sonrisas golosas que revoloteaban alrededor de aquel prometedor y tardío grupo de clientes, Juan procuró mirarla con ojos de forense y llegó a conclusiones familiares, un metro setenta, sesenta y cinco kilos, cabello y ojos oscuros, raza blanca mediterránea, y un inquietante parecido con María Rosario Fernández, difunta. Llevaba el pelo más largo que Charo, y tenía los ojos más pequeños, los brazos más delgados, pero él sintió un escalofrío cuando la vio venir de frente. Ven conmigo, le dijo solamente, no te arrepentirás… Juan Olmedo negó con la cabeza, y no cambió de opinión, pero en aquel momento volvió a recordar que los cangrejos andan de lado. No hacia atrás, sino de lado.
La primera mañana de clase del curso académico 2000–2001, el aire del vestíbulo del colegio olía a judías verdes cocidas, muy pasadas. Tamara Olmedo Fernández, nueva, arrugó discretamente la nariz contra aquel aroma pocho y tristón, y anotó en su resquebrajado ánimo una flamante arruga paralela. Judías verdes a las nueve de la mañana, exclamó para sí misma, qué horror. Su reloj nuevo, que tenía cronómetro, segundero, calendario, y hasta luz, le confirmó que aún faltaban diez minutos para el timbre, y decidió apurarlos al aire libre, sentada en el escalón más próximo a la entrada principal del edificio. Aunque escogió una esquina, buscando al mismo tiempo la compañía de la pared y una posición poco expuesta, se dio cuenta de que casi todos los niños que trepaban por la escalera, tra–gándose los peldaños de tres en tres mientras se chillaban y atropellaban mutuamente para ejecutar sin sorpresas la partitura universal del primer día del curso, se detenían un instante al llegar a su altura, ante el reclamo de sus zapatos nuevos, de su mochila nueva, de su uniforme nuevo, de su rostro y su cuerpo nuevos de niña sola, desconocida. Tamara respondía a sus miradas con los ojos pacíficos, comprensivos, de quien llevaba todo un verano esperándolas. En otros septiembres, ella también había mirado así, con la misma curiosidad desprovista aún de toda expectativa, de todo aliento o recelo, a otros niños nuevos, como Ferrán, que era de Gerona y tenía un acento muy fuerte que al principio les hacía reír, o Laura, que aunque se apellidara López García había nacido en Kansas City y no hablaba bien español, o Felipe, o Silvia, o Carmen la rubia, o Nacho el alto, al que llamaban así desde que llegó, en tercero de primaria, para distinguirlo de otro Nacho más bajito, que era compañero de Tamara desde primero de preescolar. Ahora, Ferrán, y Laura, y Nacho el alto, veteranos ya de varios cursos, estarían acordándose de ella, preguntándose en voz alta cómo serían su casa, su colegio, sus amigos. O a lo mejor ni siquiera…, se atrevió a calcular con los labios cerrados, y esa sospecha terminó de apretar el nudo de su garganta, el irritante misterio de la melancolía que envolvía el recuerdo de aquel lugar tan aburrido, su viejo colegio, como si ella nunca hubiera llegado a aburrirse allí de verdad, como si en realidad le hubiera divertido alguna vez, como si ni siquiera contaran sus gustos, sus opiniones, sus sentimientos previos, a la hora de echarlo terriblemente de menos. Cuando la presión se hizo insoportable, las lágrimas se asomaron a la frontera de
sus párpados, pero ella las obligó a retroceder contando hacia atrás, primero desdecien hasta cincuenta de tres en tres, luego desde cincuenta hasta cero pensando sólo en los números impares, hasta que llegó al veintitrés con la certeza de que sus ojos estaban secos y entonces se detuvo.
Desde que vivía en la casa de la playa, sólo había llorado tres veces, una porque se acordaba de su madre y las otras dos porque estaba triste sin saber por qué, pero siempre lloraba de noche, cuando nadie podía verla ni escucharla. La tristeza habitaba permanentemente en ella como una fiera adormilada, agazapada en un pliegue de su estómago con el cuello tenso y las zarpas temblorosas de codicia, lista siempre para saltar, pero la mantenía a raya durante todo el día con sólo cien números, cien cifras justas que acudían en bloque a su memoria y se dejaban manipular sin quejarse, al contrario que los recuerdos. A ella le habría gustado que fuera al revés, que ciertas imágenes y voces que recordaba se irguieran o se agacharan según su voluntad, como los números que decidía saltarse o destacar en series de dos, de tres, de cuatro cifras, marcando una frecuencia que dependía tan sólo de la caprichosa necesidad de cada momento. Sin embargo, había aprendido antes de tiempo que algunos recuerdos no se pueden modificar, que su orden y su naturaleza permanecen intactos para siempre en la memoria por más que uno se empeñe en contarse a sí mismo una historia diferente, y por eso no se consentía a sí misma llorar salvo en la difusa frontera del sueño, cuando los contornos de los objetos se ablandan, y la ilusión de lo que se quiere saber cede sin alarmas a la nítida conciencia de lo que se sabe con certeza.
A Tamara Olmedo Fernández, nueva, no le gustaba que su casa verdadera, la fija, la de todo el año, fuera un chalet para veranear, con suelos de gres, y toldos verdes, y un porche con muebles de teca abierto a un jardín plantado de buganvillas e hibiscos que con–servan las flores hasta en invierno. Una casa auténtica siempre tiene suelos de madera, y ventanas o balcones pequeños en lugar de tanta cristalera, y más allá, árboles viejos cuya altura no puede abarcarse de un simple vistazo, y un eterno rumor de coches que pasan sin cansarse jamás. Las casas auténticas tienen que estar muy lejos del mar, pensaba Tamara, y sin embargo se comportaba como si todos los días encerraran la promesa de una fiesta perpetua, y respondía a la puntual violencia del otoño, que en cada amanecer le arrebataba una nueva hebra de la luz del verano, y con ella el penúltimo indicio de la ficción de normalidad que había envuelto su vida mientras duró el buen tiempo, forzando la intensidad de sus sonrisas. La de aquella tarde también sería radiante, porque nunca le contaría a Juan que su colegio olía a judías verdes cocidas. Aunque no habían vuelto a hablar del tema desde que se marcharon de Madrid, Tamara se daba cuenta de que su tío se había empeñado, con todo lo que tenía, en que aquella aventura saliera bien, y en ese empeño, que ella nunca había entendido, había algo más que la necesidad de cambiar de trabajo, más que una oportunidad de vivir todo el año en la playa, mucho más que una oferta de distracción, y del consuelo que su familia necesitaba. Tamara no había logrado descubrir las razones ocultas de aquella arbitraria y apresurada
mudanza, pero en la determinación de Juan, en ese optimismo barnizado con rachas de puro entusiasmo que casi nunca lograba abrillantar del todo el pálido color de sus incertidumbres, encontró un motivo suficiente para empeñarse ella misma en que su tío acabara teniendo razón.
Y cuando desfallecía, cuando entraba en una tienda y no entendía lo que el dependiente le decía, cuando el viento aullaba de noche como si pretendiera echarla de su propia cama, cuando el mar dejaba de oler a yodo para apestar a unpuré de algas podridas, recuperaba un recuerdo dócil y luminoso, una imagen que le dolía y que sin embargo no querría perder jamás, la memoria de una tarde sucedida mucho tiempo atrás, bajo la luz tibia y complaciente de un otoño mejor, más justo.
Su madre nunca le consentía que se fuera a la cama sin lavarse los dientes, nunca le perdonó el baño antes de la cena y siempre, hasta cuando salía de noche, revisaba sus deberes antes de arrastrarla a la bañera pero, a cambio, tenía ideas estupendas, de las que jamás se le ocurrieron a su padre. Ideas como aquella de ir a recogerla al colegio por sorpresa, el segundo día del curso, cuando aún no tenía clase por la tarde porque era de los pequeños, le faltaban cinco meses para cumplir seis años. Papá ha llamado para avisar de que no podía venir a casa a comer, le explicó mientras la llevaba en brazos hasta el coche, y he pensado que podríamos ir al centro, tomar una hamburguesa por ahí, y luego meternos en un cine, a ver esa película que te apetece tanto, ¿qué me dices? Ella apretó el cuello de su madre con los dos brazos y le dio muchos besos en la cara, porque no encontró palabras que expresaran mejor su júbilo. Y sin embargo, aunque fueron derechas a la Gran Vía, que era la calle favorita de las dos, y mamá le dejó que pidiera dos helados de chocolate de postre, y pudo elegir la mejor butaca de un cine vacío, aquella tarde acabó llorando, porque la película contaba la vida de una niña a la que unos tíos lejanos habían metido interna en un colegio después de que sus padres se mataran en un accidente de aviación, una historia muy bonita sólo a costa de ser también muy triste. Tamara salió del cine con los ojos hinchados, mustios de llanto, y aunque su madre la abrazó, y la consoló, e intentó animarla en el viaje de vuelta recordándole que, al fin y al cabo, la película acababa bien, porque laprotagonista encontraba una nueva familia entre las profesoras y las compañeras de su colegio, ella entró en casa sabiendo que todavía le quedaban lágrimas. Por eso, cuando su madre se sentó en una de las butacas del jardín, de aquel jardín de tierra con un simple emparrado y unos pocos árboles inmensos, como los jardines de verdad, Tamara se le subió encima, la miró de frente y le preguntó qué iba a pasar si un buen día ella se moría. Yo no me voy a morir, tonta, le contestó su madre con una sonrisa, pero a la vez debió de tomársela en serio, porque la acunó contra su pecho como si fuera un bebé y le dio muchos besos, de esos besos especiales que sabía dar ella, unos besos que no se parecían a ninguna otra clase de besos, besos con los labios apretados que se grababan en su frente, en sus mejillas, en su pelo, y tardaban una eternidad en deshacerse, besos como túneles, como puentes, como lazos con dos nudos, los besos de mamá, si yo no me voy a morir, repetía, no me voy a morir, y