Выбрать главу

se opuso, es que estaba viendo la televisión, explicó como un tonto, puedes seguir viéndola luego, respondió él, no vamos a tardar mucho… Entonces fue a por la cazadora y se dijo que, total, lo mismo daba, porque si no era Juan sería otro, su madre, Sara, la tutora de su curso, el director del colegio, y ya no podía más, estaba muy cansado, aburrido de andar todo el día de un lado para otro, de perder el tiempo con los pies destrozados y la mente ausente, secuestrada por unas pocas palabras, unas pocas imágenes, unos pocos detalles que no quería ordenar, pero que se colocaban por su cuenta, unos detrás de otros, para dividirle entre el deseo de olvidarlos y una necesidad enfermiza, insensata, de barajarlos una y otra vez para complacerse en su propia y hondísima miseria. El amante de su madre seguía mirándole y aún parecía tranquilo, esperando. La pondrá a fregar el suelo de rodillas, ¿no? Andrés no quiso pensarlo más.

Cuando habló, su voz le sonó hueca, extraña, tan ajena como la voz de cualquier otro.

—Fui yo –dijo primero, y se detuvo. Juan Olmedo asintió con la cabeza muy despacio pero sin mover un solo músculo de la cara, como si no estuviera dispuesto a dejarse sorprender, a escandalizarse por su confesión o a condenarle tan deprisa–. Yo se lo conté todo a mi padre.

Yo soy tu padre, y tú eres mi hijo, ¿no?, eso no puede cambiar, nada puede cambiar eso… La primera vez no se atrevió a decírselo.

La primera vez, él ni siquiera sabía que había venido desde Chipiona para verle. Fue su abuela quien le llamó por teléfono, ¿por qué no vienes a mi casa a merendar?, le había dicho, tengo una sorpresa para ti… Él creía que era la bicicleta, se la había prometido muchas veces, desde enero, su madre se enfadaba con él cada vez que le oía, ¿para qué quieres una bici nueva, a ver, para qué, si la que tienes va bien? Cuando se te rompa, ya te compraré yo otra, no hace ninguna falta que vayas mendigándola por ahí… Pero su madre ya no pensaba más que en ahorrar, y nunca había entendido ciertas cosas. Él tampoco entendió nada cuando se encontró a su padre en el cuarto de estar de la casa de su abuela, los dos tan sonrientes, tan contentos como si tuvieran algún motivo para creer que se iba a alegrar de verles. ¿Y la bici?, se atrevió a preguntar, de todas formas. ¿Qué bici ni qué bici?, le había dicho ella, levantándose para darle un abrazo, ¡si está aquí tu padre! ¿No te alegras de verle? Le querrás más que a una bici, vamos, digo yo… Pues no, pensó él, por supuesto que no, pero no lo dijo. Si se sentó a su lado y aceptó un batido de chocolate, fue porque no tenía escapatoria. Habían pasado más de dos meses desde que lo vio por última vez, aquella tarde que fue a la papelería técnica con Tamara, y no estaba muy seguro de haber estado nunca con él más tiempo del que pasaron juntos aquella vez, ni de haber intercambiado en ninguna otra ocasión más palabras que entonces, cuando dijo las justas para avergonzarle ante su amiga y ante sí mismo, que siempre, desde siempre, había querido a distancia a un hombre que era él y era distinto, la versión secreta y escondida de su padre que su propio padre se había encargado de destrozar en público y de un plumazo. —Él… Yo… Él me dijo que me echaba de menos, que todo iba a cambiar…

Eso tampoco se atrevió a decírselo la primera vez. Pero cuando su abuela dejó de contarle lo bien que iba en el colegio, se sacó la cartera del bolsillo y empezó a hurgar en su interior. Andrés creía que buscaba dinero, y le extrañó, porque nunca le había dado una peseta, pero lo que le enseñó le sorprendió mucho más. Era una fotografía oblonga, con las esquinas redondas, recortadas a mano como las de una estampa para hacerla encajar en algún envoltorio que había desgastado ya los bordes, revelando la carne grisácea del papel donde terminaban los colores, oscuros y no demasiado nítidos. No era una buena foto. El flash no había saltado, o no había alcanzado a iluminar del todo el rincón donde su padre posaba con un bulto blanco entre las manos. ¿A que nunca la habías visto? Él negó con la cabeza. No, jamás la había visto, ni siquiera sabía dónde la habían hecho, no reconocía los muebles, ni la abierta sonrisa de su padre, ni las ropas de su madre, que posaba junto a su marido, más gorda que nunca, feliz y jovencísima. Éste eres tú, dijo él entonces, señalando el bulto blanco, un envoltorio de lana del que asomaba una miniatura de cabeza muy redonda, tenías una semana, ¿qué te parece?

Andrés cogió la foto y se levantó, se acercó a la ventana como si quisiera verla mejor, la estudió un momento, sintió que un hueco grande y enemigo ocupaba de golpe el lugar de su estómago. Yo presumo mucho de ti, no creas, dijo él entonces, y eso que no sabía que eras tan listo. Como tu madre nunca me llama ni me cuenta nada… Tengo más, añadió cuando él volvió a su lado y se la devolvió sin palabras, si quieres te las traigo otro día, para que las veas. En una estamos los dos juntos, en la playa, jugando al fútbol, tú tendrías… dos años o por ahí, y en otra te llevo yo a caballo, por el ferial, ésa es la que más me gusta, ya verás…

Él dijo que sí con la cabeza sin saber muy bien por qué lo hacía, sólo por ganar tiempo o quizás porque de verdad quería verlas, comprobar que era cierto lo que había oído contar a su madre tantas veces, que él iba a buscarle de vez en cuando al principio, cuando todavía vivía en el pueblo, que se lo llevaba a comer a casa de su otra abuela, o de sus tíos, que le compraba regalos, que jugaba con él. Él no se acordaba, no podía acordarse, sólo tenía memoria para la ausencia, la extrañeza de unos ojos que le pasaban por encima sin reconocerle, o que le reconocían un instante antes de mirar para otro lado. Aquella tarde, su memoria aún funcionaba bien y sin embargo necesitaba ver esas fotos, saber más de él, cosas distintas de las que había aprendido, pero ni siquiera eso logró que se sintiera más cómodo a su lado. Bueno, me tengo que ir, dijo después de un rato, me están esperando mis amigos… Claro, él no se quejó, pero antes vamos a quedar para vernos otro día, ¿te parece? Yo creo que esas notas que has sacado se merecen algún premio…

—Me regaló una bici nueva, una bici buenísima, yo… Nunca me había regalado nada. Me habló mucho de antes, de cuando mi madre y él eran novios, de cuando yo era pequeño, de cuando vivíamos todos juntos. Mamá nunca me había contado esas cosas, y sonaban muy bien, y además, no sé… –levantó la cabeza, Juan Olmedo seguía mirándole con la misma expresión serena, tranquila, que tenía

desde el principio–. Él era mi padre, ¿no? Es mi padre.

Era tan bonita, tan ligera, brillaba al sol como si fuera de plata y corría tanto como la flecha dorada, vibrante, que tenía pintada en el travesaño. ¿Te gusta?, le preguntó él, y luego se echó a reír, como si la vehemencia con la que su hijo había movido la cabeza bastara para hacerle feliz. Pues ésta también es mía, para que veas, aunque está nueva, ¿eh?, nuevecita, me la regaló mi novia por mi cumpleaños, hace diez días, casi no la he usado antes de cogerla para venir desde Chipiona hasta aquí… Yo quería una moto, la verdad, pero ella dice que no se fía de mí, que con una moto me abro la cabeza cualquier día, y que además es mucho más cara, y como sabe que a mí me gusta mucho hacer deporte… Pero al final me alegro, ¿sabes?, porque así te la puedo cambiar por la vieja, ¿qué me dices? Era tan bonita, tan ligera, brillaba al sol como si fuera de plata, él no deseaba nada, ni siquiera podía concebir que algún día llegara a desear nada en el mundo como aquella bicicleta, estaba tan contento que la dejó apoyada contra un árbol, y fue hacia él, y se colgó de su cuello con los dos brazos. Gracias, papá, le dijo. Su madre le había contado que aquélla fue la primera palabra que aprendió, pero en aquel instante él no se acordó de eso, ni se dio cuenta de que era la primera vez que la usaba desde que tenía memoria. Entonces su padre le besó, y Andrés tampoco se acordó de recordar que no le había besado nunca antes. Aquel día no ocurrió nada más. La bicicleta era demasiado bonita, demasiado potente, y rápida, y ligera, y plateada, como para que su flamante propietario pudiera prestar atención a ninguna otra cosa. Los dos montaron en ella, se turnaron para probarla en el improvisado circuito de una plaza desierta a la hora de la siesta, celebraron una especie de competición contra reloj para comprobar el rendimiento de cada marcha, se lo pasaron bien, se divirtieron como Andrés nunca se había divertido con su madre, no exactamente más, pero sí de una manera distinta, según las reglas de un juego en el que sólo participan los hijos y los padres, dos etapas sucesivas de una misma experiencia. Sin embargo, cuando se despidieron, él se atrevió a arriesgar algo más. Me habría gustado comprarte una bici nueva, le dijo, nueva de verdad, que los dos hubiéramos ido juntos a una tienda a elegirla y eso, pero no tengo un duro, ¿sabes?