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—No lo sé.

—Y la ha movido, el hijo de puta.

—Eso tampoco lo sé.

—No… –Juan la miró de nuevo, carraspeó y, cuando siguió hablando, empezó a

parecerse al hombre que había sido siempre–. No era una pregunta. Muy bien,

Maribel.

Esto es muy aparatoso, pero no es grave. Vamos a ir al hospital ahora mismo, te

van a coser y te vas a quedar como nueva. Te voy a meter una toalla dentro de la

herida para taponártela… –entonces giró la cabeza hacia atrás hasta que encontró

a Sara, y ella comprobó que había empezado a recuperar el color y algo más, una

insólita expresión de furia empañando sus ojos–. En el coche hay una toalla

blanca envuelta en una toalla rosa. Tráemela, ¿quieres?, pero no la toques

directamente. Toca sólo la rosa.

En el asiento de al lado del conductor había un maletín, una manta y dos toallas

blancas envueltas en toallas rosas. Cuando Sara se las tendió, Juan sacó la blanca

sin tocar la de color y empezó a enrollarla. Entonces, Maribel le agarró por la

muñeca.

—¿Me voy a morir?

Cuando llegaron al hospital, lo primero que vio Sara al entrar en el vestíbulo de

Urgencias fue un reloj que marcaba las seis y ocho minutos de la tarde. Entonces

recordó que al escuchar el timbre de la puerta había mirado la hora en el vídeo

para descubrir en los números verdes que eran las diecisiete veintinueve. El reloj

del hospital tenía que estar estropeado, pero el que ella misma llevaba en la

muñeca parecía de acuerdo con él. Un celador le confirmó que efectivamente eran

las seis y ocho minutos de una tarde que se le había hecho eterna, larga y densa

y lentísima como si cada segundo fuera una gota de plomo, y esa repentina

crueldad del tiempo le impresionó más que el cálculo de la velocidad suicida a la

que Juan había conducido hasta Jerez. Luego recordó que él lo había hecho todo

muy deprisa, y aceptó que tal vez no hubieran pasado más de siete u ocho

minutos desde el momento de su aparición hasta el de su partida, pero siempre

recordaría aquella escena como si cada palabra, cada gesto, cada movimiento de

sus dos actores principales se hubiera destilado a sí mismo a través de un

complejísimo y dificultoso alambique. Hasta que Maribel se atrevió a preguntar si

se iba a morir.

Entonces, Juan la miró, Sara la miró, y el tiempo dejó de arrastrarse por la

insoportable pasividad de unos segundos enfermos, minerales, para detenerse de

una vez y por completo.

—No. No te vas a morir –Juan desvió la mirada desde sus ojos hacia el rollo que

había fabricado con la toalla, lo cogió por uno de sus extremos, y lo encajó dentro

del cuerpo de Maribel con un solo impulso limpio, preciso–. Tú no. No te vas a

morir. Ayúdame, Jesús…

El guardia de seguridad se acercó enseguida, pero Maribel no aflojó la presión de

su mano.

—Si me muero, como nunca hemos hablado…

—No te vas a morir –Juan llevó su mano derecha todavía enguantada,

ensangrentada, hacia la cabeza de Maribel, la sujetó por el cuello, la levantó unos

centímetros del suelo para apoyarla en su muslo derecho y se inclinó sobre ella

para seguir hablando desde muy cerca, mientras le acariciaba la sien en la

frontera del pelo con el pulgar, como si estuviera peinando a una niña pequeña–.

No voy a dejar que te mueras, ¿me oyes?, no te vas a morir.

Y aquel hombre que, desde que había llegado, había hecho tantas cosas a la vez

y todas tan deprisa, se detuvo de pronto, abandonando sus ojos en los de la

mujer que le miraba mientras limitaba toda su actividad a la caricia rítmica y

persuasiva de su dedo pulgar, hasta que éste también se detuvo. Entonces inclinó

la cabeza y la besó en los labios una vez, luego otra.

—No te vas a morir –repitió–.

Ahora estate quieta, no hables, y haz sólo lo que yo te diga.

Después, como si él mismo se hubiera dado cuenta de la intimidad casi obscena

que acababa de impregnar el aire, volvió a apoyar la cabeza de Maribel en el

suelo y estiró su cuerpo completamente sobre la acera antes de levantarse y

empezar a dar instrucciones.

—Abre la puerta de atrás del coche, Sara, tú irás con ella atrás, ahora te explico…

Jesús, ven aquí. Colócate a la altura de sus rodillas, ahí. Nos vamos a poner en

cuclillas, vamos a pasar los brazos por debajo de su cuerpo, y cuando yo cuente

hasta tres, la vamos a levantar para meterla en el coche, ¿de acuerdo? Yo por la

espalda y tú por las corvas. ¿Entendido? ¿La tienes? Vale, pues vamos a hacerlo.

Una, dos y tres, ahora…

Un instante después, Maribel voló, dejando sobre la acera una mancha roja de

bordes rizados que ya no parecía un clavel, y Sara sintió que su percepción de la

realidad se aflojaba de repente, incapaz de soportar más tensión. Estaba casi

convencida de haber vivido los últimos minutos dentro de una película cuando

Juan pulverizó aquella ilusión, cogiéndola del brazo para apartarla unos metros

del coche.

—Vamos a ver, Sara… –le dijo, y se frotó la cara con las manos para descubrir un

aturdimiento que había permanecido oculto hasta entonces a los ojos de los

demás–. Está viva de milagro, pero es verdad que no se va a morir.

Eso quiere decir que yo creo que no se va a morir, e incluso que estoy seguro de

que no se va a morir. Sin embargo, también creo que la herida llega hasta el

hígado.

La han apuñalado de abajo arriba, y está muy desgarrada. Tiene una hemorragia

interna importante. Han movido el arma dentro para destrozar, para hacer más

daño, ¿comprendes?, y al andar ha perdido mucha sangre. Mucha. Demasiada.

No puede perder más. Ése es el único riesgo, que siga perdiendo sangre.

Por eso no he llamado a una ambulancia, porque iba a tardar en venir y en volver

al hospital casi el doble de lo que vamos a tardar nosotros si la llevamos en

coche.

Y por eso quiero que tú vayas detrás, con ella. Colócate sus piernas encima de las

tuyas y aprieta el tapón con la mano todo el rato.

Te voy a dar unos guantes. Póntelos y procura no tocar nada, porque si la herida

se infecta, adiós, ¿comprendes? Y si notas que deja de funcionar, que ya no

empapa más, que la sangre empieza a manar a borbotones, avísame. He traído

de todo. Si las cosas se ponen feas, la puedo coser yo mismo, en el coche,

provisionalmente –al llegar a aquel punto, su interlocutora se dio cuenta de que

su propio rostro debía reflejar tal expresión de terror que le obligó a volver sobre

sus pasos–. No va a pasar, Sara.

Eso quiere decir que yo creo que no va a pasar, que estoy seguro de que no va a

pasar, pero si pasa y no hacemos nada, se nos puede quedar por el camino. Pero

no va a pasar, ¿de acuerdo?

Sara asintió con la cabeza, y él la cogió por los hombros y se los apretó un

momento antes de dar la vuelta para marcharse. Sin embargo, no llegó a volverse

del todo.

—Y otra cosa… Ha sido su marido, ¿no?

Sara asintió con la cabeza.

—¿Y por qué? –su cara recuperó de golpe toda la blancura–.

¿Eso lo sabes?

—Sí –y se escuchó hablar cuando ya creía que sería incapaz de volver a articular

el menor sonido–. Por dos millones de pesetas.

—¡Joder! –Juan Olmedo se quitó un guante, y luego el otro, con gestos bruscos,

descontrolados, antes de empezar a estrellar el puño de su mano derecha contra

la palma de la izquierda–. Es que es la hostia, ¿no?, la hostia, pero qué hijo de

puta, qué hijo de puta, joder…

Sara Gómez Morales se atrevió a pensar por un instante que su vecino habría

aceptado mejor un crimen pasional que aquella cuchillada fría e inútil, como un

recurso desesperado de pura impotencia, se atrevió a pensar por un instante que