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Aquella noche, siete meses después de la muerte de su cuñada, ya se había quedado a solas con dos hipótesis. La primera, y la mejor, sugería que a Damián, en el fondo, no le importaba gran cosa la suerte de su mujer. La segunda, y la peor, proponía que los dos eran tan parecidos que nada, excepto la muerte, habría podido llegar a separarlos. La segunda hipótesis era la buena. Juan lo temía ya, aquella noche, cuando su hermano escogió para defenderse el único argumento que él no habría querido escuchar. No me eches un sermón, Juanito, por Dios, otro sermón más no, ahora no… Me da lo mismo que sea sobre mi salud, estoy hasta los huevos de tus sermones, ya te lo he dicho. ¿Que no estoy bien? Ya sé que no estoy bien, lo sé de sobra, ¿cómo no voy a saberlo? Se lo dije bien

claro, desde el principio, fue lo primero que le dije, como me pongas los cuernos te mato.

Y me los puso, y no la maté. Y al final se mató ella sola, se mató poniéndome los cuernos, la muy hija de puta, la muy puta se mató. ¿Cómo voy a olvidarme de una cosa así?

Tú no sabes lo que dices, no tienes ni idea de lo que dices. Todo valía, entre nosotros todo valía, todo menos eso, joder, todo menos matarse así. Era la hostia, Charito, la hostia, era única, la única… Y se mató poniéndome los cuernos, me cago en Dios, se mató ella sola, poniéndome los cuernos, y la odio por eso, la odio. La perdoné muchas veces, ¿sabes?, muchas veces, ella me perdonó a mí más, es verdad, pero con esto ya no puedo, esto no puedo perdonárselo, y me gustaría matarla ahora mismo, aunque fuera muerta, matarla muerta, eso me valdría, con eso me conformaría, con matar a su cadáver, otra vez, cómo quieres que esté bien, Juanito, cómo quieres que esté bien… Después de aquella tarde de sábado que se saldó sin cine, sin chicas, sin la única camisa que Juan prefería sobre todas las demás quizás sólo porque no era suya, porque era de Damián y no era suya, el Canario empezó a saludarle por su nombre cuando se encontraban por la calle. Él le devolvía el saludo con pocas palabras, un gesto sobrio, escueto, como se supone que saludan los hombres, pero era muy consciente de hasta qué punto aquella deferencia casi anecdótica le estaba regalando un prestigio del que nunca había gozado antes. En sexto de bachiller, tres cursos después del que cursaba Damián la primera vez que lo logró, Juan Olmedo consiguió ligar, y durante un semestre mágico, prodigioso, fue empalmando una novia con otra mientras el Orejas, el Rubio, el Chino, el Choto, el Toledano, se aprendían su nombre y lo pronunciaban con una sonrisa de colegas desde la otra acera. El Olmedo mayor, tan serio, tan educado siempre, tan buen chico, empezó a arrimar una silla por su cuenta a la mesa del Canario para tomarse una cerveza con él sin pedir permiso, y así aprendió cómo hay que mover el mango de una navaja cuando la hoja está ya dentro del cuerpo, y que conviene pegarse con una pila de petaca en la mano buena, si es que uno es tan gilipollas que no lleva siempre en el bolsillo un terrón de azúcar mojado en coñac y puesto a secar. Para que cristalice, claro, dijo la primera vez que lo escuchó, comprendiendo al mismo tiempo el truco y sus ventajas, y el Canario se echó a reír, ¿para que qué? Él nunca había oído ese verbo, y lo reconoció enseguida, como si fuera un mérito, estrellándole una mano entre los hombros. ¡Tú llegarás lejos, Juanito, macho, llegarás lejos, hay que joderse! El Canario nunca había oído ese verbo, pero sabía otras cosas. Juan nunca consiguió que le pasara una novia, que le diera su teléfono, su dirección, instrucciones para encontrársela por la calle, para hacerle gracia, para ir a por ella. Con otros sí lo hacía, pero a él siempre le decía lo mismo, ¿quién?, ¿ésa?, ni de coña, tío, ésa es una guarra, no te conviene, a ti no, hazme caso que sé lo que me digo. Para el Orejas no está mal, porque él no puede aspirar a mucho más, pero tú… Tú llegarás lejos, Juan. Eso solía decirle, pero una tarde le preguntó además si no le apetecía dar una vuelta, andar un rato, llegar hasta los cuarteles. Juan pensó que quería comprar chocolate, y le

dijo que sí, que iba con él, y anduvieron bastante tiempo los dos solos, los dos juntos, hablando de tonterías, de peleas reglamentarias y de las otras, de árbitros y de puntuaciones, de campeones, de narices y sueños rotos. Hasta que llegaron a una valla que parecía igual que las demás, una valla cualquiera. Vamos a sentarnos un rato, ¿no?, propuso el Canario, y él aceptó. Pensaba que estaban esperando a un camello, no entendía por qué habían tenido que andar tanto para encontrarse con uno, quizás no fuera chocolate lo que iban a buscar, en eso estaba pensando cuando el Canario le puso una mano en el hombro, lo apretó contra sí, y empezó a mover esa mano, a acariciarle la espalda, mientras rozaba la nariz de Juan con la suya. ¿Y tú no querrías venirte un día al gimnasio conmigo?, le preguntó entonces, y su mano bajó lentamente por la espalda del Olmedo mayor, y sus labios rozaron los suyos, porque tú sí que tienes cintura… No me hables así, Damián, pensó, no me hables así, no me cuentes eso, no me des pena, cabrón, no me des pena. Necesitaba toda su compasión para sí mismo, no le quedaba nada para su hermano, ya no, entonces no, menos que nunca. Damián jamás había hablado de amor, ni cuando Charo estaba viva ni después, cuando se desmoronó con una sola palabra entre los labios, puta, como si hubiera jurado no volver a llamarla nunca más por su nombre, y él había sacado ventaja de su debilidad, de su rencor, de la brutal magnitud de su estupidez, que le consagraba otra vez, una más, como el mejor, el más inteligente de los tres. Ya no podía aceptar otra versión, otro nombre de la realidad, sería demasiado duro, demasiado cruel, demasiado injusto, insoportable. Los celos le mordieron por dentro como un perro enloquecido de hambre en un desierto blanco y castigado por el sol del mediodía, un hervor seco, peligroso, que retorcía a la vez el aire y su cabeza, igual que antes, cuando le pedía a Dios que tomara de él lo que quisiera, que hiciera con él lo que se le antojara, que le matara, pero que se la devolviera. Ya no era tiempo, ya había pasado el tiempo de los celos, de la rabia, y sin embargo, el bronco lamento de Damián le había recordado que seguía siendo el tercero, ahora y todavía, siempre el mejor, pero siempre el tercero. Yo era quien tenía una historia única con ella, hijo de puta, yo era quien le perdonaba cualquier cosa, yo quien sabía que entre nosotros valía todo, todo, hasta la grotesca burla de su muerte, hasta el precio de la última de sus apuestas, hasta el deseo inextinguible de su cuerpo roto, segado, sin piernas. Cuando su memoria empezó a hacer trampas, para compensarle quizás por esas verdades que nunca lograrían escapar de su garganta seca, quemada, Juan Olmedo se apartó de la escalera. Damián salvó los dos escalones que le faltaban mientras su hermano los bajaba. Allí se cruzaron. Allí podrían haberse cruzado por última vez, aquella noche, si Juan hubiera hecho lo que tenía que hacer, marcharse a su casa, largarse deprisa, corregir al fin, mejor si para siempre, la errónea dirección de sus recuerdos. Pero tenía sed. Había bebido demasiado y aún tenía sed. Quizás nada hubiera sido nunca verdad. Quizás Charo le contaba a Damián todo lo que hacía con él, lo que le decía y lo que él le contestaba, lo que ella preguntaba, lo que él le prometía. Quizás se habrían reído los dos juntos, en la cama, muchas veces, siempre después de que Charo hubiera recompensado el

enésimo perdón conyugal como sabía. ¿Y qué, Juanito?, se dijo, ¿y qué más da todo eso ahora? Y sin embargo algo daba, porque no le daba igual. Tendría que haberse marchado, pero no se fue, porque él podía llegar a ser mucho más violento que su hermano. Sorprendentemente para todos, sorprendentemente para él, seguía siendo el más violento de los dos, y esa violencia ahogada, sepultada, sofocada por la coraza de su voluntad, también formaba parte de su carácter, de su naturaleza. Había bebido mucho, demasiado, pero tenía sed. Se puso una copa, se advirtió a sí mismo que sería la última, y subió la escalera de nuevo, muy despacio. Al llegar arriba, escuchó el ruido de la ducha y volvió a decirse que el mundo siempre habría sido un lugar mucho mejor si su hermano nunca hubiera vivido en él. ¿Todavía estás aquí? ¡Joder, pues sí que te ha dado fuerte esta noche! ¿O no?