Te conformas con poco, Maribel, pensó Juan Olmedo, y sintió su mezquindad, el
egoísmo hipócrita y previsor de sus palabras, como una condena justísima de la
que sus méritos nunca llegarían a librarle.
Yo antes no era así, habría querido decirle, antes no era así, te juro que no era
así, pero no pronunció ni una sola sílaba más, para no correr el riesgo de que se
le acabara escapando la verdad, que la había invitado a dormir con él porque eran
las tres de la mañana y no le apetecía nada desnudarse al aire libre, y todavía menos tener que sacar luego el coche, conducir hasta su casa, volver, aparcar, abrir la puerta, subir las escaleras, un horror. Le había gustado encontrársela en su cama por la mañana, pero eso no había cambiado las cosas. El cuchillo que había encontrado la vía más directa para llegar hasta el hígado de Maribel sin seccionar ningún gran vaso por el camino, sí había estado a punto de cambiarlas, y para siempre. Cuando terminó de hablar con Miguel Barroso y estuvo seguro de haber hecho todo cuanto podía hacer excepto seguir conduciendo como un loco, sin conciencia alguna de la velocidad, mientras Jerez se iba perfilando en el horizonte como la promesa de una isla tropical ante los ojos de un náufrago entumecido y exhausto, Juan Olmedo empezó a pensar sin querer pensar, a sentir sin querer hacerlo, y a ver desfilar sobre la escueta cinta de la carretera cuerpos y nombres, rostros y gestos, imágenes de culpas antiguas y de otras más recientes.
En el fondo, él nunca había creído a Maribel, nunca había querido tomársela en serio, había llegado a convencerse incluso de que su temor y su cautela, sus silencios y sus quejas, esa inquietud tan parecida a la vergüenza que habría sido lógico que ella esperara de él, y que él no sentía, no era otra cosa que una jugada feliz, un movimiento astuto y ganador en la partida que ella había precipitado, que había dirigido desde el principio. Y la había admirado por la brillantez de aquella apuesta, que derramaba ventajas sobre los dos, y más sobre él. La había admirado tanto al menos como había despreciado a su marido, aquel hombre menudito y cabezón que no podía dar miedo porque daba risa, con su cara de muñeco y sus ademanes de gángster en miniatura, y esa manera tan ridícula de desafiarle con los ojos mientras se subía el cuello de una camisa polo de color rosa salmón, una pena. Juan Olmedo sabía que él era el mejor, el más inteligente de los tres, y por eso había sostenido su mirada con otra muy risueña, infinitamente soberbia, y se había contentado con calcular a distancia la debilidad de su estatura, sin pararse a analizar, ni entonces ni después, los factores que la sustentaban, los que sustentaban al mismo tiempo la realidad que viajaba ahora en el asiento trasero de su coche, lo que es justo y lo que es injusto, lo que es tolerable y lo que no lo es, los expresos artículos del código tácito, intolerablemente injusto, que asegura la lealtad de ciertas madres hacia cualquier repulsivo matón de opereta, relegando a cambio la existencia de ciertas hijas a la condición de quien no dispone siquiera de la oportunidad de elegir para equivocarse. Se había pasado de listo, no se había tomado en serio el miedo de Maribel, no había querido encontrar un motivo en los ojos de su marido, él era el mejor, el más inteligente de los tres, y con eso había tenido bastante, le solía ocurrir, no era la primera vez que le ocurría.
Cuando rajas a alguien, tienes que mover el mango cuando la hoja está ya dentro del cuerpo, así, ¿ves?, como si fuera un destornillador, para hacer más daño. Mientras conducía como un loco, como un suicida escrupuloso y consciente, contando las montañas y los volcanes, las playas y las palmeras de una isla tropical que se llamaba Jerez de la Frontera y estaba cada vez más cerca, Juan
Olmedo pensaba sin querer, y recordaba ferocidades, truculencias, historias atroces que había aprendido escuchando a hurtadillas a lo largo de su infancia de niño muy listo en un barrio muy duro, en una ciudad muy dura, en una época muy dura.
Se puede dejar ciego a cualquiera con dos dedos de una sola mano, así, ¿ves? Pensaba sin querer, y recordaba, y se arrepentía de su pasividad, su indiferencia, su culpable superioridad de triunfador en un burdel de pueblo al que iba a hacer exactamente lo mismo que los demás, tendría que haber hecho algo, decirle algo, amenazarle cuando estaba a tiempo. Y qué, para qué, para nada. Conviene pegarse con una pila de petaca dentro del puño o, todavía mejor, con un terrón de azúcar empapado en coñac y puesto a secar, para que cristalice, con el canto bien apretado entre el dedo corazón y el anular de la mano buena. Él sabía todas esas cosas y algunas más, y pisaba el acelerador, tocaba la bocina, circulaba por el arcén, corría y recordaba, se arrepentía, tendría que haberlo forrado a hostias, dejarlo seco de un cabezazo, partirle una botella en la cabeza, porque esto se veía venir, se veía venir pero yo no quise mirar, y se veía venir, tendría que haberlo trincado de las solapas y echármelo a la cara, ten cuidado conmigo, cabrón, decirle por lo menos eso, de ahora en adelante ten mucho cuidado, y qué, para qué, para nada, si el Panrico nunca habría ido a buscarle a él, si al Panrico sólo le interesaba Maribel, el dinero de Maribel, la sangre de Maribel, el hígado de Maribel, si sabía de sobra cómo tenía que mover el mango de la navaja para destrozarla mejor por dentro, si hasta habría podido adivinar también, seguramente, que Juan era capaz de besar a su mujer en la boca sólo para tapársela.
Él era el tercero, el mejor, el más inteligente de los tres, pero el tercero. A veces el más indefenso, a veces el más poderoso, desprendido hasta la insensatez o egoísta hasta la mezquindad, pero siempre el tercero. Y qué, para qué, para nada, pero ése era él, y sin embargo, ahora, Maribel, la que de cualquier modo iba a salir perdiendo. Por eso, y porque aún podía correr, porque corría, Juan Olmedo no atinó todavía a atar cabos, a preguntarse por qué tenían que repetirse el dolor y la culpa, el error y la sangre, en su propia vida, la vida de un hombre que nunca había querido dejar de ser un buen chico. Tendría que haberlo matado, se dijo a cambio, y no se asustó, y lo repitió otra vez, tendría que haberlo matado.
Tuvo tiempo para querer pensar, y tiempo para hacerlo. Y sin embargo, cuando subieron a Maribel de reanimación, muy cansada, muy asustada aún, pero consciente y con todas las constantes controladas, un pensamiento fijo sobrevivía en su mente después de haber coexistido sin desgastarse con la alarma y el alivio, con el conocimiento y la inquietud, con la emoción y la culpa, con los buenos recuerdos, con los malos, y hasta con el primer indicio de un sentimiento efectivo de posesión que había nacido del filo de un cuchillo, porque nunca había encontrado un lugar donde brotar mientras en el mundo sólo existía una mujer, y no era suya. Nadie que le hubiera visto, habría podido adivinarlo. No lo sospechó el celador
que trasladó a Maribel a su propia planta, ni la enfermera que les estaba
esperando en la puerta de una de las habitaciones más tranquilas, donde un aspa
escrita a mano en una de las dos etiquetas de identificación revelaba que una de
las dos camas estaba bloqueada. Como si fuera mi hija.
Juan Olmedo sonrió al advertir hasta qué punto Miguel Barroso había cumplido su
palabra, pero ni siquiera entonces dejó de pensar en eso. Cuando Maribel estuvo
bien instalada, le buscó con los ojos.
Él dio un paso hacia delante, le acarició la cara con la mano derecha y le preguntó
qué tal estaba.
Ella le respondió moviendo la cabeza para apoyarla sobre la mano izquierda que
su amante había posado sobre la sábana, y en ese momento, el celador y la
enfermera se retiraron a la vez, sin hacer ruido. Nadie que hubiera contemplado
aquella escena habría podido adivinarlo, pero entonces, y después, Juan Olmedo
pensaba sobre todo en una cosa, no te cruces conmigo, Panrico, no te cruces