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¿O no será más bien que estás borracho perdido, que no te marchas porque no puedes ni dar un paso de lo mamado que estás? No te preocupes, puedo llevarte a casa, si quieres… Si es que tú no deberías beber, Juanito, si no es lo tuyo. Y te voy a decir otra cosa… Bebes demasiado, últimamente. ¡Ja! ¿Qué te parece? Yo también sé echar sermones, no es tan difícil, ¿sabes? Pero es que lo tuyo no es beber, Juan, lo tuyo es ser muy bueno, que es lo que eres tú, muy bueno. ¿Es eso, no? Por eso no me dejas en paz, por eso te pasas la vida dándome por culo, por eso, ¿no? No me mires así, Juanito, a mí no, ya te lo he dicho, no me mires así, que yo lo sé todo y además no me importa una mierda. ¿Quieres una raya? Igual te despeja… El Canario seguía acariciándole la espalda muy despacio, como si no tuviera prisa, como si pudiera esperar su respuesta eternamente. Él le miraba con los ojos muy abiertos y no sabía qué decir, qué camino escoger, cómo negarse sin ofenderle, cómo rechazarle sin perderle para siempre. No le daba miedo. Lo último que querría hacer en el mundo sería ir a un gimnasio con él, pero no le daba miedo, ni asco, ni vergüenza. Le admiraba demasiado para eso. Estaba atónito, absolutamente desconcertado, perplejo, y sin embargo había empezado ya a comprender algunas cosas. El Canario le sonreía con los labios entreabiertos, enseñándole el borde de los dientes, sin saber aún, o tal vez no, quizás sabiendo ya cómo se sentía, y que en aquel momento habría pagado cualquier precio por encontrar una manivela que le consintiera volver atrás, rebobinar la última media hora de su vida, quedarse sentado en su silla cuando el Canario le preguntara si no le apetecía ir a dar una vuelta. No, yo creo que no…, dijo al final, tropezándose con las palabras, confundido con su propia lengua, embarullándolo todo. Lo del gimnasio, pues… que no, no, mejor que no, yo… Vale, chaval, no pasa nada. El Canario le quitó la mano de la espalda después de acariciarle por última vez, de abajo arriba, como con pereza, una nostalgia prematura de amante abandonado, resignado a la ajena costumbre de abandonarle, y volvió a sonreír con una sonrisa que ya no era suya, una convencional cara de circunstancias. No te hagas el simpático, Canario, joder. Juan llegó a pensarlo, pero no lo dijo, no dijo nada mientras volvían andando, más deprisa que antes y escogiendo siempre los atajos, hacia los edificios y las luces, hacia la calle donde les esperaban los amigos del luchador y

su novia de turno, una morena exageradamente tetona que se pintaba un lunar negro justo encima del labio superior, el puto lujo. Ninguno de los dos hablaba, pero el Canario iba canturreando una rumba presidiaria de pájaros que vuelan y perros callejeros, y acompañándose con las palmas de vez en cuando. Hazme un favor, le dijo al final, cuando empezaron a distinguir a lo lejos el luminoso del bar, en voz muy baja, con una expresión mucho más sombría que la letra de aquella canción pesándole en los párpados, no le cuentes a nadie lo de esta noche, ¿vale? No, claro que no, contestó Juan, te lo juro, Canario, a nadie, te lo juro. Dos minutos después, su voz y su cara habían cambiado. No ha habido suerte, proclamó, dándose una palmada en el muslo antes de sentarse, y los demás, que no tenían ni idea de lo que había ido a buscar, se echaron a reír mientras él recuperaba su asiento, agarraba a su novia por el hombro, la apretaba, ay, Canario, joder, que me haces daño, la besaba en la boca. Tómate una caña, Juanito, sólo después de aquella exhibición volvió a mirarle, yo invito… Juan quería marcharse, no tenía ganas de quedarse allí, riendo chistes sin gracia, bebiendo cerveza sin sed, no quería quedarse, pero se quedó, y no se tomó una caña, sino dos, porque había jurado que nunca le iba a contar a nadie lo que había pasado y eso era exactamente lo que iba a hacer. Luego se levantó, tomó el camino de su casa como cualquier otra noche, y echó a andar solo para no ir a ninguna parte. Pasó de largo su portal y siguió andando, la marcha le desaceleró el corazón sólo a costa de ponerle dos lágrimas en el borde de los ojos y él las dejó ir, y sabía que no lloraba de pena, pero no sabía muy bien por qué lloraba, quizás por la paliza que se buscaría el Canario al día siguiente, o porque el mundo estuviera hecho al revés, o por la rabia que le daba todo, todo, de repente. Por una vez, Juan Olmedo le dio la razón a su hermano.

Era verdad que últimamente bebía mucho, demasiado, porque tenía sed, mucha sed, y sediento no lograba reconciliarse con sus recuerdos. La echaba de menos. La echaba tanto, tan intensa, tan desesperadamente de menos, que cada noche, al acostarse, volvía a escuchar su última pregunta, la que le había parecido más, la que había resultado ser la menos retórica de todas. ¿Qué te apuestas a que te arrepientes? Bebía para liberarse de la obligación de contestar, de la obligación de admitir que jamás se lo perdonaría a sí mismo, que jamás podría perdonarse por haberla abandonado. Cuando estaba sobrio, era mucho peor. Cuando estaba sobrio distinguía con precisión la verdad de las mentiras, y las mentiras auténticas de las piadosas, y las mentiras de Charo de sus íntimas mentiras. Se habría matado igual si él no la hubiera dejado unos pocos meses antes. Nada habría cambiado si él la hubiera consentido volver otra vez, llamar al timbre, dejar caer el bolso en el suelo, abalanzarse sobre él, aplastarlo contra un sofá, atarlo con los lazos de su propio placer, de su propia ansiedad, de su propia, y mísera, e irrevocable ruina. Siempre había sabido que Charo era el fracaso, su fracaso, pero nunca había podido caminar en otra dirección. Siempre que ella estaba por medio, el conocimiento se volvía contra él como el peor de sus enemigos, antes y después, entonces, mientras era capaz de enumerar para sí mismo, con la distancia, la lucidez, la sangre fría de cualquier

otro, todos los motivos por los que debería deshacerse de su cuñada cuanto antes, y ahora, cuando la muerte de aquella mujer le mantenía sumido en la añoranza letal, insoportable, de los ritos y los símbolos, el rostro y el cuerpo del fracaso. Nada tenía remedio y nada lo había tenido nunca, jamás, ni al principio ni al final, y cuando estaba sobrio era peor. Por eso bebía tanto, últimamente, por eso y para dejarse caer en la cama cada noche, lloriqueando como un imbécil y al inservible amparo de su calidad, de su elevación, de su superioridad moral. Yo te quería, habría hecho cualquier cosa por ti, porque te quería, más de lo que tú creías, más de lo que te merecías, te quería. Qué idiota. Y sin embargo, cualquier cosa era mejor que aceptar la verdad, que Charo, a su manera cruel, incomprensible, le había sido siempre leal a Damián, que él sólo había sido uno más de sus amantes, el más prohibido, el más secreto, el más duradero pero uno más, que ella sí se había cansado de él, que por eso le había consentido creer que la dejaba, renunciando sin piedad, sin generosidad alguna, a ejercer de nuevo la ferocísima autoridad de su dominio. Pero tampoco estaba seguro de eso.

No estaba seguro de nada, excepto de que tenía sed, y reconocía su sed, y bebía. Pues sí, me la voy a hacer aquí, ¿qué pasa? Ésta es mi casa, ¿o no?, y hago lo que me da la gana, donde me da la gana y cuando me da la gana. Mira, Juan, no sufras, porque me voy enseguida.

Déjame tranquilo dos minutos, no te pido más… ¡Pues porque no me sale de los huevos meterme en el baño para hacerme una raya! Vale, que sí, que no chillo, muy bien, ya no chillo, ¿ves? Y ya sé que la raya es lo de menos, no te jode… A Charito seguro que no le ibas con tantos rollos. Y eso que se ponía hasta el culo, la tía, pero hasta el culo, ¿eh?, hasta el culo.