por culpa de un tocadiscos, no había vuelto a tener amigos. La desconfianza universal, sin límites ni fisuras, con la que se había armado hasta los dientes para pagar el precio de una carrera de taxi, de la calle Velázquez a Concepción Jerónima, no le había permitido afrontar un riesgo semejante. Pero aquella carencia no la inquietaba, porque siempre tenía demasiadas cosas que hacer, y a su alrededor no faltaba gente amable, incluso simpática, a la que devolver cada saludo con una sonrisa equitativa, convencional. Antes de desaparecer sin dejar señas, Sara Gómez tenía muchos conocidos, vecinos, compañeros de trabajo, parientes más o menos lejanos con los que a veces quedaba para ir al cine o de compras, con la invariable sensación de que le habría dado lo mismo hacer sola lo que estaba haciendo en su compañía.
No echaba de menos la capacidad de asombro, la fe o la alegría que había logrado olvidar a fuerza de no querer recordarlas, porque sabía que esa desconfianza que la había endurecido por dentro era también la clave de su fortaleza, la viga insobornable, maciza y solidísima, que la mantenía en pie cuando más intenso era su deseo de derrumbarse. La única condición que había permanecido estable en todos los cambios de rumbo de Sara Gómez era el designio implacable de avanzar, de seguir adelante, siempre adelante, y sin embargo ya no le bastaba la certeza de que la primavera llegaría sin falta después del invierno. Este desvalimiento imprevisto, repentino, la desafiaba como el testimonio de un error oculto, un descuido embozado en su soberbia de calculadora consciente de no haberse relajado jamás. Pero cuando se cansó de reírle la gracia al destino, cuando se resignó a aceptar la soledad y esa lenta hostilidad de los relojes como un requisito más de la trabajosa paz que acababa de firmar consigo misma, cuando comprendió que había avanzado siempre en la misma dirección para encontrar un lugar en el que detenerse, y hacer una raya en el suelo, y atravesarla de un salto, y levantar los ojos para afrontar al fin un horizonte neutro y transparente, un paisaje sin caminos ya trazados, un mapa mudo que cabía ahora en los límites de una urbanización de playa y casas blancas, sólo entonces, se desprendió definitivamente de los razonamientos del pasado y comprendió del todo su nueva situación. Hasta aquel momento había vivido para vengarse.
Ahora tenía que aprender a sobrevivir a las consecuencias de la venganza. Su objetivo había cambiado, y con él su vida, y el ritmo de sus días, sus placeres y sus necesidades. Nunca había tenido en cuenta todo esto porque no podía anticiparse a una realidad que desconocía, aunque lo había intuido al final del verano, mientras Andrés y Tamara contaban con los dedos sus últimos días de vacaciones para que ella se asombrara echándoles de menos por anticipado, sin percibir ningún cambio en sí misma mientras esas escamas antiguas, durísimas, coriáceas, en las que había cifrado su capacidad de subsistencia, se desprendían de su ánimo y caían al suelo sin hacer ruido, repentinamente blandas, ingrávidas y leves como plumas.
La desconfianza la había construido, la había dirigido, la había convertido en la mujer que había sido hasta entonces, pero ya no era útil. Ni la ayudaba a
comprender el mundo ni la protegía de sus amenazas. Nada amenazaba a Sara Gómez en la isla blanca donde había elegido vivir ahora. Este descubrimiento no aceleró la marcha de los relojes, pero terminó de devolverle, aunque fuera demasiado poco, demasiado tarde, una forma de mirar, de relacionarse con los demás sin calcular sistemática, previa y obligatoriamente todas las consecuencias posibles de cada palabra que pronunciaba, de cada gesto que insinuaba, de cada movimiento que emprendía. Cincuenta y tres son demasiados años para reconquistar la inocencia, pero aún son capaces de recuperar la curiosidad con alegría.
Maribel fue la primera persona que la ayudó a corregir su punto de vista, porque era la única con la que estaba segura de encontrarse sin falta todos los días, de lunes a viernes. Sara no había considerado en absoluto factores como la compañía o la conversación cuando la contrató, pero, a cambio, se sintió incómoda, incluso un poco ridícula, al deducir de sus comentarios y sus preguntas la extrañeza que le inspiraban los requisitos de su nueva patrona, una mujer de mediana edad que vivía sola, y de cuyo pulcro aspecto no se habría atrevido a esperar unas condiciones como aquéllas, cuatro horas diarias para limpiar una casa grande, pero no enorme, sin perros, ni enfermos, ni niños. La verdad es que, desde el primer día, Sara se propuso ensuciar todo lo que podía, y más de una vez, después de llevar un vaso o un plato a la cocina, volvió a buscarlo para dejarlo donde estaba antes. Aprender a dejar las toallas tiradas en el suelo al salir del baño le costó un poco más, pero ni siquiera entonces se planteó renunciar a la exigencia sentimental que le obligaba a un lujo tan superfluo. Aquella íntima reivindicación acabaría señalando el camino que la devolvería a intimidades de distinta naturaleza, pequeños territorios de confianza que admitían la presencia de otras personas. Primero fue Andrés. Luego Tamara. Finalmente, la propia Maribel. Tenían el poniente metido en los huesos, y la tristeza del cielo se derramaba sobre la costa, sobre los campos, sobre las casas, embadurnándolo todo con un color sucio, impreciso, un gris de plomo matizado apenas por el marrón del barro. Sara sentía las nubes, que no llegaban a desatarse en lluvia pero rociaban todas las superficies con una finísima película de agua, en los párpados, en la boca, en la garganta. No tenía ganas de nada, y hacía lo imprescindible muy despacio. Las palmeras y las piscinas, la cal y las buganvillas, los chiringuitos de techo de palma y las bicicletas arrumbadas en las esquinas compartían su desconcierto, el desánimo del Sur cuando se levanta una mañana en una postal del Norte. Y sin embargo, el día en que por fin empezó a llover, Maribel entró en su casa canturreando una rumba del último verano y con una sonrisa que no le cabía en la cara. Así depositó sobre la mesa de la cocina un extraño paquete, un objeto grande y redondeado que había protegido del agua con una bolsa de plástico puesta al revés. —Tome. Es para usted. —¿Para mí? —Sí. Es un regalo. —¿Un regalo? –Sara tiró con cuidado del borde de la bolsa y destapó una cesta de