Eso era lo que Vicente nunca podría entender. Lo que seguramente sí habría previsto desde el principio, sin embargo, era lo que estaba sucediendo en aquel instante.
Arcadio Gómez Gómez miraba a su hija pequeña desde el fondo de la copa de coñac, y parecía sereno, como si nada pudiera sorprenderle ya. Mala suerte, decía, mala suerte, en otros países, en otras épocas, las cosas han sido distintas. Mientras su rostro y sus palabras bajaban despacio por su garganta, Sara sintió un deseo tremendo de llegar a ser capaz de odiar a Vicente, aunque no se lo mereciera, aunque nadie lo entendiera, aunque nunca llegara a conocer las palabras precisas para describir su rencor, que no era ingratitud, que no era insensatez, que no era arrogancia. Pero no lograría odiarle jamás. Había tenido siempre tan pocas cosas que nunca había aprendido a despedirse de ninguna. Todas las historias verdaderas se parecen, todos los finales desembocan en el mismo final, todos los cuentos en la misma mentira, no importa el número de pares de zapatos que duerman en el suelo del armario, que las guerras sean ficticias o reales, que el nombre de las calles parezca una frontera. Cuando volvió al dormitorio, lo que había vivido y lo que le quedaba por vivir eran ya la misma cosa, y la aburrían. Rafa seguía en la cama, la vio llegar, sentarse a su lado.
—Cuando empezó todo esto, Vicente me puso dos condiciones. La primera fue que no utilizara la información que me iba a pasar para ti con ningún otro cliente. A cambio, él me daría alguna pista para mí mismo sobre inversiones distintas a las tuyas. La segunda fue que no te dijera nada. Todos los lunes, a las nueve de la mañana, le envío un fax con el resumen de tus cuentas. A partir de ahí, algunas veces decide él, y por supuesto acierta siempre. No quería que lo supieras, pero yo no me atrevo a hacer esto sin contártelo antes. Se lo dije, que no podía inventarme un origen casual para una venta tan gorda, ni para justificar este volumen de beneficios. Él lo comprendió. Sara apagó el cigarrillo, se tumbó en la cama, le miró, y de repente tuvo ganas de
abrazarle de otra manera, de besarle de otra manera, como una vieja tía besaría
a su sobrino desocupado y simpático al descubrir de golpe que es un impostor.
—Yo creo que él siempre ha estado enamorado de ti, Sara.
—No digas tonterías.
Y entonces se echó a llorar, y lloró durante mucho tiempo, compulsivamente al
principio, como si quisiera ahogarse en su propio llanto, con una mansedumbre
distinta más tarde, cuando las lágrimas empezaron a anestesiarla, a consolarla, a
hacerle compañía, mientras su amante, desbordado por aquella explosión, una
tristeza que nunca podría entender, la abrazaba a su vez, y la besaba, con gestos
de hermano mayor y una mirada opaca, desconcertada, que parecía presentir que
nunca volverían a estar juntos en una cama.
—¿Quieres que vaya yo a comprar tu parte y luego a venderla en tu nombre? –le
preguntó cuando consiguió calmarse.
Sara negó con la cabeza. Ya no tenía sentido intentar escapar, seguir corriendo,
salirse de la fila, asaltar los fortines. Estaba agotada, exhausta, y todo le daba
igual. Su padre la perdonaría. Él siempre había sido muy comprensivo con los que
sabían, con los que mandaban, con los que habían estudiado. Aquella mañana se
volvió a poner la falda de encaje y la chaqueta blanca con vivos negros que había
estrenado tres años antes, cuando aún creía que tenía una oportunidad de
estrenarlo todo.
Volvía a ser demasiado elegante para ir a una notaría pero no le importaba
provocar comentarios.
Sus tacones resonaron con energía en el pasillo desierto. Cuando abrió la puerta
del despacho donde la estaban esperando, se encontró con media docena de
hombres parecidos, todos muy elegantes, ninguno tanto como ella. A algunos los
conocía ya, aunque le costó trabajo reconocerlos, a otros no los había visto en su
vida, pero todos ellos la estudiaron con idéntica curiosidad mientras la saludaban.
Sara se dio cuenta de que se estaban preguntando si de verdad valdría el precio
que Vicente iba a pagar por ella. Él, en cambio, parecía no tener dudas.
—Estás espléndida, Sara –susurró en su dirección, cuando ella ocupó una silla
libre, a su lado–.
Digan lo que digan, los amantes jóvenes rejuvenecen mucho más a las mujeres
que a los hombres.
—Puede ser.
En ese momento, entró el notario. Mientras hablaba, y leía, y volvía a hablar, y
hacía circular documentos alrededor de la mesa para que los firmaran todos los
interesados, él siguió mirándola con el rabillo del ojo, la cabeza baja, la mano
derecha dibujando círculos y rayas en un papel en blanco, un nerviosismo poco
frecuente en él, el desconcierto que le inspiraba una mujer distinta a la que
esperaba encontrar.
—¿Y mi propuesta no la vas a considerar? –le preguntó después de firmar,
mientras le pasaba la escritura y el bolígrafo.
—Sí –contestó ella, entregándoselo todo al comprador siguiente con una sonrisa,
y sólo después le miró–. Ahora sí. Ahora ya puedo considerarla.
Habría preferido otra derrota, un reencuentro ácido o insípido, que su memoria le
sacara la lengua, que su conciencia la escupiera en la cara, que su piel se
desconociera en cada pliegue, en cada mancha, en cada arruga de otra piel que
había dejado de ser joven, pero fue una victoria, y fue peor. Ella no era una mujer
como las demás, y por eso aquel amante mayor la rejuveneció mucho más que
ningún otro.
Aquella tarde, como antes, como después, los brazos de Vicente fueron todos los
brazos, y el placer, idéntico al de aquellos tiempos en los que todavía tenía
esperanzas, y la desesperanza, tan sucia como entonces. Sólo el dolor cambió
para hacerse más ancho, más sordo, más constante, sin la afilada agudeza de las
heridas abiertas que se cierran y desaparecen. La herida no se abrió, pero siguió
latiendo desde los bordes de sus costuras mal cosidas. Ella habría preferido una
derrota, pero desde que lo apartó de su vida, hacía más de once años, no había
vuelto a desear a un hombre como lo deseó a él aquella tarde, no había vuelto a
recibir, ni a dar tanto, y sin embargo, la antigua certeza de que siempre había
querido tener un novio como aquél ya no bastaba.
Habría preferido una derrota, o abandonarse del todo a su victoria, contarse una
historia diferente, el trémulo epílogo de una pasión romántica, una llama
constante que nunca se apaga, un amor más poderoso que el tiempo, que el
dinero, que el poder. Tal vez así habría tenido una oportunidad, tal vez la última
de su vida, pero ni siquiera lo intentó, y él se dio cuenta.
—Cómo me desprecias, ¿eh, compañera?
Ella le acarició la cara, le besó en los labios, intentó sonreír.
—Menos que a mí, Vicente –le dijo, después de un rato–. Pero yo nunca voy a
volver a trabajar en el Pryca de El Pinar, ¿sabes? Nunca volveré allí, pase lo que
pase.
Y eso te lo debo a ti, y te lo agradezco.
No era lo que él quería oír, y por eso se tomó algún tiempo antes de continuar.
—Las cosas se hacen así, Sara. Esto no es nuevo. Es feo, es odioso, es injusto,
todo eso lo sé, pero nuevo no es, y no tiene remedio. Nunca va a cambiar. Tú
siempre has estado en el lado de los que pierden. Ya es hora de que cambies de
bando.
Entonces le estrechó con más fuerza, se aferró a él como un náufrago abraza a su
tabla, pegó su cara a la suya, intentó respirarle, absorberle, adherirse a él. Quizás
nunca le había querido tanto.
—No entiendes nada, Vicente –le dijo entonces–. Nada. Pero ni siquiera es culpa