrada, concienzuda, responsable, y afrontó sus nuevas obligaciones con el mismo espíritu que la había ayudado a salir adelante en condiciones mucho peores. Aquél era su nuevo trabajo, y era cómodo.

Muy pronto, su vida volvió a ser tan apacible y regular como la que tejieron los días de su infancia. Se levantaba tarde, pero nunca después de las diez, para desayunar en el comedor con su madrina.

Hacia las once empezaba la sesión de rehabilitación de la mañana, a la que cada lunes asistía un fisioterapeuta que tutelaba los escasos progresos de la enferma. Doña Sara odiaba aquellos ejercicios en los que su ahijada fue aprendiendo a ayudarla, y se resistía a abandonar los que ya dominaba para iniciar movimientos nuevos, siempre más dolorosos, pero su rendimiento mejoró bastante desde que Sara empezó a obligarla a cumplir su programa, y cuando comprobó que la movilidad de sus dedos se estabilizaba, dejó de quejarse. Luego salían un rato de paseo, casi siempre sin un rumbo fijo, hacia El Retiro cuando hacía bueno, y a tomar el aire y mirar escaparates simplemente en los días fríos o demasiado calurosos. Las mañanas de lluvia representaban una especie de castigo inmerecido para una anciana que no concebía una amenaza peor que la de acabar recluida entre las paredes de su propia casa, pero Sara las neutralizó por un procedimiento sencillísimo, que consistió en comprar un vídeo. Su madrina había oído hablar vagamente de aquel aparato como de otras tantas cosas que le parecían misteriosas, inalcanzables, impropias de su edad, pero se enganchó al nuevo invento tan deprisa que su promotora acabó convirtiéndose en una visitante asidua de todos los vídeoclubes de los alrededores. Las películas no le resultaban tan gratificantes como los paseos, pero aportaban un nuevo tema de conversación para la hora del aperitivo. Ese rito imperturbable, que había sobrevivido a todas las desgracias de los

habitantes de aquella casa, seguía celebrándose cada día a las dos en punto de la tarde. Doña Sara nunca había dejado de ser fiel a la copa de oporto que se había tomado cada mediodía de los últimos cincuenta y cinco años de su vida con unas patatas finas, unas almendras o unas aceitunas, y su ahijada, que prefería el vermut, la acompañaba durante un cuarto de hora exacto, antes de pasar al comedor. Después del postre, la dueña de la casa, con una lealtad no menos inquebrantable que la que reservaba al oporto, se retiraba a su habitación para dormir la siesta. A las seis y media de la tarde, Sara volvía a reunirse con ella para merendar un café con leche y bizcochos, o tostadas, antes de dirigir una sesión de rehabilitación más corta y más cómoda que la de la mañana, una obligación que se suspendía sin grandes discusiones cuando entraba en conflicto con el teatro, el cine o una visita de cualquiera de aquellas viejas amigas a las que su madrina seguía frecuentando. Si no tenían ningún plan, después de la rehabilitación daban otro paseo o se quedaban en casa, viendo una película. En ese punto solía terminar su vida en común. Doña Sara cenaba poco y muy temprano, y se acostaba enseguida porque siempre tenía sueño. La medicación que mitigaba el dolor de sus huesos contenía un derivado de la morfina que le producía somnolencia y cierto atontamiento que era evidente para todos menos para ella. Así, Sara tenía al menos la mitad de las tardes y todas las noches libres.

Durante más de un año, apuró la bendición del tiempo limitando su actividad cotidiana a unas pocas e imprescindibles tareas. Leía mucho, dormía mucho, pasaba horas enteras haciendo el vago, tirada sobre la cama, o paseando por la casa, husmeando en los armarios, abriendo los cajones, reconociendo cada uno de aquellos viejos y familiares objetos que volvían a llamarla otra vez, después de tantos años. Su vida social, que nunca, salvo en los buenos tiempos de su historia con Vicente, había sido intensa, se veía ahora reducida al mínimo. Con la excepción de las amigas de toda la vida de su madrina, doña Loreto, doña Paloma, doña Margarita, que le hicieron enseguida un sitio en sus partidas de continental, cada vez más espaciadas por los achaques de una u otra jugadora, Sara no trataba a nadie, fuera del servicio de la casa y de Amparito, la otra ahijada de doña Sara, que venía todos los miércoles a comer y con la que siempre se había llevado tan mal como su propia madrina. La verdad es que no tenía gran cosa que hacer, y por eso, por llenar su tiempo libre con alguna tarea útil, cuando se cansó de descansar fue asumiendo poco a poco responsabilidades que en principio no le correspondían. Doña Sara, que nunca se había ocupado de administrar sus propios bienes, la única misión propia de la condición del cabeza de familia que su marido pudo seguir ejerciendo hasta el final, le agradeció en el alma la generosidad de unas iniciativas que la liberaron paulatinamente de la indeseable obligación de ocuparse de su dinero, aquel asunto tan desagradable. El primer episodio de aquel nuevo proceso tuvo lugar una tarde de enero de 1987. Tras contemplar la instantánea sombra de desolación que se había apoderado del rostro de su madrina al recoger de manos de una doncella la carpeta que acababa de subir el portero, Sara se ofreció a revisar por ella el