En apariencia, era todo limpio, fácil y legal. Es que es su heredero, ¿comprendes, Juan?, José Antonio es su heredero porque ellos se lo han dejado todo, los pobres, porque están solos y no tienen a nadie, y le adoran, claro, los locos le adoran, él es quien les cuida, quien se ocupa de ellos, ha sido todo un inmenso malentendido… Nicanor se lleva una parte, pensó él entonces, seguro que es eso, que se lleva una parte, le encargarían que lo investigara, descubriría algo, y a cambio, desde entonces, se lleva una parte. Es muy amigo nuestro, muy buena persona y se desvive por ellos, Damián seguía hablando como si le hubieran dado cuerda, y puede ir a la cárcel, puede acabar en la cárcel sin ninguna culpa, por eso, para apoyarle, sus compañeros de la clínica han escrito esta carta, y te pedimos que la firmes, que se lo expliques a tus amigos, que la hagas circular, necesitamos todas las firmas que podamos reunir, porque esto ha sido sólo un inmenso malentendido… El juez había sobreseído el caso por falta de pruebas, como suele ocurrir cuando los únicos testigos, que en este caso eran a su vez las víctimas, son enfermos mentales, cuyo testimonio, en el caso de que estén en condiciones de darlo, se invalida por sí solo.
La carta no había llegado a hacerse pública, sin embargo. A Juan no le extrañó. Ningún médico mínimamente consciente firmaría jamás un documento como aquél. Así que el doctor Miguel, tres o cuatro años después de aquello, seguiría
trabajando en una clínica, tal vez incluso en la misma de entonces. Y desde luego, muy bien podía ser él uno de esos partidarios de operar al pobre Alfonso que había mencionado su hermano. Juan sabía que Damián no hablaba en serio. Necesitaba creer que Damián no hablaba en serio. El mundo sería un lugar mucho mejor si no vivieran en él su hermano, sus amigos. Déjame pasar, Juanito, déjame pasar, hostia… Vamos a tener la fiesta en paz.
He venido a ducharme y a cambiarme de ropa, voy a salir otra vez. Nicanor me está esperando ahí al lado, con unas tías. Ya me has dicho todo lo que me tenías que decir, ¿no? ¡Que me dejes pasar, Juan, que te apartes! ¿Me oyes? ¡Apártate! ¿Pero qué quieres, que te meta de verdad? Joder… Si no supiera de sobra lo maricón que eres, te diría que te vinieras con nosotros, a ver si se te quita de una vez esa cara de madre superiora que se te está poniendo… Cuando eran niños, no se pegaban nunca.
Luego, al llegar juntos hasta el borde de la adolescencia, empezaron a pegarse mucho, demasiado, pero entonces el Olmedo pequeño no amenazaba, y el mayor tampoco era capaz de sujetarse durante tanto tiempo. Dami era más rápido y tenía más experiencia, pero Juan podía llegar a ser, sorprendentemente para todos, sorprendentemente para él, mucho más violento que su hermano. Sin embargo, no siempre renunciaba al golpe definitivo, así que iban más o menos empatados, aunque Damián no estuviera dispuesto a reconocerlo jamás. El Canario tampoco lo sabía. Aquel sábado, Juan había sido el responsable de la bronca, pero no se sentía culpable. Se había puesto una camisa de Damián que le gustaba mucho para salir con los de su pandilla. Iban a ir al cine a Madrid, que era como llamaban entonces al centro de Madrid, como si ellos vivieran en una ciudad distinta. Las chicas también venían, pero su hermano no, porque estaba castigado sin salir, por las notas, así que le daba lo mismo prestársela que tenerla guardada en un cajón. Se la había pedido y él le había contestado que no se la dejaba. Su madre había intervenido, había sugerido, rogado, ordenado que se la prestara, y él, al final, la había cogido por las buenas. Ya estaba en la calle cuando Damián salió bufando por el portal, como un toro bravo, y Juan no supo qué hacer, porque los demás, también las chicas, estaban esperándole en una esquina. Su hermano sacó mucho partido de unos pocos segundos de indecisión. Le tiró al suelo de un cabezazo, se le montó encima, levantó el puño en el aire, y entonces, de repente, desapareció.
Juan, que había cerrado los ojos, los volvió a abrir a tiempo de ver cómo el Canario soltaba a su agresor del cuello de la camisa después de haberle arrastrado un trecho por el suelo. Si quieres ir de duro, pégate con los que son más fuertes que tú, idiota, le dijo. Déjame en paz, Canario, respondió Damián, y métete en tus asuntos. Él se echó a reír, le amagó una hostia en el aire y volvió a reírse. No te cruces conmigo, chaval, añadió entonces, con voz todavía risueña, no te cruces conmigo. Luego se marchó, dio la vuelta para marcharse, pero Juan se levantó de un salto, se desabotonó la camisa tan deprisa como pudo y le llamó. ¡Eh, Canario! Desnudo de cintura para arriba, echó a andar hacia él, llegó a la
altura de su hermano, le tiró la camisa sucia de barro encima sin mirarle, y avanzó un poco más.
Yo soy más fuerte que él, Canario, dijo entonces, yo soy el más fuerte de los dos. El Canario le miró, le sonrió, y no dijo nada.
En aquella época, Damián era el más alto. Todos pensaban que siempre sería así, pero Juan creció más tarde, y creció más. Aquella noche, con la ventaja adicional de un par de escalones, su hermano le pareció más pequeño que nunca. Había adelgazado mucho, muy deprisa, pero proyectaba hacia delante una barriga tersa, abultada, como el vientre de una embarazada. Estaba viejo, desencajado, casi siempre borracho y duro, durísimo, tanto que a veces Juan pensaba que podría clavarle un alfiler en el brazo sin que llegara a sentirlo. Comía bollos rellenos de crema, bebía whisky de malta, se metía más de un gramo de cocaína al día, todos los días. A Juan le gustaba la cocaína, pero no le gustaba Damián. En eso, su hermano estaba de acuerdo con él, aunque no lo supiera. Ignoraba muchas cosas de sí mismo, y sobre todas, que nunca había dejado de ser un hombre débil, frágil, con un carácter blando, quebradizo como esos milhojas de hojaldre que se tragaba en dos bocados sin detenerse a masticarlos. Cada vez que le veía con un bollo en la mano, una fracción de segundo antes de ver sólo su mano, vacía, y un relieve de esfuerzo en su garganta, Juan Olmedo, a quien le gustaba tanto comer, pensaba que la relación que Damián había establecido con la vida consistía básicamente en eso, en tragar sin masticar, en renunciar al gusto de las cosas, a sus contrastes, a sus matices. A la sal, a la dificultad, a la sugerencia del punto ácido, o amargo, que subyace bajo la corteza de los únicos sabores interesantes.
Tal vez por eso, por esa debilidad intrínseca que se alimentaba a sí misma en cada exceso, Damián no había sido capaz ni de gobernar a Charo, agridulce y salada al mismo tiempo, amarga y ácida, y más dulce después si hacía falta, cuando aún estaba viva, ni de sobreponerse al insulto supremo de su muerte. Juan, que nunca la había entendido, pero que a fuerza de amarla, y de romperse la cabeza una y otra vez contra las mismas arbitrarias esquinas de su laberinto, había aprendido a anticipar sus movimientos, tampoco había llegado a comprender jamás cómo habían podido vivir los dos juntos, en la misma casa, durante tantos años.