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Era verdad. Estaban subiendo la rampa del hospital. Habían llegado. El final del trayecto era otra escena de otra película, una imagen reconfortante y deliciosa, el despertar después de la pesadilla. Delante de la puerta había una docena de personas esperándoles, una pequeña multitud de batas blancas y verdes congregadas alrededor de una camilla, los rostros alerta, las piernas en tensión, como una hilera de atletas pendientes del disparo que señala la salida. Cuando Juan tiró del freno de mano, las cuatro puertas del coche se abrieron desde fuera y a la vez.

Un celador le ofreció una mano y la sacó del asiento de un tirón, sin contemplaciones. Ella se apartó un poco, se quedó a un lado, respiró hondo un par de veces, se quitó los guantes y cuando volvió a mirar lo que pasaba, el coche había desaparecido y Maribel estaba ya tumbada en la camilla, con una vía cogida en el brazo izquierdo, una bolsa de suero encima de la cabeza, otra vía cogida y aún sin conectar en el brazo derecho, Juan a su lado y dos o tres personas más alrededor. Entonces la metieron dentro. Las ruedas de la camilla desataron un estrépito denteroso y chirriante al deslizarse sobre el cemento y Sara no fue capaz de recordar el eco de un sonido más armonioso. Estaba muy cansada y muy sucia, el pelo pegado de sudor, la ropa manchada de sangre, las manos enrojecidas, tirantes, dos ríos rosados y secos trepando por sus brazos hasta más

allá del codo, pero también estaba muy contenta y más que eso, tan eufórica

como un general que acaba de ganar una batalla que ha dado por perdida.

Después de esperar unos minutos sin saber muy bien qué hacer, entró ella

también en el hospital, miró el reloj del vestíbulo, descreyó de sus ojos, miró su

propio reloj y no le concedió más crédito, le preguntó la hora a un celador, él le

contestó que eran casi las seis y diez, se sentó en un banco y, al rato, vio venir

directamente hacia ella a una enfermera bajita y sonriente.

—Hola, usted debe ser Sara, ¿verdad? –y sin esperar respuesta, la besó en las

dos mejillas–. Yo me llamo Pilar, trabajo en Traumatología, con el doctor Olmedo.

¿Quiere venir conmigo? Le puedo prestar una blusa y unos pantalones limpios,

verdes, eso sí, de hospital, pero limpios, y hasta puede ducharse, si le apetece,

que supongo que le apetecerá…

El agua caliente y el jabón la limpiaron por fuera sólo a costa de arrancarle

también una sensación de euforia que no sobrevivió a un escueto repaso de la

verdadera situación, como si, al desaparecer, el riesgo principal hubiera

acrecentado la gravedad de otros que nunca habían dejado de latir, agazapados

bajo la sombra de lo peor.

—¿Cuánto pueden tardar?

La enfermera, que rellenaba papeles sobre un mostrador y había sonreído al verla

aparecer vestida de médico, con el pelo húmedo, chorreando aún sobre su

espalda, se tomó su tiempo antes de contestar.

—Depende de lo que se encuentren. Yo creo que como mínimo dos horas, pero

pueden ser más de tres.

—¿La herida llegaba al hígado?

—Sí, le han hecho un buen boquete.

—¿Dónde está Juan?, ¿dentro?

–la enfermera afirmó con la cabeza–. ¿La está operando él?

—¡Nooo! –sonrió, como si aquella idea le pareciera absurda, y Sara pensó que

debía serlo–. Él es muy bueno, pero esto no es lo suyo. La están operando dos

cirujanos, y los dos son estupendos. Y el mejor anestesista del hospital.

El doctor Barroso se ha ocupado de todo, y esta vez ha habido suerte, porque

otras veces, por mucho que se intente… En fin, todos son buenos, pero ella tiene

lo mejor de lo mejor. No se preocupe, está más que controlada, todo va a salir

bien, seguro. ¡Ah! Y el doctor Olmedo me ha dicho que si quiere volver a casa

puede coger su coche. Tengo aquí las llaves.

Pero si prefiere esperar, entre dentro. Estará más tranquila.

—¿Puedo llamar por teléfono?

—Claro. Marque el cero.

Habló primero con Tamara, y luego con Andrés, y a los dos les contó lo mismo,

que habían atracado a Maribel para robarla, que la habían herido con una navaja,

que no tenían ni idea de quién podía haber sido, que estaba en el quirófano,

absolutamente fuera de peligro, que iba a esperar a que Juan saliera y le contara

cómo había ido todo, que entonces volvería a llamarles otra vez, que se reuniría

con ellos lo antes posible, que estuvieran tranquilos, que cuidaran de Alfonso y

que procuraran entretenerse solos. La niña conservó la calma durante la mayor

parte de la conversación hasta que, cerca ya del final, estalló en un sollozo largo,

histérico. Andrés, en cambio, no despegó los labios.

—¿Andrés, estás ahí? –Sara agotó su última mentira para empezar a sentir una

angustia verdadera que iba creciendo sin pausa en cada sílaba–. Andrés, habla,

por favor, dime algo… Si no me contestas, me voy a ir ahora mismo para allá.

¿Quieres que haga eso? ¿Quieres que me vaya contigo? Puedo pedir que le digan

a Juan que nos avise, no tardo nada…

—No –dijo por fin–. Quédate.

Te paso con Tam.

Sin embargo, fue Jesús quien cogió el teléfono. Ya había acabado su turno, pero

estaba todavía muy asustado, y dispuesto a quedarse con los niños todo el tiempo

que hiciera falta. Sara le pidió que estuviera muy pendiente de Andrés, le dio el

número del hospital y la extensión desde la que había llamado, y después de

colgar, se quedó quieta y muy preocupada, convencida de que se había

precipitado, de que se había equivocado, de que lo había hecho todo mal. Cuando

volvió a ver a Juan Olmedo, a las nueve menos cuarto de la noche, Tamara había

llamado ya dos veces, y ella no había sabido qué contarle.

—Ha salido todo muy bien, perfectamente –parecía agotado hasta que sonrió, y

entonces la sonrisa le borró el ceño, la tensión que se amontonaba en las

esquinas de sus labios, las ojeras que subrayaban sus ojos–. Ahora está en

reanimación. Si el postoperatorio no se tuerce, que habrá que cruzar los dedos –y

lo hizo– por aquello de la maldición de los recomendados, dentro de una semana

estará en casa.

Yo me voy a quedar. Quiero ver cómo se despierta. ¿Has hablado con los niños?

—Sí, y creo que he metido la pata.

Le contó la situación por encima y él, que al fin y al cabo había pasado las últimas

dos horas y media metido en un quirófano, no le dio mucha importancia.

—Yo creo que has hecho bien, Sara, algo había que contarles…

Lo peor será cuando Andrés se entere de que ha sido su padre, pero tú no tienes

la culpa –se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir, como si no

se le hubiera ocurrido antes–. Eso sí que va a ser una putada, ¿no?, pobrecillo…

En fin, ya veremos.

Ahora vete a casa e intenta descansar, anda. Tam sabe dónde está apuntado el

teléfono de la chica que les cuida cuando salgo por la noche, que la avise, que se

encargue ella de todo. Ahora les llamo yo –se dirigió al teléfono, y cuando ya

tenía el auricular en la mano, se acordó de algo–. ¡Ah, Sara! Y que Andrés se

quede a dormir en mi casa. Lo último que me ha dicho Maribel antes de entrar en

el quirófano es que no quería ver a su madre por aquí. Y muchas gracias –dejó el

teléfono descolgado encima de la mesa, se acercó a ella, la abrazó–. Por todo.

Había marcado ya la mitad de las cifras del número de su casa pero, como si no