una cerveza en paz, así que no digamos para ir a ligar… Por alguna parte tenía
que salir, mujer, no me parece tan grave.
—¡Ah! ¿No? ¿Eh? –Maribel no fue capaz de articular una respuesta más compleja,
pero manifestó una disconformidad fronteriza con el desprecio levantándose
inmediatamente para ir al fregadero y ponerse a lavar las tazas con tanto ímpetu,
con tanta entrega, como si el destino del universo entero dependiera de su
eficacia.
—Pues no, ésa es la verdad.
Y no es que los hombres puteros, así, de entrada, me caigan simpáticos, pero la
vida es muy complicada, mucho, y tú deberías saberlo…
Ella no quiso contestar, y en el silencio que se abrió a continuación, Sara Gómez,
que se había dicho muchas veces, sin ir más allá de la simple extrañeza, que era
muy raro que un médico cualquiera abandonara una plaza fija en un hospital de
Madrid para trasladarse a otro de Jerez, empezó a preguntarse qué motivos
habrían impulsado a Juan Olmedo a emprender aquel viaje, como si la revelación
de Maribel, a la que no concedía ningún valor moral, representara sin embargo
una de las claves de aquel misterio. Lo cierto es que a ella también le resultaba
muy difícil imaginar a su vecino en un bar de putas, pero cuando más absorta
estaba en aquel enigma, Maribel se dio la vuelta y la miró un instante antes de
estallar.
—Lo que es una pena es que usted no se haya casado. ¡Hay que ver! Menudo
chollo se ha perdido el que hubiera llegado a ser su marido. Usted es que lo
comprende todo, ¡qué barbaridad!, pero todo todo… Cómo se nota que ha tenido
usted suerte en la vida, cómo se nota…
—¿Cómo te llamas?
—Elia, ya lo sabes.
—No, me refiero a tu nombre de verdad.
—¡Ah! –ella se echó a reír, dejando ver su dentadura fea, como de gato, una piña
de incisivos estrechos y amarillentos entre dos colmillos rematados en punta–.
Pues casi igual…, Aurelia.
—Muy bien –Juan Olmedo asintió con la cabeza, pensando que a aquella chica tan
guapa le iría mejor si renunciara a la alegría durante su jornada laboral–. Así me
costará menos trabajo llamarte Elia.
Ella volvió a cerrar los labios, pero los mantuvo curvados en una sonrisa
convencionalmente traviesa que le favorecía mucho más. Juan, que se vestía
despacio, sentado en el borde de la cama, la miró con atención, como si nunca la
hubiera visto antes. De cerca, y con las luces encendidas, no se parecía tanto a
Charo, pero su rostro evocaba el mismo tipo de belleza tormentosa y nocturna,
desasosegante, plena, una oscura perfección que se manifestaba con arrogancia
en los rasgos donde suele asentarse el fracaso de la mayoría de las caras de
mujer. El ángulo de las mandíbulas, la forma de la barbilla, el relieve de los
pómulos, la nariz, integraban un conjunto tan armonioso, una geometría tan
equilibrada como la que podría haber inspirado el ideal de un dibujante
renacentista, un sereno reflejo de mármol desbaratado por la sorpresa de los ojos
negros y hondos, peligrosos, calientes. Nadie la elegiría para hacer de doncella
ingenua en una película pero, a cambio, podría resultar una villana irresistible
para los espectadores inexpertos en mujeres fatales, cualquier hombre que no
hubiera tenido la oportunidad de aprender en qué se quedan esa clase de amenazas. Juan sabía que, a pesar de todo, y hasta de la fatalidad que parecía envolver todos sus gestos, Charo nunca había dejado de ser una buena chica. Elia también lo sería, aunque su rostro careciera de la estratégica carnosidad, el grosor de los labios y un relleno mínimo, pero exacto, en las mejillas, que impregnaba la expresión de su cuñada con una misteriosa mezcla de perversidad y de dulzura.
Su cuerpo, sin embargo, parecía una copia de aquel que había perdido, un modelo antiguo, juvenil, que acusaba el mismo tipo de deseable desproporción que florecía en la Charo de sus primeros encuentros, antes del embarazo. Los pechos y las caderas parecían excesivos en comparación con los brazos delgados, con una cintura tan estrecha, con las aristas que soldaban los hombros y la clavícula para componer un disciplinado caos de volúmenes tensado por una piel lisa y brillante, que aún conservaba cierta calidad infantil. Ella, que no tendría más de veintidós, veintitrés años, le miraba de lado, recostada sobre la cama, y Juan intentó imaginarla cuando hubiera cumplido diez, quince más, al cabo de transformaciones idénticas a las que habían equilibrado al fin el cuerpo de Charo para hacerlo más regular, más redondo, más macizo, ensanchando su cintura, el diámetro de sus brazos, de sus muslos, para deshacer la desproporción anterior sin que empezara a gustarle menos por eso. Charo le gustaba de todas las maneras. A veces, cuando todavía estaba viva, cuando aún disponía de un futuro sobre el que fantasear, se la imaginaba como ya no podría verla jamás, una cincuentona bien conservada, escrupulosamente maquillada y recién salida siempre de la peluquería, embutida a presión en vestidos ceñidos, calculados para probar que su cuerpo seguía teniendo curvas, una especie de Liz Taylor insurrecta y desconcertada a punto de casarse con un albañil, porque así habría sido, y así también le habría gustado.
Estaba a punto de abrocharse el quinto botón de la camisa cuando sintió un deseo súbito, asombroso por su intensidad, de desnudarse, tumbarse sobre las sábanas, y ponerse a Elia encima otra vez.
Mientras se lo pensaba, giró levemente el cuerpo hacia el interior de la cama y posó la mano derecha sobre el ombligo de la mujer, que sin llegar a modificar su postura, pareció erguirse de golpe y dirigirle una mirada distinta, entornando los párpados para matizar su astucia, una especie de alerta complacida, complaciente, que convenció a Juan Olmedo de que había adivinado sus dudas y sus intenciones casi a la vez. ¿Qué?, preguntó ella entonces. No, nada, respondió él, y aunque aquel instantáneo alarde de sabiduría le había conmovido de verdad, consiguió levantarse a tiempo, una milésima de segundo antes de que el movimiento de aquella mujer, que se disponía a avanzar para convencerle, se hiciera evidente. Ella se relajó en un instante, y empezó a manosearse el pelo con la mano izquierda como una manera de manifestar que estaba de acuerdo en que no había pasado nada, y Juan sonrió para sí, porque aquel forcejeo mudo, indeciso y estático le había devuelto a Charo con mucha más precisión que la suma de todos los datos que hubiera podido llegar a registrar su mirada de
forense aficionado. También tenía experiencia en aquella clase de combates. Y sin embargo, Charo habría podido con él, siempre podía, desde que aprendió a gobernarle manejando los hilos más esquivos de su deseo. Su resistencia lo dejó satisfecho. Él nunca iba a bailar sobre ninguna tumba, no estaba dispuesto a odiar, no lo necesitaba, no quería, no podía permitírselo. Sospechaba que llegaría un momento en el que la memoria de su amor ausente sucumbiría al destino de su propia ausencia, emprendiendo una retirada suave y uniforme que desdibujaría poco a poco el rostro de Charo, su voz, sus palabras, hasta cubrirla del todo con la arena menuda y fría que transportan las horas y los días, las semanas y los meses. Estaba decidido a vivir ese momento, a llegar hasta allí, a reconocerse en la figura serena, insensible, que contemplaría sin mover un músculo cómo se desprendía la última hilacha del hombre que fue en el último recuerdo de la mujer que amó y que sólo entonces moriría definitivamente.
Esa imagen le producía vértigo, una imprecisa mezcla de angustia y expectación, pero sabía que la arena del tiempo caería también sobre él, y lo haría todo más fácil. Siempre había sido el más inteligente de los tres. Aunque Charo se hubiera dado cuenta demasiado tarde, aunque Damián no hubiera llegado a descubrirlo nunca, él siempre había sido el más inteligente de los tres, y por eso, aquella noche, en aquella habitación confortablemente indeterminada, que no dejaba de parecer un cuarto de hotel de tres estrellas a pesar de la moqueta roja que recubría la pared a la que se adosaba una gran cama sin cabecero alguno, aceleró sus movimientos para acabar de vestirse deprisa. —¿Vas a volver?