Pero así, exactamente así, era ella. Nunca he conocido a nadie que se le pareciera, ni en lo mejor ni en lo peor. Y desde siempre, desde que tenía catorce años, que fue cuando yo la conocí, estaba acostumbrada a que los hombres, los chicos entonces, zumbaran a su alrededor. Sin embargo, jamás llegóa estar satisfecha con lo que tenía, ni en aquella época ni después. Era como una condena, como un lastre, como una enfermedad de la que nunca logró curarse. No sabía disfrutar de las cosas, no era capaz de apreciar su valor, de extraer placer o alegría de los objetos, de los lugares, de las personas. Cuando conseguía algo, lo dejaba caer y salía corriendo detrás de un objetivo más difícil de alcanzar, y si actuaba así no era porque todo le pareciera indigno de ella, sino más bien por lo contrario. Era una enemiga feroz de sí misma, tenía una personalidad muy
autodestructiva. Le explico todo esto para que comprenda los motivos que
pudieron llevar a Charo a relacionarse con su marido.
Estoy convencido de que ella nunca intentó quitárselo, sino sólo complicarse la
vida un poco más, estar más insatisfecha aún consigo misma, tener un nuevo
motivo para seguir corriendo. Y seguramente, si no hubieran tenido el accidente,
su marido habría salido huyendo a la primera oportunidad. Estar al lado de Charo
era muy difícil. Mucho.
Eso lo sé porque la conocía muy bien, mucho mejor que mi hermano, pero ni
siquiera yo llegué jamás a entenderla del todo… La verdad es que nunca he
llegado a saber quién era en realidad. Por eso, lo que tendría que hacer usted es
olvidarla.
Un año y medio después, a la señora Ruiz le había resultado más fácil empezar a bailar sobre la tumba de su marido que olvidarse de Charo, pero Juan Olmedo se alegró por ella de todas formas.
Nunca había vuelto a ver a aquella mujer, que sin embargo le escribía de vez en cuando para informarle de los amargos progresos de su investigación, el ritmo al que estaba logrando reconstruir la larga y fecunda trayectoria adúltera de su marido. Susana Mendoza recuperósu nombre de soltera cuando eligió el odio, y aunque nunca llegó a contestar a ninguna de sus cartas, Juan comprendió su elección, porque odiar es más fácil. Por eso, en su último mensaje, el que llegó hasta Jerez, se despedía de él en el umbral de un nuevo principio. Había conocido a un hombre de cincuenta años, divorciado, con hijos mayores y ganas de complicarse la vida, y se había encontrado de repente tan repleta de fuerzas que estaban veraneando todos juntos en el chalet de Galapagar, la misma casa que se había prometido no volver a pisar después del 24 de abril de 1999. Mientras conducía desde Jerez hasta El Puerto, Juan se felicitó a sí mismo por haber resistido la tentación de romper en pedazos un sobre que parecía llegar desde el pasado, antes de leer la carta en la que aquella extraña, a quien el destino había convertido en una especie de doble de sí mismo, parecía asegurarle entre líneas que el futuro también era un lugar para vivir. Alfonso estaba esperándole en el vestíbulo del centro, tranquilo y recién peinado, con otros tres compañeros, dos de ellos más jóvenes que él, el menor casi un niño. Juan le estudió un momento a través de la cristalera, antes de entrar, y no llegó a arriesgar ninguna conclusión, pero su hermano, que le recibió con una jubilosa carrera y un abrazo, reaccionó bastante bien. La monitora de su clase le confirmó enseguida que Alfonso había mostrado al principio una recelosa y elaborada timidez, actitud por otra parte muy comprensible teniendo en cuenta que tanto el sistema como el ambiente eran nuevos para él, pero que ni siquiera eso le había impedido interesarse por las actividades de los demás y apuntar una buena capacidad de relación y de participación. Juan estaba lo suficientemente familiarizado con aquella terminología como para quedarse tranquilo, al menos, con respecto a la ausenciade impulsos violentos, la amenaza más temible de
cualquier fase de adaptación, y respiró, aceptando sin condiciones la pequeña
tregua que parecía ofrecerle el destino.
—Te lo has pasado bien, ¿no?
–se atrevió incluso a preguntarle a su hermano mientras caminaban hacia el
coche.
—Sí –admitió Alfonso–. Pero mañana no vengo, ¿eh? Hoy sí, pero mañana no,
porque ya he venido hoy, y entonces, pues no hace falta.
—Bueno –Juan sonrió, porque ya contaba con la complicada simpleza de aquellos
cálculos–, mañana es sábado y pasado mañana domingo, así que, desde luego,
no tendrás que venir. El lunes ya veremos…
—Vale –le respondió su hermano, tan incapaz de valorar cualquier expectativa a
largo plazo que no necesitaba más para darse por satisfecho.
Por el camino, Alfonso le contó algunas cosas. Que había visto una película, que
le había gustado la comida pero el postre no, porque era membrillo con queso y él
se había comido sólo el queso, que había coloreado una cartulina con acuarelas,
que la señorita era guapa, que habían salido dos veces al jardín, una por la
mañana y otra después de comer. Juan hablaba con él, le respondía, trataba de
animarle mientras estudiaba con el rabillo del ojo la silueta de los arbustos
diseminados a ambos lados de la carretera, quietos ahora, inmóviles, tan
indiferentes en cada rama, en cada hoja, como si hubieran brotado de la bucólica
voluntad de un decorador y no de sus raíces hundidas en el suelo. El levante se
había ido, y se había llevado con él la pesadilla de un paisaje que no le recordaba.
Juan, que seguía resistiéndose a creer en el improbable espíritu diabólico que
pudiera llegar a alentar en un simple fenómeno físico, se sorprendió confiando a
aquella calma sus propias pesadillas, y cuando encontró a Tamara sentada
tranquilamente en el porche de su casa, la caralimpia, el pelo recogido, vestida
con una camiseta y unos pantalones cortos que hacían juego, entre dos pilas de
tebeos usados, a su derecha los leídos, a su izquierda los que le faltaban por leer,
había olvidado ya todos sus temores, los pavorosos cálculos acerca de la variedad
de desastres que puede llegar a provocar una niña aburrida y sola en casa, a los
que su imaginación se había entregado con un fervor autónomo y morboso
durante todo el día, mientras él procuraba concentrarse en otras tareas.
—Son chulos, ¿verdad? –la niña exhibió su botín con una sonrisa orgullosa y el
índice de la mano derecha, un instante después de besar a su tío–. Me los ha
prestado Andrés, que tiene una colección grandísima, porque Sara le guarda los
que vienen con los periódicos, los fines de semana. Yo he pensado que voy a
guardarlos también, desde pasado mañana. ¿A que es una buena idea?
—Claro, pero cuéntame. ¿Qué tal te lo has pasado, qué has hecho durante todo el
día?
—¡Ah!, pues… Me lo he pasado bien. Me ha despertado Maribel, a las nueve,
creo. He desayunado viendo la tele y luego me he ido a buscar a Andrés a casa
de Sara. Nos hemos ido los tres a la piscina, luego Maribel ha venido a buscarnos,