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Si la vendes tal y como está, será el millonario caprichoso quien haga un buen negocio, porque te va a dar dos duros y, después de pagar las obras él mismo, se va a quedar con una casa estupenda por menos de la mitad de lo que vale. Piénsatelo.

Era una trabajadora excelente, honrada, concienzuda, responsable. Lo demostró una vez más contratando a un constructor, supervisando las obras, remodelando los cuartos de baño, escogiendo el color de las paredes, revisando exhaustivamente las calidades antes de darse por satisfecha, negociando con una agencia inmobiliaria que no logró encontrar un comprador en muchos meses, abandonándola para encargar la venta a otra agencia cuya gestión no arrojó mejores resultados, asumiendo en persona la tarea de anunciar y enseñar la casa en el invierno de 1989. Quizás por eso, ella tuvo más suerte. A primeros de mayo, una pareja previsiblemente dispar, integrada por un señor de canas peinadas con gomina y pañuelo de cachemira al cuello y una pija de treinta años escasos que, más que su hija, podría haber sido su nieta, se enamoraron de la casa antes de verla por dentro. Ella, que afirmaba llamarse Letizia, con zeta, hablaba por los codos y se pirraba por la naturaleza, la ecología y todo eso, ya sabes, le decía a Sara cada dos por tres.

Él, que se sujetaba las rodillas al subir por la escalera pero parecía dispuesto a inmolar las últimas fuerzas que le quedaban a la exclusiva y verdosa gloria de su hija, le tocaba las tetas todo el tiempo y sonreía antes de reconocer en voz alta que no sabía decirle a nada que no. Regatearon como cabrones, pero Sara se mantuvo firme, y acordó un precio aceptable, noventa millones de pesetas justos y todos los gastos de parte del comprador. Su madrina, que acababa de conseguir que su médico de cabecera le aumentara la medicación, se puso muy contenta porque se podría ir a la playa en la fecha prevista, y no pareció prestar demasiada atención a ningún otro detalle. Tal y como han llegado a ponerse las cosas, sentenció, vender significa quitarse un problema de encima, más que hacer un buen negocio. Y Sara comprendía bien ese punto de vista. La venta se retrasó, sin embargo. Por un motivo o por otro, aferrándose a tecnicismos legales y a la morosidad de los procedimientos bancarios, los compradores fueron escurriendo el bulto durante más de un mes. Sara estaba

casi segura de que se echarían definitivamente para atrás cuando Letizia, con

zeta, la llamó por teléfono para comunicarle la fecha y la dirección de la notaría

donde iba a tener lugar la compraventa. En el último momento, con un acento

distinto, casi avergonzado, añadió un último detalle.

—Tráete un par de bolsos, o una bolsa de viaje, algo así porque… Bueno, creo

que no hemos llegado a hablar de esto pero, si no te parece mal, que no creo,

porque a vosotros también os beneficia, a nosotros nos interesaría escriturar en

setenta y ocho millones, y pagar el resto en B.

—En B –repitió Sara, sonriendo ante la distinguida escualidez de aquel

eufemismo.

—Sí, bueno… Quizás te lo tendría que haber advertido antes pero… No sé. Hablar

de dinero es siempre tan desagradable.

—Claro –Sara volvió a sonreír, mientras calculaba que aquella cantidad de dinero

negro era aceptable, porque podría camuflarla fiscalmente sin problemas–. Muy

bien, pues escrituramos en setenta y ocho, como os venga bien.

Era una trabajadora excelente.

Honrada. Concienzuda. Responsable. Y estaba acostumbrada a contar dinero. Los

doce millones de pesetas en billetes de banco que cambiaron de mano en un

despacho del que el notario se ausentó con una complicidad previa e indiferente,

resbalaron dócilmente por sus dedos antes de ir a parar sin una queja al fondo de

las dos pequeñas bolsas donde había previsto alojarlos. No había previsto sin

embargo lo que sucedió después. Su peso.

Su valor. Su significado.

Cuando salió a la calle Núñez de Balboa, sentía un calor misterioso en las palmas

de las manos, y una secreta intuición del llanto en los ojos. Su cabeza se había

disparado, pero ella no le prestaba atención. Estaba más pendiente de otro

temblor, un placer impuro, hecho de rabia y de revancha, que había suplantado el

territorio de su conciencia hasta afilarla como la punta de una flecha venenosa y

certera, y dilataba en cada paso los latidos de su corazón para hacer correr la vida

por las venas de sus brazos, de sus manos, de sus palmas, como una ola

complacida y furiosa que muriera en las yemas de sus dedos sólo para volver a

nacer después, más fuerte cada vez, más poderosa. Llevaba consigo doce

millones de pesetas que no existían, que no tenían sentido fuera de los estrictos

límites de su inexistencia, doce millones que nadie había visto, que nadie

afirmaría jamás haberle entregado, doce millones que sus antiguos propietarios

nunca habían tenido y de los que, si ella quería, nadie tendría noticia jamás. Doce

millones de pesetas que no existían. Seis millones de pesetas existiendo

solamente en el peso que sentía en cada mano. En cada una de sus dos manos,

de sus propias manos siempre vacías de niña perdida que nunca hallaría una casa

propia a la que volver. Doce millones de pesetas caminando con ella, avanzando

por la acera sin hacer ruido, sin manifestarse, sin rechistar, enjoyando los

costados de su cuerpo con la escueta discreción de la auténtica elegancia.

La casa de su madrina estaba cerca, pero al llegar a la esquina de Ayala no torció

a la derecha, sino a la izquierda, no bajó la cuesta, prefirió subirla hasta Príncipe

de Vergara y siguió andando, las dos bolsas firmes en sus manos, una suave llama en el corazón, el dinero es siempre tan desagradable, y sin embargo a ella la pegaba al suelo, la hacía más consciente, le daba calor. El dinero puede llegar a ser tan agradable, basta con que sea algo más que dinero. Sara Gómez Morales caminaba por la calle pisando fuerte, una energía desconocida en la planta de los pies, un incendio placentero en la palma de las manos, una secreta intuición del llanto en el borde de los ojos, caminaba y seguía andando, y dio una vuelta a la manzana, y luego otra, y otra más, y la cabeza se le disparó, enloqueció en una impecable secuencia de cálculos exactos, doce millones de pesetas, cuánto tiempo tardaría en reunirlos una contable del Pryca de El Pinar, doce millones de pesetas, cuántos años tendría que tardar doña Sara Villamarín Ruiz en morirse para que su ahijada llegara a ahorrar una cifra semejante, doce millones de pesetas, cuántas cosas bonitas, a menudo caras, a veces carísimas, se podrían comprar con ese dinero, doce millones de pesetas, su cabeza se había disparado pero ella apenas le prestaba atención.

Estaba más pendiente de otro temblor, una presión que cruzaba su pecho en diagonal como una canana cargada de balas, un deslumbramiento torrencial y salvaje, la certeza de que la justicia de los fusiles podía llegar a cumplirse más allá del país humillado de sus propios sueños.

Sara no logró olvidar la visita de aquel policía de Madrid que se llamaba Nicanor ni siquiera después de descubrir el otro secreto de Juan Olmedo. Por eso estuvo segura de que había vuelto cuando descubrió al guardia de seguridad de la urbanización tras la puerta que había golpeado con una insistencia tan frenética, tan desmesurada, mientras mantenía el dedo índice firme contra el timbre que, cuando fue a abrir, estaba convencida de que sólo podían ser los niños, dispuestos a liarla en alguna excursión que les compensara por los diez días escasos de vacaciones que les quedaban por delante. Sin embargo era Jesús y algo iba mal, muy mal, porque aquel chico joven, de aspecto atlético, tan resistente, jadeaba como un animal acorralado mientras el sudor, impropio de una tarde fresca de poniente, le caía a chorros por la cara. —¡Venga conmigo, por favor!