Cuando llamó al timbre, a las diez y doce minutos, doña Sara la recibió con el índice de la mano derecha sobre la esfera del reloj que llevaba en la muñeca de la mano izquierda. Su ahijada respondió abrazándola con fuerza para depositar dos
grandes y sonoros besos en sus mejillas antes de disculparse, lo siento, mami, pero es que me lo estaba pasando tan bien que… se me ha ido el tiempo sin darme cuenta, ésa es la verdad, no puedo decirte otra cosa. Aquel arrebato de cariño, como una inesperada reedición de los que habían jalonado la infancia de aquella niña siempre afectuosa y buena hasta que enfermó de la agria hosquedad de los adolescentes, ablandó a doña Sara más que el color subido, gozoso, que incendiaba el rostro de Sarita para confirmar la sinceridad de sus excusas con tanta rotundidad como si las llevara escritas sobre la frente. Sin embargo, chistó con los labios para imponer silencio, porque sabía que su marido, que estaba ya sentado a la mesa, tamborileando con tres dedos de la mano izquierda sobre el mantel porsi alguien conservaba alguna duda acerca de hasta qué punto le irritaba tener que retrasar la cena por culpa de aquella extravagante prueba de la debilidad de su mujer, jamás iba a mostrar la menor comprensión ante los errores de su ahijada, que, en su opinión, debería seguir comiendo y cenando en la cocina, por muy bien que hubiera aprendido a utilizar los cubiertos. La permanencia de la niña en aquella casa estaba supeditada a una regla básica. Doña Sara era la madrina de Sarita, pero eso no significaba que don Antonio fuera su padrino. Sara le trataba poco, siempre de usted, y procuraba pasar lo más desapercibida posible en su presencia, porque sabía que aquel malhumorado inválido le pediría cuentas a su mujer por todo lo que ella pudiera llegar a hacer mal, y le atemorizaban sus represalias.
Las dos mujeres que cenaron con don Antonio Ochoa aquella noche sabían, por tanto, que lo mejor, lo más prudente, sería mantener la boca cerrada para engullir en silencio la cena, pero Sarita estaba tan excitada, tan asombrada y tan satisfecha al mismo tiempo por los acontecimientos que habían ensanchado su vida de repente, que olvidó las reglas, y rompió uno de los larguísimos silencios que solían intercalarse entre la verdura y el pescado para preguntarle a su madrina si ella también podría celebrar su cumpleaños con un guateque. El aire se volvió espeso, denso como un estanque de niebla transparente que don Antonio atravesó con una mirada súbita, furiosa y aguzada, para herir los ojos de doña Sara, obligándola a desviar la vista hacia el mantel. No sé, hija, no sé… A Sarita no se le pasó por alto aquella mirada, pero no supo interpretar las justas dosis de incredulidad y de cólera que se habían fundido en ella. Al fin y al cabo, también sabía que a don Antonio no le gustaba celebrar fiestas en casa.Sebastiana Morales Pereira entró a trabajar como criada en casa de los señores de Villamarín un día de primavera de 1920. Durante la primera semana, lloró todas las noches, porque se sentía muy sola y estaba asustada, y porque sólo tenía doce años. Sin embargo, cuando su madre le anunció que le había encontrado una colocación en una casa buenísima, de una de las mejores clientas del taller, no tuvo motivos ni para reprochárselo ni para asombrarse de la noticia. Sus dos hermanas mayores habían empezado a servir a una edad semejante, y en casa quedaban todavía dos niños más pequeños. El primogénito se había reenganchado en la Legión después de hacer el servicio militar en Marruecos pero, a pesar de todo, en el piso de la calle Espíritu Santo donde Sebas había
vivido hasta entonces seguían sobrando bocas y faltando pesetas. La madre, Socorro, trabajaba como planchadora en un taller que estaba justo enfrente de su casa, y no descansaba ni para comer. Sebas, que dejó de ir al colegio a los ocho años pero tuvo tiempo para aprender a leer, escribir y hacer cuentas sencillas, se ocupaba de la compra y la comida, y atendía a sus hermanos pequeños hasta que su madre volvía del taller, reventada después de estar doce horas de pie, y casi siempre de noche. El padre se pasaba el día entero en la calle, buscando trabajo según él, aunque nunca parecía encontrar otra cosa que mostradores repletos de botellas de vino barato. Quizás por eso, Sebas se fijó en Arcadio Gómez, un chico guapo pero muy tímido, serio y callado, que trabajaba como fontanero y al que veía de vez en cuando en su chiscón de la Corredera Alta, un agujero oscuro con puerta a la calle donde su padre y él guardaban el material y recogían los avisos. Por aquel entonces, ya estaba hecha una mujer y no le disgustaba su trabajo. Como la señora confiaba ciegamente en ella, casitodos los días la mandaba a la calle con algún encargo, y muchas veces hasta le pedía que se llevara a la niña, su hija Sara, que era siete años menor que aquella chica tan espabilada y tan responsable a la vez. Aparte de las tardes de los jueves, Sebas iba a la calle Espíritu Santo un par de días por semana, a llevar y recoger ropa para planchar, porque había logrado desviar los encargos de la señora de Villamarín y de algunas de sus conocidas hacia su madre, que ahora trabajaba en casa, estaba menos horas de pie y ganaba más del doble que antes por cada pieza planchada, cobrando más barato a sus clientas.
En todas aquellas expediciones, y aunque solía llevar a la niña de la mano, siempre pasaba por la Corredera Alta, a la ida y a la vuelta, buscando a Arcadio y dejándose buscar por él, hasta que se hicieron novios formales. El noviazgo duró siete años, los que tardó el novio en ahorrar el dinero necesario para independizarse de sus padres, mientras la novia reunía el ajuar y se cosía su propio traje de boda. En 1932, Sebas pudo casarse por fin, vestida de corto y de negro, sin ramo, pero con una gardenia prendida en el pecho, como se habían casado todas las mujeres de su familia.
Algunas noches, cuando no podía dormir, Sarita pensaba en qué ocurriría si Juan Mari y ella siguieran siendo novios durante años y años, hasta que llegara el momento de hacer planes serios para casarse. Sabía que era muy pequeña todavía para andar preocupándose por esas cosas, pero el insomnio pintaba de negro la penumbra irisada de su cuarto infantil, torturando los perfiles de todos esos muebles fabricados a escala diminuta y lacados en blanco, que la desafiaban como signos de una apuesta perdida contra la velocidad del tiempo. Era esa carrera lo que la angustiaba. Juan Mari, que empezaba a gustarle de verdad, tanto que ya podía reconocer ante sí misma que,al fin y al cabo, le había dicho que sí sólo porque era el primer chico aceptable que se le declaraba, estaba a punto de terminar primero de Industriales. Sarita también quería ir a la universidad.
Aunque su asignatura favorita eran las matemáticas, tenía casi decidido que estudiaría Francés, igual que Maruchi, porque Exactas no parecía carrera para una
chica.
Pero siempre había sido una buena estudiante, y cinco años pasan pronto, tanto que aún se asombraba de que las piernas no le cupieran ya en el hueco del escritorio donde antes se sentaba a hacer los deberes. Y si no era Juan Mari, sería otro, cualquier otro muchacho de una buena familia del barrio de Salamanca que habría sido vagamente informado, al conocerla, de que Sara Gómez Morales se había quedado huérfana de padre y madre siendo apenas un bebé, y había sido adoptada entonces por una pareja de amigos íntimos de sus padres que no quisieron privarla de sus apellidos originales. Ésa era la historia que doña Sara había contado siempre en el colegio, la que sabían sus amigas, sus compañeras de clase, los chicos de su pandilla, pero no era la verdad. La verdad se manifestó por su cuenta en un mesón de la calle Mayor durante una tarde de primavera de aquel año terrible de 1963, en el convite de la boda de su hermana Socorro, al que asistió en un lugar destacado de la mesa de los novios, sentada entre su padre, Arcadio Gómez Gómez, y su madre, Sebastiana Morales Pereira. Ninguno de los dos llegó a percibir la ausencia de su hija menor mientras ella permanecía atrapada sin remedio, desde el primer plato hasta la tarta, en la expresión de asombro, de escándalo o de horror que estaría deformando los labios de su novio si algún espíritu maligno le hubiera invitado a contemplar aquella escena. Si el tiempo no se detenía, si los años seguían deslizándose sin pausa por la resbaladiza pendiente delfuturo, Sara tendría que contarle algún día la verdad a un inminente, acaudalado, elegante y educadísimo marido. Sólo de pensarlo, sentía que las piernas se le agarrotaban de miedo. No se puede engañar a un marido, se repetía; a una amiga, a un conocido, a una compañera sí, pero no a un marido. Ésa era la pesadilla que atormentaba a Sara Gómez Morales cuando creía que el futuro estaba en su sitio, y que su destino no le reservaba un obstáculo mayor que aquella imaginaria y tremenda confesión que no le consentía dormir por las noches.