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venir al despacho.

Quiero que me firmes una autorización.

Ella no se movió, no dijo nada.

Estaban en la cama, él tendido boca arriba, ella de perfil, la cabeza encajada en

su hombro, rodeándolo simultáneamente con un brazo y una pierna, como si

tuviera miedo de que se escapara.

—Tenemos la oportunidad de hacer un negocio fuera de lo normal, un pelotazo

de puta madre. Es muy limpio, muy seguro, pero para comprar, antes tenemos

que vender.

Entonces Sara se incorporó sobre el codo y le miró. Nunca le había hablado así, y

tampoco antes había necesitado su firma para operar. Por otro lado, la expresión

de su rostro desmentía la euforia de sus palabras. Parecía más que preocupado,

incómodo, miedoso, como un niño pequeño en el trance de confesar un destrozo

que desbordara los márgenes de una simple travesura. Sara se dio cuenta de

repente de lo joven que era. Antes se había fijado ya en que no había hablado

mucho aquella tarde, y en el extremado rigor con el que la había poseído, sin

rastro de las risas, de las bromas de otras veces. Aquella tarde, Rafa no tenía

ganas de jugar, pero ella no podía sospechar las razones de una seriedad tan

repentina.

—¿Cuánto?

—La mitad.

—Ni hablar –Sara se incorporó de repente, se sentó en el borde de la cama, cogió

su blusa, empezó a vestirse–. Te lo he dicho muchas veces, Rafa. No quiero

aventuras.

No me compensan, no merecen la pena.

—No sabes lo que dices –él también se incorporó, se quedó sentado contra el

cabecero de la cama, siguió hablando en un tono seco, tajante, que no había

usado nunca para dirigirse a ella–. No tienes ni idea. No has visto en tu vida algo

que te compense más, que merezca más la pena que esto. Escúchame, por favor.

El jueves por la mañana, cuatro personas van a comprar un terreno inmenso,

hectáreas y más hectáreas en tres provincias distintas. Tú vas a ser una de esas

personas. Y la semana que viene vas a venderle tu parte al Ministerio de Defensa

por un precio mucho más alto que el que has pagado. Van a construir allí una

base aérea. Todo está arreglado.

No es ninguna aventura, no implica ningún riesgo. Te vas a forrar de un día para

otro, y sin darte cuenta. Eso es todo. No puedes decir que no.

—Pero… No entiendo nada –y sin embargo, luego, cuando ya no pudiera seguir

refugiándose en su ignorancia, tendría que admitir ante sí misma que en aquel

instante ya había empezado a entender, porque adivinó sin ningún margen de

error la respuesta a la pregunta que hizo a continuación–. ¿Tú eres otra de esas

cuatro personas?

—No, yo no tengo tanta suerte.

Era tan listo, tan astuto, estaba tan acostumbrado a seducir a la suerte, a ponerla

de rodillas, a verla tumbada a sus pies, que Sara sintió el impulso de abandonar

en aquel punto, terminar de vestirse, decirle que sí a todo, advertirle tal vez,

desde la puerta, que hiciera lo que le pareciera mejor, insistir en que no quería

saber nada. Él se lo habría agradecido, estaba segura, pero ya no podía hacerlo,

prolongar la temperatura de su sueño, esa heroica ilusión de los fusiles que se

desvanecía deprisa en los perfiles blandos, inocuos, de una simple pistola de

juguete.

—¿Y entonces?

—¿Entonces? –repitió él con ironía, poco dispuesto a dar facilidades, y ella, que ya

conocía la respuesta, no pudo evitar que su voz temblara al pronunciar el nombre

que ambos habían esquivado siempre por igual, y con el mismo cuidado.

—¿Vicente?

—Claro –y se dejó caer sobre la cama, como si se hubiera aflojado por dentro–.

Te va a ceder más de la mitad de su parte. Opina que vamos demasiado

despacio. Tu madrina es muy mayor, se puede morir en cualquier momento. Y,

por mucho que te prometa ahora, al final no vas a heredar una mierda. Eso es lo

que él dice siempre, y yo creo que tiene razón. Los dos conocemos muy bien a

esa gente. Al fin y al cabo, nosotros… Bueno, ya sabes.

Total, que él opina que vamos demasiado despacio.

—¿Opina? ¿Pero qué sabe él de todo esto? ¿Por qué no me has dicho nada? No

entiendo…

—¡Por el amor de Dios, Sara!

–ahora era Rafa quien parecía sorprendido, quien la miraba sin comprender–. No

me digas que no lo sabías, que no te lo imaginabas, por lo menos… No me puedo

creer que seas tan ingenua. Yo soy bueno en lo mío, hasta muy bueno, pero no

soy la Virgen de Lourdes. No puedo hacer milagros solo. Nunca habría podido

llegar tan lejos sin ayuda.

—¿Ayuda? –se daba cuenta de que no conseguía explicarse, de que apenas

lograba repetir la última palabra que escuchaba, igual que si estuviera

aprendiendo a hablar una lengua extranjera, pero era exactamente así como se

sentía, anulada, bloqueada, superada por unos acontecimientos que desbordaban

el alcance de todas sus intuiciones.

—Información privilegiada.

Una llamada de teléfono de vez en cuando. Compra esto, vende aquello, haz lo

que yo te diga… Él lo sabe todo. Está en un puesto que le permite saberlo todo.

—Y ha estado detrás de ti…

–Rafa asintió con la cabeza–, desde el principio. Lo ha sabido todo, siempre. –Él

volvió a asentir–. ¿Y por qué? ¿Eso no te lo ha dicho?

Él no quiso contestar. Ella acabó de vestirse, se puso los zapatos, fue a la cocina,

se sirvió una copa, se la bebió de un trago, rellenó el vaso, encendió un cigarrillo,

todo era igual, siempre igual, todo, desde el principio, cada episodio de su vida

estaba escrito, cada decisión suya había sido ya tomada por otros, tendría que

estar contenta, satisfecha, por una vez el tren que respiraba en su nuca no

pretendía arrollarla, sino montarla encima, hacerla correr más, ir más deprisa, y

sin embargo se sentía perdida, derrotada, manejada por el único hombre al que

había amado, por el que lo habría dado todo, por el que habría hecho cualquier

cosa. Vicente había vuelto a entrar en su vida por la puerta de atrás para robarle

la venganza, su venganza, esa pasión pura, inmaculada, que se había deshecho

en un charco de agua sucia, como la nieve pisoteada sobre las aceras de las

ciudades. Tendría que estar contenta, sentirse segura, amparada por la sombra

todopoderosa del único hombre que la había amado, que se comportaba como si

siguiera amándola todavía, sabía que él sólo vería las cosas de esa manera, que

estaría convencido de haber hecho lo mejor que podía hacer por ella, que se

complacería en su magnanimidad, en su nobleza, en la aristocrática humildad de

quien hace el bien ocultamente, sin proclamarlo, sin extraer ventajas siquiera

simbólicas de su superioridad, sin tomarse la molestia de informar a su

beneficiaria, esa insignificante criatura cuya curiosidad sólo podría malograr la meticulosa previsión de su fortuna, de que había decidido convertirse en su benefactor, celebrar una fabulosa fiesta de cumpleaños en su honor, prestarle un collar de perlas, forrar con seda amarilla un par de zapatos nuevos. Pero Sara ya no quería padres adoptivos, otros apellidos, un dormitorio nuevo con el suelo perfectamente nivelado y muebles de su tamaño. Habían vencido ya todos los plazos. Ella había vivido sola su historia, y había planeado sola su final, ese final feliz que su vida iba a compartir con las de los protagonistas de todos los cuentos que no le gustaba escuchar cuando era pequeña. Nunca había deseado otro personaje, otro narrador, otra voz serena y generosa que se hubiera alimentado una vez de los besos de los príncipes y las princesas que jamás visitaron el borde de su cama de niña sola, las manos vacías y ninguna casa a la que volver. Si lo hubiera sabido a tiempo, jamás lo habría consentido, porque para ella no tenía valor la cantidad, sólo la calidad de su ambición, porque su venganza no se medía en cifras, sino en horas, en imágenes, en recuerdos.