Doña Sara iba pensando en un vestido blanco, corto, moderno, pero del mismo color que el traje de noche que ella estrenó en el baile de su puesta de largo. Siempre había sabido que su ahijada no llegaría a presidir nunca un bailecomo
aquél, pero la fiesta de cumpleaños que ella se empeñaba en llamar guateque era, al fin y al cabo, el primer acto social de cierta relevancia organizado en su honor. Si Sarita hubiera llegado a escuchar alguno de estos razonamientos, se habría partido de risa.
Por supuesto, ni a ella ni a ninguna de sus amigas se les había pasado jamás por la imaginación la posibilidad de celebrar cualquier clase de ceremonia de puesta de largo. En 1963 no se podía concebir nada más ridículo, nada tan cursi, ni tan hortera, como aquella paletada del debut social. Por eso, cuando la meliflua directora de aquella tienda inmensa, lujosa y laberíntica como un ministerio, empezó a proponerles modelos juveniles, Sarita escogió para sus adentros un chillón estampado italiano de todos los colores y diseño radicalmente pop. En el estratégico momento que la vendedora y sus ayudantes escogieron para dejarlas solas en una de las salitas donde recibían a sus mejores clientas, doña Sara abogó por el blanco, y Sarita defendió los colores pero, por una vez, su discrepancia no llegó a desembocar en una verdadera discusión, porque las dos se apresuraron a convenir enseguida en un vestido amarillo de seda salvaje que estaba tan lejos de la monótona elegancia nacional como de la indeseable extravagancia importada. Sarita estaba muy conmovida por la generosidad de su madrina, que había tenido que embarcarse en una complicada operación para mantener a su marido al margen de sus planes. Don César se había prestado de buen grado a la travesura, pero mover a don Antonio era muy complicado, por más que aquella finca de la provincia de Toledo donde iba a reunirse con sus amigotes quedara a menos de hora y media en coche. Doña Sara, a su vez, había decidido que haría cualquier cosa con tal de que la niña disfrutara de aquel cumpleaños tan especial. Se mantuvo firme en su decisiónincluso cuando la directora de la tienda dio por sentado que encargarían unos zapatos forrados con la misma tela del vestido. Ella sabía que Sarita le sacaría mucho más partido a un buen par de zapatos de vestir de piel negra, pero cuando se lo advirtió, y antes de que la decepción llegara a instalarse definitivamente en las comisuras de sus labios, se corrigió sin vacilar, sobre la marcha, pues si tú los quieres forrados, forramos los zapatos, hija… Y no se hable más.
El 19 de julio de 1939, Sebastiana Morales Pereira se detuvo un momento entre los dos leones de mármol que flanqueaban la escalera de aquel portal para sacar del bolso un pañuelo oscuro con el que se cubrió la cabeza, asegurándolo con un nudo justo debajo de la barbilla. Ella nunca llevaba pañuelo, pero pretendía que su aspecto se asemejara lo más posible al que tenía la señora de Ochoa cuando llamó a la puerta de su buhardilla de la Corredera, tres años y cuatro días antes, el 15 de julio de 1936. En aquellos días, los ricos no se atrevían a pasearse vestidos de ricos por los barrios populares de Madrid, y Sebas no fue capaz de reconocer a la primera a aquella mujer humilde, humildemente envuelta en un abrigo de paño gris con las coderas rozadas, el rostro semioculto tras el cerco de un pañuelo negro. Esta tarde nos vamos a San Sebastián, le dijo Sarita entonces, mientras aceptaba, su barbilla ya erguida, en su sitio, el café con leche que Sebas le ofreció, mis padres llevan allí un mes y medio, se fueron a primeros de junio,
como todos los años, pero Antonio se empeñó en quedarse aquí hasta que las cosas se aclararan, no quería dejarlo todo abandonado de repente, todo lo que tenemos está aquí, nuestra casa, nuestros bienes, todo, ya lo sabes, pero ahora, después de lo de Calvo Sotelo… No sé, yo tengo mucho miedo, te lo digo sinceramente, estono sólo no se aclara sino que está cada vez más negro, total, que nos vamos de Madrid, y yo quería que lo supieras, y quería pedirte un favor… El portero había cambiado. Sebas no conocía al energúmeno que se precipitó sobre ella para preguntarle a qué piso iba y ordenarle que subiera por la escalera de servicio. Ella obedeció sin rechistar. Al salvar los primeros peldaños se preguntó qué habría sido del portero anterior, aquel asturiano tan simpático que le daba conversación cuando iba de vez en cuando a echarle un vistazo al piso de sus señores para comprobar la eficacia del documento que ella misma había clavado en la puerta principal con cuatro clavos. Aquel papel le había costado una bronca tremenda con su marido. Todavía recordaba las palabras de Arcadio, nunca cambiarás, Sebastiana, tú no, tú sigues estando para lo que te manden porque no sabes vivir sin amo, y el desprecio con el que le tiró encima de la falda una hoja de papel escrita a máquina, «Este local ha sido incautado por el Sindicato Metalúrgico de Madrid de la Unión General de Trabajadores», dos líneas sin firma rematadas con un sello impreso en tinta roja, un sello bien grande y bien visible con tres poderosas mayúsculas debajo, UGT. Aquel papel, que alguien habría arrugado y tirado a la basura después de bruñir la placa de bronce con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que había debajo, se había convertido en el seguro de vida de Arcadio Gómez Gómez, condenado a muerte por un Tribunal Militar a primera hora de la mañana. En eso, al menos, confiaba su mujer mientras tocaba el timbre del cuarto piso, aunque esa esperanza no le impedía masticar una rabia desordenada y espesa, una angustia que sólo habría podido resolverse en el ansia brutal de destrozar aquella puerta a dentelladas. Sin embargo, cuando una doncella le preguntó qué deseaba, se limitó a decir en voz bajaque se llamaba Sebastiana Morales y que necesitaba ver a la señora. Sarita la recibió en la sala contigua a su dormitorio y la escuchó en silencio, hasta el final. Ayúdame, Sara, tú ahora puedes, y él es bueno, no ha hecho nada, nada, no merece morir, no se lo merece…