soledad, la señora de Villamarín invitaba a pasar temporadas de vez en cuando a una sobrina suya que se llamaba Amparo, pero ésta, aun siendo la menor de sus hermanos, era bastante mayor que su hija, y las dos niñas, que se tenían cariño, no se divertían mucho juntas. Durante muchos años, con Amparo o sin ella, en aquella gran casa de la calle Velázquez la salvación se llamó Sebastiana. Sarita la seguía a todas partes, con la tenaz admiración que habría volcado en los hermanos mayores que no tenía, y apreciaba su brío y su energía como un raro tesoro. Sin embargo, cuando Sebas se casó, la señorita ya era muy bien recibida en los selectísimos círculos sociales que frecuentaban sus padres, y no la echó de menos.Poco después, anunciaba su compromiso con Antonio Ochoa Gorostiza, un chico joven y guapo, de muy buena familia y con perspectivas de heredar una fortuna considerable, aunque indiscutiblemente menor que la que estaría a su propia disposición en pocos años, para que sus padres acogieran la noticia con un alborozo tan firme como la certeza de haber hecho ya por su hija todo lo que estaba en sus manos hacer.
Temerosos de no llegar a conocer a sus nietos, coincidieron con su futura consuegra en la conveniencia de no dilatar mucho la boda, y celebraron la entereza de aquella mujer que se mantuvo firme en la fecha señalada a pesar del lamentable accidente que le había costado la vida a su hija Carmencita. El accidente, del que nunca llegaron a conocer los detalles, consistió en que aquella desdichada se las arregló para tragarse, sin otra ayuda que su propia saliva, todos los calmantes de un tubo que sólo pudo sostener apretándolo con su único dedo hábil contra la palma de la mano derecha. Cuando la encontraron muerta, tenía la boca llena de pedacitos de una pasta blanca salpicada de motas rosa, restos de las últimas pastillas que masticó con furia al no ser ya capaz de ingerirlas. Su entierro, más clandestino que íntimo, no empañó la brillantez de la boda de su hermano Antonio, que se celebró unas semanas después, en la primavera de 1935. Los invitados dejaron de comentar que el novio valía más que la novia cuando Sarita apareció con un espléndido vestido de raso blanco y un velo kilométrico de encaje de Malinas sujeto por una diadema de perlas y brillantes que habría podido competir con las de Victoria Eugenia, y disfrutaron enormemente de la solemnidad de la ceremonia y de la opulencia del banquete, que convirtió los salones del Ritz en un oasis de bienestar y tradición, una privilegiada medicina para el espíritu en aquel Madrid lleno de obreros arrogantes ypasquines revolucionarios, que se levantaba cada mañana un poco más hostil, un poco más desconocido y peligroso. Todos lloraron pero, sobre todo, lloró la madre del novio, que alternaba las lágrimas con sonrisas radiantes. No era para menos. Acababa de endosarle un futuro inválido a una de las herederas más ricas de la capital. Antonio Ochoa Gorostiza, que se quejaba de vez en cuando de un extraño, indoloro hormigueo que se apoderaba por sorpresa de la mitad derecha de su espalda, estaba ya casado con Sara Villamarín Ruiz. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Y para toda la vida. Los lunes eran días de colada y limpieza general. Los martes, a media mañana, venía una mujer que se encargaba de planchar y almidonar la ropa recién lavada.
Sarita apenas la conocía, porque estaba todo el tiempo encerrada en el cuarto de la plancha pero, a cambio, se divertía mucho con Pura, la zurcidora de los miércoles, que era mucho más sociable y prefería sentarse a remendar la ropa en un rincón de la cocina, dándole palique a la cocinera. Ella se encargaba también de la costura basta, y confeccionaba paños, gamuzas, delantales, fundas para los muebles y otros trabajos que no requirieran más pericia que la tenacidad de sus puntadas. Un par de veces al año venía también doña Alicia, la modista que se ocupaba de la ropa de Sarita y, sólo muy de vez en cuando, conseguía algún encargo de la dueña de la casa. Nada la hacía más feliz que aquellas aisladas muestras de confianza de doña Sara, porque sabía que la señora de Ochoa se vestía en una gran casa de modas situada al lado de la Puerta de Alcalá, y por eso se esmeraba tanto en el vestuario de su ahijada, para quien llegó a hacerse odiosa a base de probarle cuatro o cinco veces cada vestido. Los jueves a media mañana aparecía Encarna, la peluquera de la seño–ra, que no se acababa de animar a ir a la peluquería y prefería arreglarse en casa, como se había arreglado su madre toda la vida. El ciclo se completaba los viernes por la tarde con la visita de la manicura, Encarnita, la hija de Encarna. Desde que cumplió quince años, Sarita empezó a coincidir con su madrina en esa cita, que se convertía en una semanal fuente de conflictos cada vez que ella advertía que quería pintarse las uñas de rojo para que doña Sara desautorizara enseguida cualquier esmalte que no fuera un simple barniz transparente. Al margen de estos altercados rituales, la vida de Sara Gómez Morales era tan ordenada como la marcha de la casa donde vivía. Se levantaba todas las mañanas a las ocho en punto, consumía con apetito el desayuno que la estaba esperando en una bandeja, iba andando al colegio, volvía a casa para comer, regresaba a tiempo para las clases de la tarde, alargaba el definitivo camino de vuelta charlando con sus amigas, merendaba, hacía los deberes, salía de paseo o de compras con su madrina, encontraba el baño preparado a las ocho y cuarto, se bañaba, se ponía alguno de sus juegos de bata y camisón, cenaba y, un rato después, se iba a la cama. El único cambio que el paso del tiempo llegó a introducir en este esquema fue responsabilidad de Juan Mari, que la llamaba por teléfono todas las noches y algunas veces iba a buscarla a media tarde, para que saliera un rato con él a tomar un café o a dar un paseo. A Sarita le encantaban estas visitas, pero una tarde de abril, cuando todavía tenía el teléfono en la mano porque acababa de quedar con su novio en verse media hora después, tuvo que llamarle a toda prisa para cancelar la cita. Doña Sara acababa de advertirle que esa tarde no podía salir porque tenía que acompañarla a la modista. ¿Qué le pasa a doña Alicia?, preguntó ella, extrañada, ¿está enferma? No, doña Sara son–rió, no vamos a ver a doña Alicia, vamos a ir a otro modisto, a mi modisto… Si vas a dar una fiesta por tu cumpleaños, necesitarás un vestido nuevo, algo especial, y tenemos que escogerlo ya, no nos queda mucho tiempo…
Arcadio Gómez Gómez pensaba que no le interesaba la política, pero la primera vez que oyó hablar de la conciencia de clase aprendió a ponerle un nombre a su rabia.
Aquel descubrimiento le cambió la vida. Su padre, que creía en Dios y en que siempre tendría que haber ricos y pobres, le advirtió que a él no le viniera con paparruchas.
Su novia, que compartía esa indolente conformidad con la miseria a la que él no había querido resignarse nunca, le pidió que no se metiera en líos, ahora que les faltaba tan poco para casarse. Pero Arcadio no se desanimó. Él quería a su padre, que había trabajado como una bestia de carga para asegurar el pequeño decoro con el que vivían, y estaba muy enamorado de Sebas, pero sentía que en su corazón había espacio de sobra para más gente, y cuanto más pensaba, mejor comprendía que también se debía a ellos, a todos los desconocidos de su otra familia, la infinita familia universal de los que no tienen nada. Por eso se afilió al sindicato, empezó a asistir a todas las reuniones y, al final, cuando comprendió cómo podría ser más útil, se apuntó al curso de alfabetización que organizaba don Mario, un joven maestro de escuela que, después de pasarse el día entero bregando con los dichosos críos, enseñaba a los obreros a leer y a escribir en su propia casa, sin cobrarles más que su propia fe. A Sebas se le saltaron las lágrimas la primera vez que su marido le leyó de corrido el rótulo de un escaparate. Sólo por eso, y por lo guapo que se ponía Arcadio cuando intentaba convencer a los demás de que tenía razón, empezó ella a mirar con simpatía aquella causa. En pocos años, aquel hombre que traba–jaba desde que cumplió siete y nunca había tenido tiempo para ir a la escuela, empezó a hablar mejor que un cura, usando unas palabras muy raras que su mujer, metida todo el día en casa, lavando pañales, no podía entender al escucharlas por primera vez. Arcadio se las explicaba despacito, igual que don Mario se las había explicado a él cuando iban juntos a tomar un vaso de vino después de clase, omitiendo sólo una, el solitario escollo con el que él mismo tropezaba una y otra vez desde que emprendió aquel viaje tan largo, el punto débil de la imprescindible teoría que Sebas asimilaba deprisa, moviendo la cabeza con progresiva vehemencia. Cuando Arcadio le preguntó qué significaba exactamente aquello del internacionalismo proletario, el maestro le miró con extrañeza. Él aclaró enseguida que lo del internacionalismo lo entendía, pero lo otro no. Don Mario sonrió antes de contestarle que la palabra proletario venía de prole, y aludía a la condición de los trabajadores, porque la única posesión de un obrero son sus hijos. Arcadio arrugó las cejas. Sebas y él, que llevaban casados poco más de tres años, tenían ya dos críos, y hasta la fecha vivían peor y no mejor que al principio. No le entiendo, don Mario, respondió después de un rato, los hijos son bocas de más, hay que comprarles ropa todo el tiempo, porque crecen sin parar, y medicinas, porque se ponen malos cada dos por tres. Que no, Arcadio, insistió don Mario, piénsalo bien, hombre… Los hijos son la única riqueza que tenemos los pobres. Si usted lo dice, concedió él, pero siguió pensando lo mismo para sus adentros, pues sí, menuda gilipollez…