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Bueno, pues el caso es que, total, yo, lo que se dice vacaciones, vacaciones de

verdad, no me puedo coger nunca. Eso es lo que pasa con las madres, y más con

las separadas, que tenemos que ir a la compra, y lavar la ropa, y hacer la comida

todos los días, igual que el resto del año, ¿no? Y por eso he pensado… No me

interprete mal, pero a mí me da lo mismo cocinar aquí, para Andrés y para mí,

que cocinar en su casa para los cinco, ¿sabe? Me da lo mismo. Y así, no tendría

que pelearme con mi hijo todos los días para que no abuse, y usted tendría un

problema menos, y los niños comerían mejor, vamos, creo yo, y… En fin, no sé,

eso es lo que he pensado.

Lo había dicho todo con los ojos clavados en el fondo del vaso, pero cuando

terminó, no le quedó más remedio que mirar a Juan. Tenía rastros de rojo oscuro

sobre los labios, las rayas negras casi intactas sobre sus ojos egipcios, las mejillas

coloradas y un extraño candor infantil en toda la cara.

Mientras la miraba, Juan Olmedo sintió ganas de levantarse, de gritar bravo, de

cubrirla de olés, de ir a buscar un pañuelo para hacerlo ondear en su honor, como

en el teatro, como en los toros, como en el fútbol. Pero se limitó a sonreír, y a

incorporarse todavía más sobre la cama hasta quedarse sentado, como una

manera de darle a entender hasta qué punto apreciaba la brillantez de aquella

puesta en escena.

—¿Por qué me mira así? –y esta vez ella no conocía la respuesta.

—Porque te admiro mucho, Maribel.

—¿Que me admira? –parecía desconcertada, casi asustada–. ¿Por qué?

—Pues porque eres muy buena gente. Y porque eres muy buena conmigo.

—Sí, bueno, yo he pensado…

–se había puesto todavía más colorada, estaba a punto de reventar de color–. Ya

sé que a usted le gusta ir a la playa por la mañana, a todos los de Madrid les

gusta eso, no sé por qué, pero yo prefiero ir por la tarde, así que tampoco me

pierdo tanto, ¿no? Y además nos podríamos turnar, con los niños, quiero decir.

—Me parece a mí que yo este año voy a ir muy poco a la playa, Maribel…

Ella se echó a reír, y después, como si ya se sintiera con fuerzas suficientes, fue

más sincera.

—La verdad es que creo que no podría estar un mes entero sin verle a solas.

Él le quitó el vaso de las manos, lo dejó en la mesilla, se dejó caer sobre la cama

y la arrastró consigo.

—¿Y qué le vas a decir a tu madre si se entera? –le preguntó mientras la

abrazaba y la besaba en la cara.

—Que usted me paga horas extraordinarias –y volvió a reírse–.

Lo tengo todo pensado.

—Ya lo veo.

Así empezó para Juan Olmedo el auténtico verano de vida desordenada y amable

que terminó con su amante a punto de morir desangrada encima de una acera.

Durante un mes entero, los dos vivieron bien, y vivieron juntos, una singular

existencia de pareja excéntrica, con los horarios cambiados y los ritos justos, en la

penumbra de una casa cerrada donde se dormía la siesta por la mañana y se

comía por la tarde, y las noches se alargaban de vez en cuando hasta el límite del

derrumbamiento sin otro propósito que el de conquistar otra oportunidad cuando

todos, incluida Sara, que era una trasnochadora tenaz, combativa, se hubieran

rendido ya. A veces, cuando lograban quedarse solos en el porche estaban ya tan

cansados, tan dormidos, que a Juan le quedaban las fuerzas justas para

levantarse, andar hasta el coche y llevar a Maribel a casa. Una de aquellas

noches, cerca de las tres de la mañana y mientras el balancín se perfilaba al

fondo del jardín como un cobijo particularmente ingrato, se sintió tan dividido

entre el deseo y la pereza que tuvo una idea brillante.

—Vámonos a la cama, Maribel.

—¿Qué? –ella no pareció haber entendido bien el sentido de sus palabras.

—Vámonos a la cama.

—¿Ahora? –y le miró con los ojos fuera de las órbitas–. ¿Pero es que se ha vuelto

loco o qué?

—Los niños están fritos. Tu hijo está durmiendo en el cuarto de Alfonso, en la

otra punta del pasillo, y a Tamara no la despierta ni su propio despertador,

vámonos a la cama, anda… –ella no se atrevió a mover ni un solo músculo de su

cuerpo, y él, que la conocía, arqueó las cejas y decidió forzar las cosas–. ¿Qué,

prefieres el balancín?

—No, el balancín no –y al fin se echó a reír–. Por favor.

—Pues entonces. Ahora nos quitamos los zapatos, subimos las escaleras muy

despacito, andando con mucho cuidado, echamos el pestillo y ponemos el

despertador a las diez, a las nueve incluso, si quieres. Aquí no va a amanecer

nadie hasta las once, por lo menos, y el primero siempre es mi hermano y se va

derecho al televisor sin avisar a nadie.

A Maribel debieron de impresionarle tanto las condiciones de aquella propuesta

que no se atrevió a decir nada hasta la mañana siguiente, después de que los

pronósticos de Juan se cumplieran con tal exactitud que a las diez y media los dos

pudieron salir de su casa, vestidos, duchados y desayunados, como si nadie más

hubiera dormido allí. Cuando ella estaba ya en la calle, él despertó a Tamara

golpeando con los nudillos en la puerta y le dijo que se iba al mercadillo, que se

quería comprar un par de pantalones nuevos de esos con gomas en la cintura que

usaba siempre en verano. La niña respondió con un gruñido y le pidió que la

dejara seguir durmiendo. Maribel necesitaba una cremallera roja y una sartén

pequeña, y le preguntó si le importaba que fuera al pueblo con él. Juan le

contestó que no, que cómo le iba a importar.

—Y lo de anoche tampoco le importa, ¿no? –volvió a preguntar cuando entraron

en el coche.

—Lo de anoche, ¿qué? –él parecía distraído.

—Pues… que me quedara a dormir en su casa y eso.

Juan la miró, pero no consiguió verle la cara porque tenía la cabeza vuelta hacia

la ventanilla.

—¿A ti te importa, Maribel?

—A mí sí.

Él no añadió nada hasta que llegaron al pueblo. Aparcó en el primer sitio

razonablemente cercano que encontró y le propuso andar un rato. Ya tenía

pensado lo que le iba a decir.

—Mi padre era panadero, ¿sabes?

—¡Ah! Igual que el mío –parecía sorprendida, pero Juan no logró dictaminar si lo

estaba por el contenido de aquella noticia o por su extemporánea manera de

comunicársela–. Bueno, el mío lo fue sólo una temporada.

—El mío toda la vida. Se murió delante de su panadería. La aorta le reventó

cuando estaba subiendo el cierre, y cayó muerto en el suelo. Era muy joven. No

había cumplido los sesenta todavía.

—Lo siento.

Juan Olmedo se paró un momento, la miró, sonrió, tuvo ganas de pasarle un

brazo por los hombros, se acordó a tiempo de que estaban en el pueblo, se metió

las manos en los bolsillos.

—No hace falta que lo sientas, Maribel, pasó hace mucho tiempo.

Sólo te lo he contado para que te des cuenta de que hay muchas cosas de mí que

tú no sabes. Que mi padre era panadero, por ejemplo. O por qué vivo solo, por

qué no me he casado nunca, por qué me he venido a vivir aquí, a este pueblo.

—¿Por qué? –ella le miró como si estuvieran jugando a las adivinanzas, él resopló

antes de contestar.

—¡Uf! Es muy largo de contar.

Porque estoy acabado, supongo. Y sin embargo estoy vivo, ¿no?, estoy andando

contigo por la calle. Las cosas ya no me importan. Eso es estar acabado, pero

tiene una ventaja. Ahora hago sólo lo que quiero hacer. Lo que no quiero hacer,

no lo hago. ¿Lo entiendes?

—A medias. Sólo a medias.

Pero lo que entiendo me vale.

—Eso no lo entiendo yo.

—Quiero decir que para mí es bastante.