Aquella pregunta reavivó el deseo que seguía latiendo en la zona adecuada de su cabeza, y que no se había molestado en sofocar cuando decidió renunciar a cumplirlo.
—Claro –contestó, y fue sincero–. Cualquier día de éstos… Ella se levantó de la cama y fue hacia él, consciente en cada paso de su desnudez, y le abrazó, y le besó en la boca como si no hubiera cobrado por estar allí. Juan le devolvió el beso con ganas, porque aquella chica le gustaba mucho y porque estaba de buen humor.
Luego, mientras regresaba al exterior por un camino asombrosamente corto en comparación con la distancia que había creído recorrer a la ida, cuando la primera bocanada del aire frío y húmedo de la madrugada desató el nudo secreto que le había impedido respirar con todos sus pulmones durante la última hora, al cerrar la puerta de su coche, y girar la llave de contacto, y distinguir en el ruido del motor una señal de que por fin estaba a salvo y en su propio terreno, comprendió que aquella mujer, Elia, o Aurelia, habría interpretado su actitud de una manera estrictamente errónea. El único motivo de que hubiera decidido marcharse la favorecía, favorecía el deseo latente que Juan quería preservar con su risueña envoltura, ese buen humor que le estaba sorprendiendo más que cualquier otra cosa que hubiera hecho aquella noche.
Durante casi tres semanas, desde que la vio por primera vez, el recuerdo de la chica vestida de rojo que se parecía a Charo en la distancia, en la penumbra, le
había visitado con cierta frecuencia. Nunca había llegado a obsesionarle, desde luego, él también tenía mucha experiencia en determinada clase de obsesiones, pero había mantenido en general la presencia justa para manifestarse sin acuciar y, durante un par de noches lluviosas había llegado a acuciarle, a obligarle a calcular cuánto tiempo hacía que no se acostaba con una mujer. Siete meses de castidad son muchos meses, pero cuarenta años son demasiados para afrontar un estreno sexual con naturalidad, sin la insidiosa sospecha de estar permanentemente a punto de hacer el ridículo. Los dos términos de esta ecuación se habían ido compensando entre sí hasta anular cualquier tentativa de movimiento, pero aquella tarde, al salir del hospital, Miguel Barroso le había invitado a tomar una copa con él porque su mujer se había ido con los niños a Sevilla, a pasar el fin de semana con la abuela, y era viernes, y no se le ocurría nada mejor que hacer.
Juan aceptó, y sólo después de llegar al bar comprendió lo que ocurría, porque allí les estaba esperando una anestesista muy mona a la que había visto con su amigo de vez en cuando, en la cafetería, o charlando en un pasillo, durante los últimos días. Después de saludarla, pidió la copa reglamentaria y, sonriendo sólo para sus adentros, se dispuso a interpretar con animosa indulgencia el ingrato papel de tercero en una obra para dos actores, que se miraban, y se sonreían, y se rozaban, y se interpelaban, sin dar señales de contar con él ni siquiera como espectador.
Durante cerca de tres cuartos de hora, tuvo tiempo para leer varias veces las etiquetas de todas las botellas que llenaban los estantes adosados a la pared del fondo, pero cuando intentó despedirse, ella le agarró del brazo para prohibírselo, insistiendo en que sólo le dejarían marcharse después de cenar. Luego fue un momento al baño, y Miguel le suplicó con más vehemencia aún que no les dejara solos antes de tiempo, no me hagas esto, Juanito, no me jodas, ¿a ti qué más te da…? A Tamara pareció entusiasmarle la perspectiva de cenar una pizza telefónica y la ATS desempleada le prometió que estaría en su casa antes incluso de que llegara el repartidor, para hacerse cargo de todo, pero aquellas garantías de paz doméstica no le hicieron más apetecible la idea de cenar con dos personas casadas, adultas, casi maduras ya, a quienes su previa experiencia en otros adulterios no les impediría ejecutar los ritos del cortejo con un entusiasmo casi bochornoso. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Antes de que llegara el primer plato, los futuros amantes descargaron sobre la mesa todo un recíproco arsenal de parpadeos, suspiros y esbozos de gestos audaces, sus dedos acariciando el aire como si el aire tuviera piel, y todas sus palabras sonaron a palabritas hasta que la conversación se saturó de diminutivos para ir deslizándose poco a poco hacia terrenos más comprometidos, más exigentes, más difíciles de calificar. Entonces, mientras el deseo ajeno se extendía por el mantel como una mancha sólida y rebelde, cuando su densidad crecía y se consolidaba en cada minuto, amenazando con excluirle sin remedio de aquella escena, sólo, y precisamente entonces, fue cuando Juan Olmedo empezó a sentirse implicado en cada frase que escuchaba, en el nerviosismo que distorsionaba las voces y entorpecía las
yemas de los dedos de sus acompañantes, en los indicios de una furtiva actividad subterránea que sus piernas, sus pies, parecían querer presentir más allá de un tranquilizador bodegón de platos sucios y copas vacías.
La excitación, la vulgar y bienaventurada excitación sexual que recorría su cuerpo por dentro con la alocada disciplina de una colonia de hormigas, sin fijarse todavía en ningún lugar concreto, fue la primera sensación, pero no la más intensa. Emboscadas en su envoltura lujosa, brillante, llegaron otras, la envidia, la nostalgia, la conciencia de su propia soledad, la tentación de sentir pena de sí mismo y la arrogancia imprescindible para prohibírsela. También un repentino acceso de vitalidad, un tumulto imaginario de sangre limpia y rojísima activando en cada segundo un sofisticado mecanismo de diminutas válvulas y conductos sutiles como hilos, el laberinto orgánico, químico, conocido e indescifrable a la vez, que le había consentido excitarse, y darse cuenta de que estaba excitado. El deseo le hizo egoísta y le hizo fuerte. Se descubrió a sí mismo pensando que, al fin y al cabo, la chica vestida de rojo no era más que una mujer como las demás, y que en definitiva su dinero era suyo y podía gastárselo en lo que quisiera, y se prohibió a sí mismo volver a pensar durante un par de horas. Ya no necesitaba argumentos, ni excusas, ni consideraciones morales de ninguna naturaleza. Se levantó después del café y se despidió con pocas palabras de quienes habían perdido ya cualquier interés en retenerle. Estaba nervioso, pero nadie lo habría descubierto al verle salir del restaurante, y caminar hasta su coche, y conducir al límite de la máxima velocidad permitida sin volver la cabeza siquiera al dejar atrás el desvío que tomaba todos los días para volver a casa. Estaba nervioso y eso no podía prohibírselo a sí mismo, pero ni siquiera ella, que se levantó de un taburete y fue derecha hacia él en el instante en que atravesó el umbral de la puerta, pareció descubrirlo. Llevaba muchas noches esperándote, le dijo, como un halago y como una promesa, y él recorrió con la mirada el lóbulo de su oreja, y la mandíbula, la línea del cuello, la piel del escote, reluciente, y aquel paisaje le tranquilizó.
Habría preferido seguirla inmediatamente a donde fuera que las mujeres como ella llevaran a los hombres como él, pero no se atrevió a pedirle nada. No quería que la chica de rojo se diera cuenta de que era la primera vez que iba de putas en su vida porque prefería no acordarse del único intento previo, la aparatosa deserción de sus veinte años frente a unas piernas espléndidas y un body negro, calado, y las burlas de Damián, aquel estribillo ridículo al que sus labios estuvieron abonados durante meses, qué tendrá que ver la dignidad con la polla, cuando iba al baño por las mañanas y cuando entraba en el comedor por la noche, cada vez que se cruzaban por la escalera o por el pasillo, siempre que pasaba por la terraza del bar de Mingo y se los encontraba allí sentados, Nicanor y Damián muertos de risa ante una mesa repleta de cascos de color caramelo, como dos tontos que se entretuvieran coleccionando botellas vacías de cerveza Mahou y repitiendo con una vocecita ofensivamente tierna, insidiosa, agotadora, aquella estúpida pregunta, adivina adivinanza, la dignidad y la polla, ¿qué es lo que tienen que ver? Y sin embargo, en aquella época, su dignidad y su polla