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Es que yo creo, no sé cómo explicarlo, pero es como si a Andrés le molestara mucho lo de su abuela, ¿sabes? Y el caso es que no lo entiendo, porque no es nada malo, ¿no?, pero… cuando hemos entradoen clase, esta mañana, unos niños se han reído de él, y luego, en el recreo, no me ha dejado acompañarle a

ver a su abuela, y me he quedado pensando… Es que a lo mejor a Andrés le fastidia no ver a su padre, bueno, eso sí, seguro que le fastidia, pero lo que quiero decir es… No sé, que él tiene una familia rara, ¿no?, o sea que es como si no tuviera padre y eso, pero teniéndolo, que es peor. Y no debería importarle porque ahora las familias raras se han vuelto normales, eso dice Juan, por lo menos, que antes ser hijo de una mujer soltera era horrible, y que tus padres se separaran, pues también, pero ahora hay muchísimos niños con familias así, y yo, por ejemplo, pues, aunque soy huérfana, vivo con mis tíos, en vez de estar interna en un colegio, y no pasa nada, nadie me dice que le doy pena, ni me llaman huerfanita, ni cosas así…

–hablaba con la cabeza muy tiesa y los ojos fijos en el muro de cemento que delimitaba el aparcamiento, aunque movía mucho las manos, como un recurso para encontrar las palabras que le faltaban, y cuando terminó, se volvió a mirarla–. ¿Tú qué crees?

—No lo sé, Tam. Yo creo que lo complicado de tener una familia rara es lo que se siente por dentro, no lo que piensan los demás –la niña cabeceó un par de veces, como si dudara, antes de insinuar un gesto de asentimiento–. Y supongo que tener una familia rara sigue siendo complicado, aunque antes era muchísimo peor, desde luego, en eso tu tío tiene toda la razón…

El último acto empezó en 1963, el primer sábado de febrero, en el guateque que celebraba su mejor amiga para festejar su dieciséis cumpleaños. Cuando Maruchi se la llevó a una esquina del salón con autoridad de anfitriona para decirle al oído que Juan Mari estabapor ella, Sarita nunca se había preguntado por qué su madre había tenido cuatro hijos en poco más de seis años y sin embargo Socorrito y ella se llevaban siete. A cambio, ya había empezado a darse cuenta de que Juan Mari la miraba con ojos de enamorado reciente, una novedad tan agradable que deslizó en su propia mirada ciertas gotas de una insospechada debilidad. Al acompañar a aquel buen chico de Vitoria, que estudiaba para ingeniero industrial, al espacio que hacía las veces de pista de baile, Sarita ignoraba todas las condiciones del acuerdo que doña Sara había pactado con Sebastiana antes de cogerla en brazos por primera vez, a los ocho meses. Quince años después, mientras otros brazos la mecían al compás de aquella canción hipnótica y dulzona, «sapore di sale, sapore di mare», decidió que celebraría su propio cumpleaños con una fiesta igual que aquélla, para ofrecer a Juan Mari, «…sapore di te», la ocasión de declararse. Pero a las diez menos cuarto, cuando se despidió de Maruchi entre risitas nerviosas, él insistió en llevarla a casa y aunque no tenía coche lo dijo muy claro, te llevo a casa, y Sarita comprendió que no necesitaba otra oportunidad. Caminó a su lado por la calle con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y ganas de colgarse de su brazo, mientras calculaba cómo sería su vida si algún día llegaba a casarse con él, dónde vivirían, cuántos niños tendrían, cómo se llamarían, y no se dio cuenta de que nunca se había preguntado antes qué clase

de vida la esperaba. En el portal, él la miró a los ojos, sopló el flequillo lacio que se descolgaba a cada paso sobre su ojo izquierdo, y le dijo que esperara un momento, porque tenía que preguntarle una cosa muy importante. Sarita, que se sabía de memoria la historia del noviazgo de doña Sara con don Antonio, ignoraba que sus padres se habían comprometido también ante aquelportal, veintiún años antes de que ella naciera. Juan Mari le pidió que fuera su novia, y Sarita le dijo que sí. Él la cogió de las manos y ella se las apretó, él la besó en los labios y ella cerró los ojos porque era la primera vez.

Luego se despidieron hasta el día siguiente. Él estaba muy contento. Ella también.

Arcadio Gómez Gómez ingresó en la cárcel de la calle General Díaz Porlier el 16 de julio de 1939. El 17 de julio, a última hora de la mañana, fue juzgado por un Tribunal Militar, que no pudo condenarlo a muerte al día siguiente porque era fiesta, pero dictó sentencia a primera hora del día 19. La ejecución no se llevó inmediatamente a cabo porque aquella misma tarde las autoridades de la prisión recibieron una llamada de teléfono. La esposa de un glorioso ex combatiente, heredera de la fortuna de una gran familia, quiso interesarse por la suerte del prisionero, y el oficial que estaba a cargo de las ejecuciones decidió relegar por plazo indefinido el expediente de Gómez Gómez al último lugar de una abultada pila de asuntos pendientes, haciendo gala de una intuitiva prudencia que le resultaría de gran ayuda para ascender a general en pocos años. Un par de semanas antes, el diario «ABC» había publicado, entre otras muchas de semejante naturaleza, una nota que daba fe de las quinientas pesetas que algunos vecinos del inmueble situado en el número 10 de la Corredera Alta de San Pablo habían regalado entre todos a la portera de su casa, como una forma de reconocer, que no de saldar, la impagable deuda de gratitud que habían contraído con ella durante los peores momentos del terror bolchevique. Fue aquella anciana, que efectivamente llegó a arriesgar su vida al oponerse a algunas patrullas de milicianos incontrolados que pretendían hacer un registro del edificio, quien vio una mañana en la plaza de SanIldefonso a Sebastiana Morales Pereira, inquilina de una de las buhardillas de su casa y mujer de un fontanero ugetista, luego soldado, más tarde cabo, y suboficial, y hasta capitán del ejército republicano, al que parecía haberse tragado la tierra. Le llamó la atención que su vecina se parara en seco, en medio de la acera, y que después de mirar al suelo, echara un vistazo codicioso a un lado, y luego al otro, antes de inclinarse para recoger un objeto que enterró a toda prisa en un bolsillo. La portera forzó el paso. Al principio había creído que Sebastiana se había tropezado con un monedero, pero llegó a tiempo para descubrir que se trataba de una cajetilla de tabaco, y ató cabos. No consta que recibiera recompensa alguna por entregar a Arcadio Gómez Gómez a las autoridades. Sarita no tenía llaves de casa.