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mimbre rellena de tierra con violetas africanas de todos los colores, moradas, rosa, fucsias, blancas y azules–. ¡Son preciosas, Maribel! Gracias, muchísimas gracias, de verdad. Pero no sé por qué…

—Espere, espere… –Maribel la detuvo con un gesto de la mano y se sentó frente a ella, envuelta en su gabardina todavía, el bolso colgando del hombro–. No se lo va usted a creer, pero es que… Yo tampoco me lo podía creer, pero… Me ha pasado algo muy bueno, y tengo que celebrarlo. Verá… –se llenó los carrillos de aire para dejarlo escapar lentamente, y luego, después de mover la cabeza un par de veces, renunció a resumir, y siguió hablando–. Mi abuelo, el padre de mi padre, tenía un campo en las afueras del pueblo, ¿sabe?, por donde el antiguo camino de Chipiona, a la altura de la playa de la Ballena. Es un campo grande, de tierra buena, pero queda muy lejos, y por eso, desde que él se murió, nadie ha vuelto a cultivarlo. Antes, cuando yo era pequeña, daba gusto verlo. Mi abuelo se iba en burro todos los días, y sembraba papas, calabazas, melones, tomates, pimientos, claveles… Siempre sembraba claveles, y los vendía muy bien, y nos regalaba los que se tronchaban, teníamos la casa llena de flores. Bueno, pues el caso es que luego, cuando él se murió, nadie quiso seguir. El campo es muy ingrato, ya sabe, y sus hijos tenían otros oficios, y mis primos, pues tampoco quisieron dedicarse a eso, total, que ahí estaba el campo, echado a perder. Hasta que a principios del verano apareció un constructor de Sanlúcar diciendo que le gustaría verlo. Estuvo allí un montón de veces, llevó a gente para que lo midiera, hizo un par de agujeros para saber qué suelo había debajo, y dijo que quería comprarlo. Ofreció cincuenta millones, fíjese, por ese campito que nosotros creíamos que no valía nada, que no le hacíamos ni caso, cincuenta millones… Claro que lo que él quiere es construir, y está muy cerca de la playa. Un poco metido, pero muy cerca, a unos diez minutos andando, como mucho. Lo sé porque he hecho ese camino muchas veces. Y ya sabe usted cómo están construyendo por ahí, que han levantado un pueblo entero en un par de años. Total, que yo sabía todo esto, pero no me hacía ilusiones, porque a mi padre, que en paz descanse, le habrían tocado doce, ¿no?, pero yo creía que se los iba a quedar mi madre, como es lógico, y a mí no me iba a dar un duro, eso desde luego… Bueno, pues ayer mi hermano me dijo que no, que nos vamos a repartir la parte de mi padre entre nosotros tres, porque resulta que mi abuelo había hecho testamento, ¿sabe?, que yo no tenía ni idea, pero lo había hecho, porque se casó dos veces, y cuando conoció a mi abuela ya era viudo y tenía un crío pequeño, Jose, que siempre ha sido mi tío, y el hermano de mi padre, y el de los otros dos, aunque tuviera otra madre, que de eso no hemos hablado nunca en mi familia porque él llamaba a mi abuela mamá, y la abuela siempre decía que era su hijo mayor, y tan contentos… Pero por si las moscas, se conoce, mi abuelo hizo testamento, y lo dejó todo muy claro.

Y el campo de la Ballena, que entonces era el que menos valía, no se lo dejó a sus hijos, sino a sus nietos, y no a todos de la misma manera, porque dejó dicho que había que hacer cuatro partes, una por cada hijo, y repartir entre los hijos de cada uno a partes iguales.

Fíjese –la miró con los ojos muy abiertos, una sonrisa salvaje que dejaba ver

todos sus dientes–, y nadie se acordaba.

—O sea –recapituló Sara– que a ti te tocan cuatro millones.

—Pues sí, porque como mi abuelo se murió hace un porrón de años, pues ya no

hay que pagar impuestos de ésos, de las herencias… Ea.

¿Qué me dice? Habría dado media vida por ver la cara que se le puso a mi madre

en el despacho del notario cuando le dijo que no, que no se podía firmar lo de la

venta porque la propietaria no era ella, sino sus hijos. Total, que dentro de quince

días se firma otra vez, y nos pagan ya una parte.

Otra la cobraremos en enero del año que viene, y la última en marzo. ¿A que es

increíble?

—No, Maribel, increíble no…

–Sara se echó a reír–. Es maravilloso. Me alegro muchísimo por ti, y por Andrés,

claro. ¿Y qué piensas hacer con el dinero?

—No lo sé, es que ni lo he pensado todavía… Pero irme a Disneyland París con el

niño, eso seguro, o si no al otro, al que está en América, el Disney no sé qué ese,

que es más grande. Y luego, a lo mejor me compro un coche.

Claro que tendría que sacarme el carné, pero bueno… Me lo saco y ya está. Y..,

no sé, no he tenido tiempo para pensarlo…

Maribel no podía saber que a Sara le sobraba tiempo y le faltaban cosas nuevas

en las que pensar, pero no tardaría mucho tiempo en descubrirlo. Ignoraba

también otros detalles del pasado de su patrona, factores aparentemente nimios,

como el valor simbólico de las plantas que se compran en las tiendas o el de la

piel deslucida y roja de sus manos incansables, y otros más consistentes, como el

reflejo que aquella mañana, mientras dudaba en voz alta, sentada en una silla de

la cocina, envolvió su figura, desarmada y perpleja frente a un golpe de suerte,

ante los ojos de una mujer que se había pasado la vida esperando una sola

oportunidad que aprovechar. Esto no llegaría a saberlo nunca, y sin embargo la

historia de aquella mujer a la que apenas conocía cambiaría el rumbo de su vida

de una manera decisiva, con una autoridad, un impulso que el testamento de su

abuelo nunca habría logrado desarrollar por sí solo.

Aquel día, Sara pensó mucho en Maribel. Seguiría pensando al día siguiente, y al

otro, y al otro, mientras se daba cuenta de que el dinero que su asistenta aún no

había cobrado empezaba a presionarla, a obsesionarla, a obligarla a maquinar

constantemente el mejor procedimiento para gastarlo deprisa.

Sara también conocía esa sensación, la urgencia de los billetes que queman en los

dedos, la contradicción que retuerce por dentro a quienes nunca han tenido nada,

cuando de repente la fortuna les llena las manos con una generosidad relativa,

perversa, porque en el regalo de la suerte va incluido el impulso de malbaratarla

de inmediato, y una vieja nostalgia de las manos vacías. Ella estaba

acostumbrada a ocuparse de otras personas, a estar pendiente de su estado, a

cuidar de ellas, pero siempre se había guardado sus opiniones para sí misma.

Nunca había estado lo bastante cerca de nadie como para intentar influir en su

vida.

Y sin embargo, la atolondrada ansiedad de Maribel, mientras enumeraba en voz

alta las opciones más insensatas, radicalmente perdida, indefensa ante los

anuncios de la televisión, llegaron a conmoverla tanto que una mañana, cuando

ella dudaba ya entre la depilación electrónica y una moto acuática para su hijo,

sin descabalgar jamás del viaje a Disneyland París, recordó que su asistenta

siempre le había parecido una mujer inteligente, y le obligó a estar de acuerdo

con ella.

—Buenos días, Maribel –aquella mañana no le dio la opción de saludar primero,

como de costumbre, y tampoco esperó a que le devolviera el saludo–. Siéntate

aquí, que te quiero hacer una pregunta, anda.

Vamos a ver. ¿Tú cuánto ahorras?

—¿Yo? –preguntó ella a su vez, cuando asimiló la que se dijo que debía de ser la

pregunta más idiota que aquella señora tan lista se había arriesgado a formular

jamás–.

¿Yo… qué?

—Que cuánto ahorras, mujer…

Cuánto dinero, de todo lo que ganas, te sobra cada mes.

—¿A mí? –y aunque sabía de sobra que no había nadie más en toda la casa,