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Bueno, ¿quieres una o no? No, claro que no, hoy no, hoy vas de Madre Teresa, ya lo he visto, nada más entrar lo he visto, se te nota en la cara, a ti… Seguro que no tenías esa cara cuando le ibas a llorar a mi mujer, ¿no?, cuando la llamabas, y la babeabas, y la pringabas de mocos a ver si se ablandaba, y le dabas pena, y aunque fuera por eso te la podías tirar otra vez… Nunca se lo contó a nadie, nunca, ni siquiera cuando pasó por fin lo que antes o después tenía que pasar. Veinte años más tarde, cuando volvió a verlo en la plaza de Princesa, todavía seguía siendo fiel a aquella promesa que había forjado una amistad extraña y silenciosa, difícil de definir, exclusiva, y sobre todo inquebrantable. Ninguno de los dos volvió a hablar de gimnasios después de aquella noche, pero a partir de entonces pasaron mucho tiempo juntos, solos, callados, paseando o sentados en algún lugar donde ningún conocido pudiera verles, una valla, un banco, un bar de cualquier barrio que no fuera Villaverde. El Canario solía tener la cara magullada y la mirada perdida.

Tiraba piedras contra el horizonte y no se reía cuando le acertaba a un cartel, a una pared, a una papelera. ¿Sabes lo que me gustaría hacer, Juanito?, decía a veces, poner una bomba, una bomba inmensa, la superbomba del copón, y encenderla, y salir corriendo, y taparme los oídos, y oírla explotar de todas formas, ¡bumm! Y a tomar por culo todo, pero todo, todo… Juan asentía con la

cabeza y esperaba a que se le pasara. Luego, su amigo le daba un golpe blando en el hombro, vamos, y volvía a ser el de siempre. Seguía siéndolo pero mayor, más maduro, con el pelo corto y mejor vestido, cuando el doctor Olmedo lo vio salir del cine con un chico muy joven, guapo, alto, moreno, con un aire general de timidez que se deshacía al borde de sus ojos, oscuros y directos, arrebatados incluso por un punto de ferocidad. Él había insistido en invitar a Charo a cenar en el Vips antes de llevarla a su casa, porque aquella noche la había encontrado particularmente ansiosa y le gustaba mantenerla en ese estado. Estaba pendiente de su cuñada, de sus gestos, de sus miradas, de su ansiedad, y sin embargo, le reconoció sin vacilar cuando sus miradas se cruzaron por azar en el tumulto callejero de una noche de primavera. ¡Canario! Él le devolvió una mirada cargada de extrañeza, como si ya no estuviera muy seguro de tener motivos para responder por ese nombre, pero su cara se iluminó en el mismo instante en que echó a andar hacia Juan, con los brazos abiertos. ¡Olmedo! Se abrazaron fuerte, dándose palmadas en la espalda y riendo sin saber por qué. ¡Joder, Juanito, si estás hecho un señor! ¿Qué pasa, Canario, qué haces? Cuánto tiempo, ¿no? Sí, cuánto tiempo…

¿Canario? El chico se había acercado a ellos, les miraba con curiosidad, parecía molesto por no atraer su atención y preguntó de nuevo, como un recurso para lograrlo. ¿Cómo le has llamado? Ya nadie me llama así, ¿sabes?, aclaró el Canario enseguida, ahora soy Amador para todo el mundo. Ya no hace falta tener cojones, ¿eh?, dijo Juan, y él se rió, le cogió por el hombro, empezó a andar con él desentendiéndose de su acompañante, de la acompañante de su amigo, si es por eso, a ti siempre te han sobrado cojones, Juanito, otra cosa no, pero cojones has tenido siempre de sobra, tú… Entraron a tomar una copa en el primer bar que encontraron, ignorando las miradas disuasorias que sus respectivas parejas les dirigieron en vano, y se contaron su vida mutuamente, mientras el chico bostezaba y Charo alternaba escenas de aburrimiento con instantáneos arrebatos de pasión, en los que se pegaba a su cuñado y le decía a la oreja que se marcharan ya, que no aguantaba más.

Pero ninguno de los dos les hizo caso. Se tomaron esa copa y otra más, y así se enteró Juan de que el Canario había hecho la mili con los paracas, y se había reenganchado para acabar convirtiéndose en mecánico, y ahora tenía un taller de coches en el mismo Villaverde, muy cerca de donde los Olmedo vivían antes. Pero no te he visto nunca, ya no vas por allí ¿no? No, qué va, nos mudamos a Estrecho justo antes de que tú te marcharas, ¿no te acuerdas? Claro, y ahora eres médico, pero de verdad…

¡Joder, Juanito ya sabía yo que tú llegarías lejos! Entonces le hizo una seña con la cabeza, justo cuando Charo decidía volver a ir al baño por tercera o cuarta vez. No, no es mi mujer…, confesó Juan, y sonrió, antes de inclinar la cabeza para hacer una confidencia con el acento y la expresión de un conspirador, en realidad es la mujer de mi hermano Damián.

¡Joder, la hostia!, el Canario se reía, ¡si siempre lo he dicho, siempre lo he sabido, que eras la hostia, tú! Cómo me alegro de verte, cómo me alegro, Juanito, tío…

Juan también se alegraba de verlo, y de verlo tan bien, y se lo dijo. El Canario le sacaba algunos años, así que ya debía de estar al borde de los cuarenta, pero tenía un aspecto estupendo, la cara tersa, uniforme, y los ojos limpios, sin rastro de aquella tensa tristeza de antes. Al despedirse se cambiaron los teléfonos, aunque seguramente los dos sabían que no iban a llamarse nunca. Cuídate, Juan, el Canario le besó en las dos mejillas, él le devolvió los besos, se abrazaron otra vez, mantuvieron el abrazo mucho tiempo, ya nos veremos… Se parece a ti, ¿sabes?, le dijo Charo cuando tomaron por fin el camino de su casa. ¿Quién, el Canario? Juan la miró, asombrado. No, él no, el otro… Se parece mucho a ti cuando yo te conocí. ¿En serio? Ella asintió con la cabeza, él sonrió. ¿Le quieres mucho, no?, Juan asintió con la cabeza, porque era verdad que le quería mucho, pues no me habías contado nada… Al detectar una sombra de sospecha en su voz, la miró con más atención, interpretó sus dudas sin esfuerzo y se echó a reír. No me he acostado nunca con él, si es eso lo que estás pensando. Pues entonces no sé qué es lo que puedes tener con ese maricón… No es un maricón. Es un tío de puta madre. Siempre lo ha sido y siempre lo será, hasta que se muera. Por eso le quiero.

Un tío de puta madre maricón, insistió ella, muy maricón, ¿o no? Déjalo, Charo, anda…, replicó Juan, déjalo, o paro un taxi y te vas a tu casa ahora mismo. Ella se dio cuenta de que estaba furioso y no insistió hasta mucho después, cuando su ansiedad se había disuelto ya en una calma plácida. ¿No me lo vas a contar? ¿Qué? Lo del Canario… Juan la acariciaba, no, no te lo voy a contar, ¿por qué?, porque no lo entenderías, y siguió acariciándola mientras se preguntaba cómo podía estar tan enamorado de una mujer con la que no podía compartir una historia como aquélla, y no encontró ninguna respuesta para esa pregunta. Su memoria hacía trampas, le mentía, le engañaba, cooperaba con la blancura elástica del alcohol para fabricar con sus propios ladrillos los muros y los huecos de una lucidez parcial, falsa, selectiva.

Mientras Damián se inclinaba sobre la mesita del descansillo, Juan Olmedo repitió para sí mismo que la raya era lo de menos. Lo de más era la debilidad de Damián, esa manía suya de hablar sin parar, de cruzarse con él, de sobrar en un mundo que sería mucho mejor si nunca hubiera vivido allí. Lo de más era Damián, y siempre había sido Damián, y entonces seguía siendo Damián, mientras hablaba de una mujer a quien Juan no conocía y que sin embargo tenía que ser la Charo verdadera, la auténtica, la que era de Damián y no era suya. Desde la última noche que habían pasado juntos, Juan Olmedo, que nunca había querido pensar en su hermano mientras se acostaba con su mujer, se había preguntado muchas veces qué habría sentido Damián al escuchar la confesión de Charo, qué habría pensado de él, cómo le habría afectado. Y sin embargo estaba seguro de que aquella escena nunca había llegado a representarse, de que Charo no le había contado nunca nada a su marido, de que le había mentido. Damián nunca había dado señales de estar enterado, ni cuando Charo estaba viva ni después de aquella espantosa mañana de abril, nunca hasta aquella noche, cuando mencionó el tema casi de pasada, sin emoción, con desprecio. Juan