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–tenía los ojos muy abiertos, los labios fruncidos, la expresión de quien está a punto de echarse a llorar–. ¡Por favor, corra, venga!

Sara se asustó mucho. Tanto, que ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Cuando cruzó el umbral, el guardia echó a correr y ella le siguió andando tan deprisa como pudo, pero a una velocidad que para él no era suficiente. —¡Corra! –le chilló, volviendo la cabeza sin dejar de avanzar–. ¡Por favor, corra! ¡Por aquí!

Ella echó a correr, sintiéndose un poco ridícula por los impulsos que agitaban su cuerpo torpe, desentrenado, y sin embargo siguió corriendo. Corrió sin preguntarse por qué, hasta que sus pulmones de fumadora empezaron a gritar junto a la verja de la urbanización, mientras los músculos de sus piernas se unían

a un vociferante coro de protestas, y aunque empezó a toser, aunque se

ahogaba, siguió corriendo. Entonces vio que el guardia se detenía a unos pocos

metros de la puerta, al lado de un bulto rojo, muy rojo, inmensamente rojo, tirado

sobre la acera, y se detuvo ella también, para descansar un instante, antes de

interpretar el sentido de aquel color. Cuando lo consiguió volvió a correr, pero ya

no sintió cansancio alguno. Sólo un frío espantoso, una sobrecogedora sensación

de alarma, la tentación de la incredulidad, y mucho miedo.

Maribel estaba tumbada en el suelo, de perfil, encogida sobre sí misma. Llevaba el

mismo vestido con el que Sara la había visto en Sanlúcar. La sangre que se

derramaba desde su costado dibujaba en el suelo un círculo rojo de bordes

rizados, como un clavel monstruoso, un siniestro capricho que pretendiera

adornar su cintura para los ojos inertes de las nubes.

Sara chilló su nombre, se tiró en el suelo, y le puso la mano izquierda sobre la

frente. Luego la besó en la cara, cogió su mano derecha con su propia mano, y

sostuvo su mirada exangüe, agotada, seca, sin comprender aún lo que estaba

viendo, lo que estaba pasando, sin acertar a tomar decisión alguna ni preguntarse

siquiera qué podía hacer, cómo podía ayudar, mientras el guardia de seguridad,

que se balanceaba haciendo oscilar alternativamente el peso de su cuerpo sobre

sus piernas, sin lograr decidir tampoco hacia dónde ir, lograba a duras penas

enhebrar algunos fragmentos de una explicación parcial, incompleta.

—Me ha avisado una señora que estaba en la parada del autobús…

Ha debido salir de detrás de esa caseta de obras de ahí enfrente…

La señora la ha visto, y ha venido corriendo… Cuando he salido, ya me la he

encontrado tirada en el suelo… Ha debido cruzar la carretera andando, no sé

cómo, pero se ve la sangre…

En ese instante, Maribel cerró los ojos. Sara levantó los suyos y vio la caseta, una

construcción de paredes metálicas, acanaladas, la huella de una mano

ensangrentada cerca de una esquina, un rosario de manchas rojas, algunas

pequeñas, otras grandes como charcos, diseminadas por el asfalto, manchando el

bordillo, la acera, y entonces escuchó la voz del miedo, un susurro agudo y fino

como una aguja.

Juan… –y apretó la mano de Sara con sus dedos–. Llámelo.

Llame a Juan.

—¡Claro! Pero qué idiota soy –se volvió hacia el guardia de seguridad, que estaba

de pie, a su lado, con los brazos caídos a los dos lados del cuerpo y la inmóvil

resignación de quien ya no se atreve ni siquiera a pensar, y agitó violentamente la

mano en el aire, como si pretendiera animarlo, despertarlo, ponerlo en marcha–.

Vaya corriendo a la casa 37, ahora mismo. Pregunte por Juan Olmedo y

cuénteselo todo, pero todo, no como a mí. ¡Corra! Él es médico y sabrá lo que

hay que hacer. ¡Corra, vaya ahora mismo, por favor!

La herida destacaba como una mancha oscura, sucia, que rompía la limpia

uniformidad del tejido rojo sobre la piel bronceada del verano.

Cuando Sara se atrevió a mirarla, la precaria serenidad que había obtenido de

aquella elemental iniciativa que no había sido capaz de emprender por sí misma

se esfumó en un instante, devolviéndola a un terror angustiado, impotente.

Entonces Maribel volvió a hablar, y lágrimas que no eran de miedo, ni de pena, ni

de emoción, empezaron a resbalar despacio sobre sus mejillas, desvelando un

odio tan profundo que era capaz de fluir sin perturbar siquiera el susurro fino,

agudo, de su voz cansada.

—Él lo sabía –miraba a Sara, y volvió a apretarle la mano con sus dedos–. No sé

cómo pero lo sabía, el muy cabrón lo sabía, sabía que el lunes firmo lo del piso,

que era su última oportunidad…

Llevaba meses pidiéndome el dinero, íbamos a hacer un negocio, pero de los

buenos, me iba a hacer rica, eso decía. Hoy me ha dicho otra cosa. Que le iban a

matar, que por mi culpa le iban a matar, que necesitaba por lo menos la mitad,

dos millones, que se los diera, que me iba a matar él a mí si no se los daba, que

me quería, que era el padre de mi hijo, que soy su mujer, que siempre me ha

querido… Anda y vete a chulear a tu puta madre, Andrés, eso le he dicho… Eso le

he dicho. Que chuleara a su madre, que se perdiera, que me olvidara…

Te voy a matar, eso me ha dicho él a mí, estás avisada, no sirves para nada, no

eres más que una puta, y te voy a matar…

Escucharon el motor del coche antes de que Jesús volviera a reunirse con ellas.

Un instante después, Juan Olmedo, con la cara blanca como un papel y una cierta

brusquedad mecánica en todos sus movimientos que desmentía a medias la

tranquilidad que intentaba aparentar, extendió el brazo derecho en un ademán

mudo para apartar a Sara y se arrodilló en el suelo, al lado de Maribel, sin dejar

de hacer un ruido extraño con la lengua, un chasquido rítmico, regular, como el

que emplean las madres para tranquilizar a los bebés. Tenía el ceño fruncido,

concentrado, un brillo de velocidad en los ojos, y una capacidad sorprendente

para hacer más de una cosa a la vez, y todas muy deprisa. Antes de examinar la

herida, mientras se sacaba del bolsillo del pantalón un paquete de guantes

estériles, estudió el charco que se extendía por el suelo, se puso el guante

izquierdo con los ojos fijos en la acera, se encajó el derecho midiendo la distancia

entre la caseta y el cuerpo tendido en el suelo, y cuando terminó, sin haberse

detenido a mirar a Maribel siquiera, ya había obtenido respuestas para un montón

de preguntas.

—Procura contestar sólo sí o no y hablar lo menos posible, ¿de acuerdo? ¿Tienes

frío?

—Sí.

—¿Cuánto frío?

—Cada vez más.

—Pero no tiritas.

—No.

—¿Tienes la sensación de estar a punto de tiritar de un momento a otro?

—No, creo que no, pero…

—No hables de más, Maribel.

¿Cuál es tu grupo sanguíneo?

—A positivo.

Sólo después levantó el vestido, observó la herida, estiró sus labios con las yemas

de los dedos, volvió a reunirlos, y por fin, manteniendo la mano derecha sobre su

vientre desgarrado, se inclinó sobre el rostro de Maribel.

—¿Con qué ha sido? –volvió a preguntar en una voz mucho más baja, y Sara, que

había empezado a llorar sin darse cuenta, comprendió por qué había tardado

tanto tiempo en atreverse a mirarla, y que no podía elevar sus palabras por

encima del volumen de aquel murmullo–.

Un cuchillo de cocina, un cuchillo de monte, una navaja…

—Una navaja.

—Automática.

—Sí.

—Con la hoja de un palmo…

–entonces volvió a mirar la herida y metió el dedo índice dentro con una

tranquilidad pasmosa– o un poco menos de un palmo, ¿no?