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Antonio Ochoa Gorostiza era el más alto y robusto de sus hermanos, y su madre estaba segura de que iba a salvarse. Ella había hablado mucho con Dios, y con la Virgen del Carmen, antes de embarcarse por tercera vez en aquella aventura tan amarga, el implacable designio para el que había sido tan engañosamente preparada. Su hijo mayor, Francisco, enfermó a los tres años, cuando aún no conocía palabras suficientes para explicar lo que le estaba pasando, el extraño, indoloro hormigueo que precedió a la pérdida del control sobre la musculatura de su pierna derecha, y luego de los músculos del cuello, y después de las manos, perfectas e inútiles como las de un muñeco, un muñeco de cabeza torcida y ojos grandes, abiertos a un mundo deformado en una perpetua línea diagonal. Su hija Carmencita, que nació tan lucida y tan sana como su hermano mayor, tuvo un proceso muy diferente. Acababa de cumplir doce años y era ya más alta que su madre, cuando su cuerpo se desbarató en unos pocos meses, brazos, piernas, cuello, manos y pies aflojándose de pronto como un globo grande y hermoso que, cuando empieza a ganar altura, se pincha por accidente con la rama de un árbol. Tres años más tarde, su madre tuvo que organizar el entierro de su hijo mayor en

la fecha que había previsto para la puesta de largo de su única hija, que asistió a los funerales ensilla de ruedas. Los médicos no sabían a qué causas obedecía aquella cruel epidemia, pero desaconsejaron con energía un nuevo embarazo. La señora de Ochoa les preguntó si estaban seguros de que la enfermedad, que parecía haberse debilitado desde que atrapó a Francisco hasta que se cebó en Carmencita, afectaría también a un tercer hijo y no se atrevieron a confirmárselo, así que ella optó por hablar con Dios, y cuando tuvo a su hijo entre los brazos, comprendió que Dios la había escuchado. Con más de cinco kilos de peso y el aspecto de un bebé de tres meses, Antonio fue el recién nacido más rollizo que su familia pudo exhibir jamás, y creció mucho, fuerte, sano y salvo, hasta llegar a adulto. Era ya todo un hombre, con estudios y hasta con novia formal, cuando, al borde de los veinticuatro años, su madre se dio cuenta de que tenía algo raro en la espalda. El omóplato derecho parecía haberse hundido y no acusaba los movimientos del brazo. Aquella noche la señora de Ochoa lloró como hacía muchos años que no lloraba, pero no le dijo nada a su hijo. Él mismo se dio cuenta de lo que le pasaba algún tiempo después, sólo unas semanas antes de su boda con Sarita Villamarín. Consultó el problema con su madre y ella le aconsejó que no le dijera nada a nadie. Yo hablé mucho con Dios y con la Virgen del Carmen mientras te esperaba, le dijo, y Ellos me escucharon, estoy segura. El omóplato es una parte del cuerpo que no sirve para nada, y esto no tiene por qué estar relacionado con la enfermedad de tus hermanos, que siempre empezó afectando a las extremidades, los brazos o las piernas. Ni se te ocurra mencionárselo a Sara, ¿para qué? La disgustarías sin necesidad, por una tontería…

A pesar de que no se había atrevido a volver sobre el tema desde que don Antonio creyó darlo por zanjado con aquella mirada fu–ribunda, Sarita estaba segura de que el último sábado de mayo celebraría su dieciséis cumpleaños con un guateque. Esa seguridad obedecía a un mecanismo de pura costumbre. Siempre, desde siempre, Sarita se había salido con la suya, y más que nunca en las ocasiones especiales, como la Navidad o los aniversarios. Mimada y consentida hasta más allá del último límite saludable por una mujer condenada desde su juventud a convivir maritalmente con la amargura, Sarita estaba acostumbrada a tener más cosas, más nuevas, más bonitas, más modernas y más caras que cualquiera de sus amigas, y a no preguntarse jamás por qué. Las preguntas sobraron mientras las lágrimas se encargaban del trabajo sucio con eficacia. Doña Sara acusaba el llanto de su ahijada como un fracaso personal, y recurría a cualquier medio que estuviera al alcance de su cuenta corriente para remediarlo. Era cierto que, en los dos últimos años, desde que empezó a sentirse en su cuarto como en una ilustración de «Alicia en el País de las Maravillas», justo después de que la protagonista del libro mordiera esa galleta que la hacía crecer desmesuradamente, Sarita percibió que su relación con su madrina estaba empezando a cambiar, pero no le dio importancia, porque ninguna de sus amigas se llevaba ya bien con su madre. Todas las madres intentaban prolongar a la desesperada la extinguida infancia de sus hijas, todas coincidían en prohibir que

se pintaran, que llevaran tacones, que salieran con chicos, que llegaran más tarde de las nueve, y luego de las nueve y media, y finalmente de las diez de la noche. Todas las hijas se resistían, chillaban, se enfadaban, se echaban a llorar, llegaban tarde a casa por sistema, mantenían sus noviazgos en secreto y echaban el pestillo para encerrarse en su cuarto. Su caso no tenía por qué ser diferente, excepto en el detalle de que ella, al final, se salíasiempre con la suya, igual que antes. Sarita creía que este forcejeo perpetuo justificaba de sobra las señales de cansancio que afloraban al marchito rostro de su madrina en una fase cada vez más precoz de sus encarnizadas discusiones, y nunca se le ocurrió atribuir otro significado a la desgana con la que doña Sara acababa cediendo al final. Ésta tampoco mencionó jamás ante su ahijada las claves ocultas de aquel conflicto, gratitud, ingratitud, infancia, madurez, compromiso, plazo, palabras que mantenía a raya en el borde de sus labios, sin consentirse a sí misma el alivio de pronunciarlas por una extraña mezcla de orgullo y pudor.

Por eso, a primeros de abril, y aprovechando una visita de Amparito, la otra ahijada de doña Sara, una sobrina segunda suya que vivía en Oviedo y a la que su madrina no le tenía cariño, Sarita decidió empezar a estar triste, a suspirar sin motivo por el pasillo, a quedarse callada de repente con los ojos fijos en el vacío y un silencio amargándole la boca. Ya era un poco mayor para llorar, pero confiaba en que aquel súbito acceso de melancolía, que durante toda la Semana Santa contrastó con la ñoñería cursi y provinciana de Amparito, resultara suficiente. Sara Villamarín Ruiz nació por sorpresa, cuando su madre se había cansado ya de repetir a cada paso que Dios estaba loco, tantos pobres cargados de críos sin un trozo de pan que llevarse a la boca, su única hermana, casada con un chupatintas asturiano de poca monta, pariendo hijos un año sí y otro no, y ella con el sueño intacto de tener un bebé entre los brazos y una docena de sábanas de cuna apolillándose en un cajón. El señor Villamarín, dispuesto a todo antes que a dejarle un duro a sus sobrinos políticos, estaba considerando ya la posibilidad de reconocer a algunos de sus hijos naturales cuando su mujer, que a los cuarenta y cinco años creía haber consumidoel último trago de su infertilidad, le anunció, con más estupor que júbilo, que no estaba menopáusica, sino embarazada. Aquello, más que una buena noticia, era un milagro, y todo se desenvolvió con la natural facilidad con la que acontecen esa clase de prodigios. En el otoño de 1915, la madre añosa parió, sin más dificultades que las previsibles, a una niña sana y sonrosada, y su padre, que había creído preferir un varón hasta el instante en que la miró a la cara, tiró la casa por la ventana y se juró a sí mismo que nada ni nadie impediría que aquel bebé llegara a ser una mujer feliz. Pero ni siquiera el amor más intenso es capaz de invertir la marcha de los relojes, y a medida que el cuerpo de su hija crecía en estatura, aumentaba también el aburrimiento de una niña abocada a vagar sola por las estancias de un piso inmenso y sombrío, con las persianas siempre entornadas y un ejército de criados achacosos que seguían ejecutando con puntual indiferencia los ritos domésticos instaurados por un cuarto de siglo de vida sin niños, ignorando los requerimientos de ese estorbo con piernas al que se referían respetuosamente como «la señorita». Para remediar su