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—Para salir al patio tienes que coger por la izquierda, por donde hemos entrado –le dijo cuando por fin se decidió a recorrer la distancia que le separaba de ella con

pasos de viejo, cortos y cansados.

—¿Tú no vienes?

—No, yo… Tengo que hacer una cosa.

—¿Vas al baño?

Negó con la cabeza y echó a andar despacio, hacia la derecha.

No habría dado más de diez pasos cuando se volvió a mirarla, y la encontró

clavada en el pasillo, delante de la puerta de la clase.

Ella quiso interpretar aquella mirada como una invitación y seatrevió a preguntar.

—¿Adónde vas?

—A un sitio.

—¿A cuál? –él no le contestó, y Tamara empezó a caminar en su dirección–. Voy

contigo.

—No.

—Que sí, anda, déjame ir contigo. Si es que yo aquí no conozco a nadie y…

—Que no –él subrayaba su negativa moviendo enérgicamente la cabeza–. Que no

puedes venir, en serio.

—Pero ¿por qué? –ella dio un pisotón en el suelo para demostrar su impaciencia–.

¿Y por qué no quieres decirme adónde vas?

—Voy a ver a mi abuela –contestó Andrés por fin, casi con rabia–, que trabaja

aquí. ¿Estás contenta?

Tamara se puso colorada por segunda vez en aquella mañana y ni siquiera se

esforzó en encontrar una respuesta para aquella pregunta, como si el tardío

descubrimiento de que Andrés tenía una abuela que trabajaba en el colegio fuera

una razón suficiente para excluirla de cualquier plan. Cuando su amigo

desapareció por una puerta situada al final del pasillo, se fue al patio, se sentó en

un poyete y se dedicó a mirar cómo jugaban los demás. Un cuarto de hora

después volvió a ver a Andrés, que caminaba en su dirección con un gran

bocadillo de mortadela y cara de querer hacer las paces.

—¿Quieres un poco? –le dijo cuando se sentó a su lado–. Es muy grande…

—¿Te lo ha dado tu abuela?

–preguntó ella, que ya se había comido su donut, al aceptarlo.

—Sí. Es la cocinera.

—¿Y tienes que ir a verla todos los días?

—Todos. Pero sólo para recoger el bocadillo, que se enfada conmigo si me lo

traigo de casa.

Hoy era distinto, porque como mi madre no se habla con ella, hacía por lo menos

un mes que no la veía, y por eso he tenido que estar másrato… –Andrés comió un

poco más en silencio y volvió a ofrecerle a Tamara el último trozo–. ¿Lo quieres?

Yo ya no puedo más… De todas formas –añadió, mientras ella liquidaba el pan y

la mortadela–, no te habría caído bien. Es muy gruñona. Está todo el día

protestando y haciendo como que llora.

Tamara no quiso preguntar nada más, pero se dio cuenta de que Andrés estaba

no sólo más simpático, sino también más contento, como si la visita a la cocina le

hubiera quitado un peso de encima. Sin embargo, hasta él tendría que reconocer

que su abuela cocinaba muy bien, porque el arroz con tomate, el pollo asado y el

flan de la comida eran mejores que los que Tamara tomaba en su colegio de

Madrid. Después, mientras renunciaba a averiguar el origen de aquel olor mustio

a judías verdes que su nariz había dejado ya de percibir, salieron al patio y

estuvieron jugando con otros niños de su clase al pilla–pilla, que aquí se llamaba

de otra manera y tenía reglas ligeramente distintas. Ella no corría tanto como

Andrés, pero se lo pasó muy bien, y el siguiente timbre resonó ya en sus oídos

con el eco familiar de una condena vulgar y repetida. La primera clase de la tarde

se le hizo insoportablemente lenta, como siempre, y la segunda, a cambio, resultó

la más corta del día. Andrés se despidió de ella en la puerta de la clase, porque

tenía que ir a buscar a dos vecinos suyos que estaban en otro grupo del mismo

curso. Siempre venimos y volvemos juntos, le dijo, son esos dos con los que he

estado hablando en el patio, después de comer, ¿te acuerdas…? Ella no se

acordaba, pero le dijo que sí, y mientras salía a la calle pensó que había tenido

mucha suerte de que Andrés no la hubiera dejado sola para irse con sus amigos

hasta aquel momento, cuando su colegio nuevo había empezado ya a ser menos

nuevo y más colegio.Pensaba volver a casa andando, pero cuando aún caminaba

en paralelo a la valla, un BMW gris con matrícula de Madrid se detuvo a su lado

haciendo sonar la bocina.

Tamara lo reconoció enseguida, y tenía ya la mano en el picaporte antes de que

el cristal ahumado de la ventana descendiera, en un susurro lujoso de puro

imperceptible, mientras Sara se ofrecía a llevarla a casa.

—¿Qué tal te ha ido? –le preguntó, después de recibir un beso como premio por

la oportunidad de su aparición–. Hoy era el primer día, ¿no?

—Sí, y no ha estado mal, ¿sabes? La señorita parece simpática.

Andrés dice que es muy cursi, pero que no suspende, que es lo importante.

—¿Y qué tal Andrés? ¿Te ha presentado a muchos niños?

—Sí, bueno… Después de comer, hemos jugado al pilla–pilla, y nos lo hemos

pasado muy bien.

Lo malo es que muchas veces no entiendo lo que me dicen, porque usan muchas

palabras raras, y las normales, pues las dicen de una manera… rara, ¿no?, o sea,

como no dicen la ese y hablan como si cantaran…

—Ya te acostumbrarás.

—Sí, eso dice también mi tío, y que acabaré hablando igual que ellos, pero no sé

yo… De todas formas, como Andrés ya lo sabe, cuando yo no entiendo algo, me

lo explica, y eso es una suerte, ¿no?

Juan me ha dicho esta mañana que dejara tranquilo a Andrés, que no le agobiara,

que él tendría sus propios amigos y que le apetecería estar con ellos, pero hemos

pasado juntos casi todo el día. Eso también ha sido una suerte, aunque yo creo

que lo que pasa es que los mejores amigos de Andrés no están en nuestra clase,

sino en otra, y no ha ido a buscarlos hasta que ha sonado el timbre de la salida,

hace un momento.

Sara sonrió para sí misma al recordar las recomendaciones conlas que Maribel y

ella habían abrumado al pobre Andrés durante los últimos días, un discurso

estrictamente inverso al que podía imaginar sin esfuerzo en la voz de Juan, hazte

cargo de que Tamara no conoce a nadie más, le habían dicho, ocúpate un poco

de ella, no la dejes sola, preséntale a otros niños, y le tranquilizó comprobar la

naturalidad con la que él había asumido aquella misión, porque la última vez que

hablaron del tema tuvo la impresión de estar insistiendo demasiado. Pensaba en

eso cuando su copiloto le preguntó a bocajarro si ella sabía que la cocinera del

colegio era la abuela de Andrés.

—Sí, claro –contestó, mientras buscaba en el bolso el mando a distancia que abría la verja de la urbanización–. Es la madre de Maribel.

—Ya –dijo Tamara, y no añadió nada más, como si necesitara meditar aquella respuesta.

Sara se preguntó si una niña de diez años tendría capacidad para sacar conclusiones de una información semejante y se equivocó a medias al calcular que no. A ella sí le había sorprendido que Maribel llevara a Andrés a un colegio privado, por muy cerca que le quedara de casa, sobre todo teniendo en cuenta que en el centro del pueblo había varios colegios públicos a los que el niño habría podido ir solo, en autobús. No se atrevió a preguntar por las razones que impulsaron a su asistenta a escoger una opción tan insensata, pero ella se las fue contando poco a poco.

El colegio de Andrés no le costaba ni un duro, porque su madre trabajaba allí y su convenio le daba derecho a disfrutar de una plaza gratuita. Habría preferido un millón de veces no tener que deberle el favor, pero cuando su hijo empezó a ir al colegio, ella estaba muy mal de dinero y trabajaba en varios lugares diferentes, limpiaba un par de oficinas, echaba horas en otras tantas casas, y se pasaba la vidaa salto de mata, cumpliendo con un horario diferente cada día de la semana, en unas condiciones absolutamente incompatibles con las necesidades de Andrés. Por eso había tenido que aceptar la oferta de su madre, que recogía al niño a las ocho en punto, una hora antes de la primera clase, se lo llevaba al colegio para darle de desayunar allí, y por las tardes se ocupaba de él hasta que su hija podía ir a recogerle. Además, añadió Maribel, la verdad es que el colegio es estupendo, tiene campos de deporte, piscina, laboratorio, dos horas diarias de inglés y un montón de actividades, así que no me arrepiento, sobre todo porque ahora Andrés es mayor y no necesita que nadie le cuide, así que ya no tengo por qué aguantar a mi madre. Ni siquiera la veo, precisó al final, y ya sé que va contando por ahí que soy una desagradecida, y una deslenguada, y… y cosas peores, pero no me importa. Bastante mal lo pasé yo cuando me dejó mi marido como para encerrarme en casa durante el resto de mi vida, pues sí, y con veinte años, era lo que me faltaba, hacerle caso a mi madre, a ella, que lo primero que me preguntó cuando se enteró fue qué motivos le había dado yo a Andrés para que se largara. Yo creo que le gusta, ¿sabe?, que mi marido le gusta, por muy raro que suene, aunque parezca mentira, debe ser eso porque si no, es que no lo puedo entender, las cosas que me dijo, las que me sigue diciendo, figúrese… Sara no necesitaba figurarse nada, porque comprendía cada palabra de Maribel con una precisión antigua y luminosa, que no le ahorró, sin embargo, un instante de desconcierto ante la dirección que tomaban las intuiciones de Tamara. —Te lo he preguntado porque…