sonreía, pero ella se echó a llorar de todas formas. ¿Y si te mueres, eh? Puede
ser, ¿o no? ¿Y si te mueres, qué? Entonces su madre se puso seria y rodeó su
cara con las dos manos, y la miró a los ojos, y habló bajito.
Si yo me muero, Juan te cuidará, le dijo, sólo eso, no te pasará nada malo porque
Juan cuidará de ti, eso le dijo, y no mencionó a su padre, ni a sus abuelos, no
habló de ningún colegio para niñas huérfanas ni de ninguna otra solución, ningún
otro remedio, ninguna otra persona, Juan te cuidará, repitió, y siguió besándola
hasta lograr que, al rato, dejara por fin de llorar.
Ahora, cuatro años después, cuando se notaba a punto de desfallecer, al borde de
un buen berrinche como los de los viejos tiempos, Tamara recordaba que lo había
perdido todo, que su madre había muerto a pesar de la confianza que bailaba en
sus sonrisas, que supadre había muerto también, pero Juan la cuidaba y eso era
suficiente. La generosidad con la que su tío había cumplido la promesa de su
madre merecía a cambio una lealtad ciega, sin fisuras. Y eso significaba que,
pasara lo que pasara, todo iba a salir bien. Tamara se lo recordó a sí misma con
firmeza mientras se preguntaba si sería capaz de encontrar algo que ofrecer a
Juan a cambio de aquel olor a verdura pasada que nunca confesaría, cuando
escuchó una voz conocida.
—¿Qué haces aquí?
Andrés, que no solía decir hola al llegar, ni adiós al marcharse, la estudiaba con
los ojos ligeramente asombrados y sin embargo serenos con los que miraba casi
todas las cosas. Tamara se alegró de encontrarle mucho más de lo que había
previsto, y olvidó enseguida el prudente discurso que su tío le había soltado en el
desayuno para aconsejarla que no agobiara a Andrés, que no se le pegara como
una lapa durante todo el día, que comprendiera que él debía tener su propia
pandilla, sus propios amigos, y que estaría deseando verles, hablar, jugar con
ellos después de las vacaciones. Andrés es el único amigo que tienes aquí, le
había repetido al despedirla en la puerta del colegio, procura conservarlo y no lo
marees.
—Te estaba esperando –Tamara se levantó diciéndose a sí misma que, al fin y al
cabo, esperar a alguien no es lo mismo que marearlo.
—¡Ah! –Andrés no pareció asustarse de su respuesta–. ¿Y has entrado a ver en
qué clase nos han puesto?
—No, todavía no.
—Pues ven conmigo. Creo que ya sé cuál va a ser…
Andrés atravesó el umbral con decisión, sin volverse a comprobar si ella le seguía,
y Tamara se fijó en su mochila, muy limpia pero lavada tantas veces que ya no
podía leerse nada sobre su solapa, en loscontornos borrados y rotos de lo que
una vez debieron ser cuatro grandes mayúsculas rojas. El tirante de la derecha
estaba cosido con un hilo fuerte, negro, unos centímetros por debajo del hombro,
y tan deshilachado como el izquierdo. Era muy pequeña, tanto que su propietario
cargaba con un montón de libros en los brazos, y Tamara pensó que a Andrés le
iría mejor con su mochila vieja, que estaba un poco sucia pero era más grande y
mucho más nueva que aquélla, y estuvo a punto de ofrecérsela. Sin embargo,
cuando ya había abierto la boca, volvió a cerrarla, porque no estaba segura de si
su oferta sería bien recibida.
—Aquí es –dijo él, deteniéndose ante una puerta idéntica a todas las demás que
se abrían a ambos lados de un pasillo decorado con grandes cartulinas de colores,
dibujos y collages–. Vamos.
Entró en clase sin mirar a nadie en especial, aunque saludó a algunos niños con
un movimiento de cabeza y hasta respondió con un par de holas lacónicos a los
saludos más expresivos de algunos de sus compañeros. A cambio, Tamara
escuchó con claridad algunas risitas desde el fondo del aula, que su amigo intentó
identificar girando la cabeza, repeinada y húmeda de colonia, con una expresión
de violencia en la boca que ella nunca le había visto hasta entonces. Los risueños,
dos niños y una niña que cuchicheaban entre sí, no se dieron por aludidos. Andrés
escogió un pupitre lateral de una de las filas centrales y empezó a vaciar su
mochila sin decir nada. Tamara se sentó a su lado y le imitó.
—Me pongo aquí contigo –dijo sin mirarle–. ¿Vale?
—Bueno.
La profesora se llamaba doña María. Tamara calculó que tendría más o menos la
edad de Sara. Era bajita, menuda y parlanchina, e iba muy arreglada. Al entrar,
saludó por su nombre a casi todos los niños, incluido Andrés, y dedicó acada uno
un comentario agradable, qué guapo estás, cuánto has crecido, cómo se nota que
te has bañado mucho este verano, te sienta muy bien el pelo largo, y cosas por el
estilo. Al terminar, dijo que todos tenían que saludar con un cariño especial a dos
alumnos nuevos, y le pidió a Tamara y a otro niño rubio que se llamaba Iván que
se levantaran. Ella ya se temía algo así, pero se sintió igual de mal que si no lo
hubiera previsto, e intentó disimular el color de sus mejillas bajando la vista,
como si estuviera muy interesada en sus zapatos, mientras soportaba la
vergüenza de un aplauso general. Luego, cuando empezó el rollo de siempre
sobre el plan del curso, los programas de cada asignatura, el material que
tendrían que traer la semana siguiente, las fechas de las evaluaciones y los
mejores métodos para planificar los deberes, se sintió mejor, porque había
escuchado tantas veces rollos parecidos que ni siquiera le extrañó aquella nueva
versión sin eses.
A las once sonó un timbre.
Andrés reaccionó ante aquel sonido con una lentitud sorprendente hasta para
Tamara, que no esperaba encontrarse con nadie en el recreo y sin embargo
estaba ya cerca de la puerta cuando le vio sentado todavía, delante del pupitre.