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—Él me dijo que era mi padre, y que yo era su hijo, y que eso no podría cambiar nunca, y yo…

Yo le creí. Me dijo que quería esperarla a la salida del trabajo, hablar con ella para convencerla, y yo… Yo soy su hijo, y él es mi padre, los dos nos llamamos igual, el mismo nombre y el mismo apellido, nada puede cambiar eso, nada, eso decía él… Juan Olmedo seguía mirándole igual que antes, pero Andrés ya no le veía, no distinguía siquiera el caudal, el color de sus propias lágrimas, porque estaba atrapado en una mancha roja, intensa, oscura, más espesa que el llanto, más difícil de tragar que la vergüenza, y hablaba sin saber lo que decía, encadenado a la repetición de esa idea sola, la verdad traidora que lo había aniquilado por completo y ni siquiera después había dejado de ser verdad–. Es todo culpa mía, ha sido todo culpa mía, pero él es mi padre, y yo soy su hijo, y él lo decía, y decía que eso nunca podría cambiar…

—Pero no es verdad, Andrés –Juan habló por primera vez en mucho tiempo y el sonido de su voz, que parecía llegar de un lugar distinto, le arrancó de la lógica de la repetición, le hizo dudar de las palabras que pronunciaba, consiguió que se tambaleara por dentro–. Tú no eres el culpable, no puedes serlo. Tienes doce años y te han engañado, nada más. Te has dejado engañar por un extraño, y eso es muy normal a tu edad. Los nombres y los apellidos son sólo una casualidad. El único padre que has tenido tú es tu madre. —Eso no vale.

—Claro que vale –el tono de su voz, pausado, suave, no había cambiado–. Eso es lo único que cuenta.

Él ya no pudo contestar. Se derrumbó sobre la mesa, se agarró la cabeza con las manos y se echó a llorar. Hacía mucho tiempo que no lloraba así, para cansarse,

para vaciarse, para hartarse de llanto, ni siquiera aquella tarde de septiembre, cuando estaba pendiente del reloj, diciéndose que debería irse ya si no quería llegar tarde a la cita con su padre, y vio llegar a Jesús a la piscina con la cara blanca como un papel, y le oyó decir que su madre se había puesto muy mala de repente y que Juan la había llevado al hospital.

No pudo resistir verla en aquella cama, desnuda y tan pálida, con todos aquellos tubos, aquellas máquinas que le hacían parecer más pequeña, más sola aún, y su sonrisa intacta mientras le abría los brazos, pero ni siquiera entonces lloró todas sus lágrimas. El llanto de la culpa, de la traición, se le había quedado dentro, y le acompañó durante muchas tardes, cuando se marchaba de casa de Sara para irse en la bicicleta a buscarle, y durante todas las noches, y aquella mañana en la que se enteró de que ya lo habían encontrado, de que lo habían detenido, de que estaba en la cárcel, y tiró la bici en un contenedor. No habría sabido qué decirle si hubiera logrado dar con él, mirarle a los ojos, escuchar su voz. No supo qué decir cuando volvió a ver a su abuela, más delgada, más encorvada que antes y con la cara sin pintar, mientras ella le abrazaba en plena calle. No sabía qué decir, no sabía qué pensar, qué hacer, adónde ir durante todas las horas de esas mañanas y esas tardes que perdía vagando por el pueblo, mientras esperaba a que sus pies reaccionaran por él, y que el dolor del día anterior, y del anterior a aquél, y del otro, resucitara poco a poco, imponiéndose a las agujetas para acumularse con el que iba naciendo en cada paso, hasta agarrotar sus talones, sus dedos, sus plantas, y convertirse en la única compañía que estaba dispuesto a tolerar. De vez en cuando, le pegaba un rodillazo a un banco, un puñetazo a una papelera, y entonces le dolían también las manos, las rodillas, y eso estaba bien, él sentía que estaba bien, y seguía andando. Quería estar solo, necesitaba estar solo, ser distinto del que era antes, y sólo ante ella fingía los gestos y los ritos de una normalidad lejanísima, que podía recordar pero que ya no reconocía, como si fuera un vestigio de la vida de otro, días vividos en sueños, en otra época o en otro mundo. Ella también fingía, se comportaba como si no se diera cuenta, le veía comer sin ganas, sentarse delante del televisor y mirar al techo, sonreír a destiempo y siempre de más, disimulando el rígido crujido que retumbaba dentro de su cabeza cuando obligaba a sus labios a curvarse, y nunca preguntaba, no le decía nada. Septiembre había sido el mes más largo de su vida y el más corto también. Octubre estaba a punto de terminar y se le había hecho eterno, y no había durado más de tres o cuatro días, sin embargo. El tiempo se estiraba y se comprimía a su alrededor, como si cada segundo fuera un mosquito suicida, dispuesto a inmolarse con la garantía del incontable número de sus semejantes. Él sentía los picotazos, los mordiscos del tiempo, señales de permanencia de la parálisis que había nacido de su propia y voluntaria inmovilidad, pero ni siquiera eso le animaba a moverse. Si hubiera tenido cuatro, cinco años más, se habría marchado lo más lejos posible y para siempre. Como no podía hacerlo, se había dejado llevar por una lógica perversa que establecía todo lo contrario, y no había dado un paso en ninguna dirección. Hasta que Juan Olmedo llamó al timbre de su casa, aquella tarde, y le llevó en coche hasta la playa más alejada del centro del

pueblo, y le invitó a una coca–cola, sólo para darle una oportunidad de hablar, sin saber si al final se alegraría o se arrepentiría de haberlo hecho. Cuando se hartó de llorar, no lo había descubierto aún. Tenía los ojos hinchados, las mejillas embotadas, una desagradable sensación de pesadez en la garganta, y los labios inflamados, la lengua líquida, gruesa. Era casi de noche, y la luz artificial, débil, amarillenta, misteriosamente consciente del ruido del océano, parecía sumergirles en un pequeño mar interior, una pecera llena de agua estancada a punto de navegar a la deriva, de ceder a la avidez codiciosa de las olas que se vengaban con un estrépito infernal del destino que las condenaba a nacer para destruirse.

—Él es mi padre –insistió por última vez con una voz diferente, mansa, adormecida–, y yo soy su hijo, y eso está claro, es verdad… Es verdad, digas tú lo que digas. Y sin embargo, nosotros…

Tú, Sara, yo, mi madre… Yo no sé lo que somos –hizo una pausa, le miró, comprobó que él seguía mirándole–. Eso es lo que pasa, que no sé lo que somos. —No importa lo que seamos, Andrés –Juan hablaba con tanta seguridad como si llevara toda su vida preparando aquella respuesta–. Lo que importa es cómo estemos.

Y estamos bien. Y vamos a seguir estando bien. Eso es lo único que importa. Ninguno de los dos quiso hablar en el viaje de vuelta. Cuando el coche se detuvo en la puerta de su casa, Andrés bajó sin despedirse, y luego se dio cuenta, y antes de cerrar la puerta le dijo adiós, y le dio las gracias. Estaba muy cansado, muerto de cansancio, se sentía incapaz de mover las piernas, de mover las manos, de volver a hablar. Sin embargo, su llave entró en la cerradura sin quejarse y obedeció a sus dedos dócilmente, y dentro hacía calor, y olía a comida, y su madre le saludó desde la cocina con la voz distraída, cantarina, que brotaba sola de su garganta siempre que estaba ocupada. Andrés fue hacia ella, la encontró haciendo pisto, la abrazó, apretó la cabeza contra su delantal, y se lo contó todo.

Cuando el oso Perico murió destripado a manos de su mejor amigo, eran las cuatro y media de la mañana. Tras consumar el crimen, Alfonso Olmedo tiró al suelo su piel desmochada y sucia, arrugada como un trapo, y salió corriendo. Su hermano Juan estaba demasiado asustado, demasiado aturdido, demasiado borracho como para pensar en orden y en la dirección correcta. Sus reflejos, menos embotados por el alcohol que por la memoria, no atinaban a coordinarse, y por eso permaneció inmóvil durante un buen rato junto al cadáver de Damián, sin acabar de decidir a cuál de los impulsos que competían dentro de sí debería dar prioridad. Siempre había estado preocupado por Alfonso. No recordaba ni un solo momento de su vida en el que su preocupación por él hubiera llegado a desaparecer del todo bajo el peso de reclamaciones más urgentes, y sin embargo, como suele ocurrirle a los padres con sus hijos pequeños, ese celo constante había adquirido ya, muchos años antes, el