supiera muy bien qué estaba haciendo, a quién llamaba, por qué y para qué,
cortó la línea con los dedos y la detuvo cuando ya estaba a punto de salir por la
puerta.
—Y otra cosa, Sara –pero no la dijo hasta que ella no se volvió para mirarle–. Esta
tarde soplaba…
—Poniente –ella no entendió el sentido de aquel repentino interés por el viento,
pero se acordaba muy bien de que aquella tarde soplaba poniente, y quiso
confirmárselo–.
Estoy segura.
—Eso es. Poniente –le dio definitivamente la espalda mientras aporreaba las
teclas del teléfono con mucha más fuerza de la imprescindible, para que Sara se
asombrara otra vez de la violencia que podía llegar a albergar un hombre tan
tranquilo, y le escuchó murmurar desde la puerta una amenaza cuyo sentido
tampoco logró comprender–. Poniente. Le vamos a joder.
El día que apuñalaron a Maribel, Juan Olmedo no había ido al hospital porque estaba saliente de guardia. De acuerdo con las nuevas reglas que las vacaciones escolares habían impuesto sobre la libertad incondicional que los adultos habían disfrutado durante el curso, habían comido temprano, todos juntos, y luego Juan había desplegado toda clase de sabios argumentos para convencer a los niños de que aprovecharan una de las pocas tardes de playa que les quedaban. Por fin, y después de aceptar que no iba a tener éxito, terminó indultándoles graciosamente de la mitad de la digestión para hacerse digno al menos del premio de consolación de la piscina.
Alfonso acababa de quedarse dormido en el sofá, pero su hermano no estaba dispuesto a perder más tiempo. Se descalzó para salir del salón sin hacer ruido y en el recibidor se encontró con su asistenta, que salía de la cocina tan descalza como él, y le sonreía con los ojos y los labios a la vez mientras se quitaba el delantal con dedos pausados, sigilosos. Maribel disponía de un catálogo exhaustivo y sumamente expresivo de sonrisas en las que ambos confiaban más que en las palabras. Aquélla denotaba deseo y una muestra de ese entusiasmo casi salvaje en el que se resuelve cierta clase de ansiedad. La que se apoderó de su rostro más tarde, compensando la tensión que los gritos ahogados, sofocados contra la almohada, habían exigido de su mandíbula para lograr que Alfonso siguiera roncando en el piso de abajo, era diferente, pacífica e interior, pero capaz de derramar hacia fuera una dosis exacta de gratitud que, de vez en cuando, a ella le gustaba describir en voz alta.
—Si supiera cuánto me gusta, si pudiera llegar a imaginarse cómo me quedo de bien –aquélla había sido una de esas veces–. No sabe cómo se lo agradezco, no puede saberlo, en serio, es que ni se lo imagina…
Apenas una hora después, Maribel tenía mucho frío y casi un litro de sangre menos dentro del cuerpo, y Juan no podía arrancarse sus palabras de la cabeza mientras conducía hacia Jerez como un suicida escrupuloso y consciente. No sabe cómo se lo agradezco, no lo sabe, no puede saberlo. En el mismo paquete que su placer, viajaba emboscada su muerte, y él no se sentía tan responsable del primero como de la última. Con la cabeza repleta de hielo, un vapor helado y sólido a punto de resquebrajarse como una pared de cristal, un insoportable golpe
de sabor a menta entre las sienes, el doctor Olmedo esquivaba la imprescindible
tentación de derrumbarse encima del volante sometiendo sus ojos, sus manos, los
pies que posaba sobre los pedales, a la instintiva eficacia de lo que sabía. Le
había dicho a Sara que Maribel estaba viva de milagro y le había dicho la verdad.
No sabía cómo definir la compasión del azar sin nombre que había dirigido la hoja
del cuchillo directamente hacia el hígado sin seccionar ningún gran vaso por el
camino. El filo tenía que haber acariciado las paredes de la arteria mesentérica sin
rasguñarla siquiera. La arteria mesentérica. La arteria femoral. Una maldición
privada. Cuando vio a Maribel tirada en la acera, el corazón se le paró de golpe.
Soy un hombre peligroso, pensó, un amante peligroso, un peligro mortal. Había
hecho muchas cosas a la vez y todas muy deprisa, y sin embargo su corazón, el
músculo sensible que bombeaba sangre con la mecánica prudencia de una
máquina bien engrasada sin haberse parecido nunca mucho a la encarnada
silueta que dibujan los adolescentes en sus carpetas, había seguido estando
parado, quieto, indeciso en el riguroso intervalo de dos lati dos, hasta que su
dedo índice se había atrevido a penetrar en la herida para confirmarle que una
azarosa compasión sin nombre había decidido dejarles con vida a los dos, a
Maribel por completo, a él en la certidumbre de un futuro que sería siempre más
difícil que el presente que había roto aquel cuchillo.
—¿Qué necesitas? –Miguel Barroso le ahorró la ceremonia de los saludos y las
preguntas repetidas–.
Vamos a ver, un quirófano, sangre A positivo, mira, en eso por lo menos ha
habido suerte, un cirujano…
—O dos.
—¿Dos?
—Sí. Y que sean buenos. Los dos.
—Dos buenos cirujanos –y su voz, incluso a través del teléfono y por encima del
ruido del motor, traicionó una sorpresa con la que Juan ya contaba–. Y un
anestesista…
—No –le interrumpió de nuevo y ya no esperó una nueva pregunta–.
Un anestesista no. Un anestesista cojonudo. Hazme caso.
—Muy bien. Un anestesista cojonudo. ¿Quién es, Juan?
—Es mi asistenta.
Luego tal vez no habría vuelta atrás, pero Juan Olmedo había escuchado a
muchas enfermeras, decenas, centenares, miles de enfermeras, repetir lo mismo
con la misma sonrisa reglamentaria en la boca, todos son buenos, para
tranquilizar a una madre, a un marido, a una mujer, a un hijo, todos son buenos,
Juan lo había visto, lo había escuchado demasiadas veces, todos son buenos, la
fórmula de reglamento, una radiante sonrisa profiláctica, y un cuerpo frágil,
fragilísimo, perdiéndose por el fondo de un pasillo tras una puerta con dos
batientes cuyos cantos de plástico se golpeaban entre sí, al cerrarse, con la
inquietante suavidad de la seda. Al otro lado quedaban las víctimas de su propia
concien cia, los torturados de la sala de espera, abandonados para siempre a su
suerte, a su fe en cualquier dios, en cualquier nombre del azar, o en la eficacia de
aquel simbólico compromiso colectivo con la ciencia y el progreso. Todos son
buenos.
Quizás fuera verdad, quizás fueran todos buenos, pero los había mejores y
peores, y todos serían buenos, pero no todos lo bastante.
Juan lo sabía. Respiró hondo.
Luego tal vez no habría vuelta atrás.
—¿Miguel?
—Sí.
—Es ella. Y ha sido su marido. Lo entiendes, ¿verdad?
Miguel Barroso tardó en contestar, como si de pronto le faltaran dientes para
masticar aquella noticia.
—¿Quieres que te mande una ambulancia?
—No, de momento no, voy a llegar yo antes. Si esto se pone feo, llamo y la pido.
—Muy bien, voy a decirles que se preparen, por si acaso. Y no te preocupes por
nada. Como si fuera mi hija, yo me encargo…
La había besado en la boca para tapársela, para impedirle hablar, sin saber ni
siquiera qué le iba a decir, sólo por si intentaba decirle que le quería. Se lo había
dicho ya alguna vez, de otra manera, con palabras oblicuas, transversales,
tranquilizadoramente ambiguas, ese sorprendente instinto que se confunde con la
inteligencia en las arañas gordas y astutas que tejen su tela sin descansar, pero
sin apresurarse.
—¿Y qué vamos a hacer cuando les den las vacaciones a los niños?
Estaban desnudos sobre la cama, a mediodía, hacía mucho calor y los dos
sudaban, se recobraban a sí mismos con pereza, la casa estaba a oscuras, los
ventiladores del techo girando como locos, sin matizar apenas la sofocante