estaban tan relacionadas que algunas veces habían llegado a ser una sola cosa. De eso habría preferido no acordarse, y no porque temiera sentirse indigno de un Juan Olmedo que ahora le parecía más auténtico, más puro, mejor que aquel que habían fabricado al pasar otros veinte años, sino porque ese catastrófico recuerdo le devolvía a los terrenos de una inquietud juvenil que no estaba muy seguro de haber aprendido a controlar aún. Ya no le daban miedo las mujeres desnudas, pero recelaba de aquella mujer concreta mientras estuviera todavía vestida, y cuando la siguió hasta la barra, y la vio acomodarse en el taburete que había abandonado para ir en su busca, y le preguntó qué quería tomar antes de pedir una copa para sí mismo con el mismo tono, los mismos gestos, las mismas palabras que habría empleado si estuviera con cualquier otra chica, en cualquier otro bar, se le pasó por la imaginación la idea de pedirle que, por favor, no se comportara como una puta, porque quería follársela, y no le importaba pagar para follársela, pero no estaba muy seguro de poder soportar que ronroneara, que gimiera, que le llamara cariño, que le pusiera morritos de viciosa. Tampoco se atrevió a pedirle eso, pero no hubiera hecho falta. Ella estaba muy bien entrenada. Debía de haber aprendido a adivinar qué querían exactamente sus clientes, porque le había dado exactamente lo que él quería. Era eso lo que le había puesto de buen humor.
El sábado se levantó tarde y con la sensación de tener un asunto pendiente. Mientras desayunaba, comprobó que su estado de ánimo no había padecido ninguna indeseable alteración durante la noche. Al contrario. Alfonso, que estaba fascinado por el mando a distancia del televisor desde que había aprendido a usarlo, jugueteaba con el volumen y el selector de canales, saltando sin parar de una serie de dibujos animados a otra para hacerlas chillar y privarlas de sonido alternativamente. Tamara estaba en su cuarto con Andrés, fracasando sin pausa en el intento de completar un videojuego muy difícil, que le exasperaba hasta el punto de hacerle gritar y pisotear el suelo justo encima de la cabeza de su tío, que sin embargo, y a pesar del ruido, el desorden que le envolvía como un excéntrico tornado tropical, disfrutaba despacio del desayuno gracias a la constante parcialidad de su memoria. El recuerdo preciso de la delicadeza que afinaba la piel de Elia en la frontera de las axilas, la limpieza del canal que se abría entre sus pechos, tan firmes que su peso no había dejado ninguna huella aún sobre aquel camino suave y luminoso, la incolora levedad del vello que trazaba una línea casi invisible sobre un vientre elástico y compacto, las uñas de sus pies pintadas con un esmalte plateado con reflejos de plomo, la pequeña espiral tatuada con tinta roja en un rincón de su nalga izquierda, se fueron turnando para acompañarle durante todo el día, mientras hacía la compra, y preparaba la comida, y elegía la película que verían todos juntos a la hora de la siesta, endulzando su agotador fin de semana de padre, madre, amo de casa, profesor particular y terapeuta ocasional. El lunes aguantó el tirón del deseo, que fue endureciendo la condición de las imágenes que le asaltaban con una frecuencia creciente, reemplazando los detalles fijos por escenas en movimiento, suplantando el tacto, el olor, el volumen de aquella mujer con las reacciones de
su propio cuerpo.
Esperaba sentirse mal en algún momento, descubrir que había cometido un error,
escuchar la voz áspera, doliente, de su vieja juventud traicionada, desalentarse,
arrepentirse, comprender que no tenía sentido colgarse ni siquiera
superficialmente de una puta, por mucho que le gustara, por muy buena que
estuviera, por muy bien que se lo hiciera. Esperaba que le ocurriera cualquiera de
estas cosas, pero no le pasó nada, y el martes, cuando salió de trabajar, su polla
y su dignidad divorciadas ya de mutuo acuerdo y para siempre, cargó con esa
íntima perplejidad y se fue derecho hasta Sanlúcar.
—Te esperaba ayer… –dijo ella, que esta vez ya no se levantó para ir a buscarle.
—Pues he venido hoy –se limitó a contestar él, y detectó que su propia voz
estrenaba una nueva especie de seguridad.
Se lo pasó tan bien como la primera vez, como se lo pasaría la tercera, y la
cuarta, y la quinta, y todas las demás veces que fuera a buscarla durante aquel
otoño, y durante el invierno que llegó después. La euforia física, benéfica, sincera,
consistente, permaneció estable a lo largo del tiempo, pero el buen humor no
resultó tan duradero. Un par de meses después de haberla conocido, Elia se había
convertido en una pieza esencial de su vida cotidiana, como la lavadora o el
calentador. Para entonces, Juan Olmedo ya había descubierto que vestida
tampoco era peligrosa.
Un poco simple, simpática, cotilla, sentimental y muy envidiosa, buena chica en
un cuerpo accidental, en un destino accidentado, e inmune hasta al propio
concepto de contradicción, podía absorber cualquier turbulencia que sacudiera el
espíritu de Juan sin ser capaz de reflejarla siquiera pálidamente, y él ni siquiera
sabía si debía felicitarse o lamentarse por ello.
De lo que sí estaba seguro era de que Elia cerraba un círculo.
Alfonso, Tamara, el hospital de Jerez, Miguel, una urbanización en un pueblo
pequeño, una playa donde descubrir que los cangrejos andan de lado, y ella, un
saldo razonable, puntos en el mapa de una vida templada que podría haber sido
peor, y que era la mejor que había sido capaz de escoger para sí mismo. No era
un gran cobijo para las noches de invierno, pero los inviernos del sur son tan
cálidos como las primaveras del norte.
Cuando se dio cuenta de que les había seguido hasta la puerta del salón de bodas y banquetes más famoso, más elegante de todo Estrecho, se enfureció consigo mismo por haberse dejado tomar el pelo otra vez. Sin embargo, Damián, tras anunciar en voz alta que habían llegado, pasó de largo por las grandes puertas acristaladas, diseñadas para dejar ver una inmensa araña de cristal y la escalera imperial, de rizadas barandillas, por la que suspiraban todas las novias desde Cuatro Caminos a Tetuán, e inició el descenso por otra escalera estrecha y maloliente que arrancaba directamente de la acera, bajo un letrero de neón, «Juegos recreativos», con la mitad de las letras fundidas. El chasquido de las bolas de billar, y el golpe seco de las barras de acero de los futbolines estrellándose una
y otra vez contra sus topes de goma dura, les guiaron hasta un sótano enorme, donde el agudo campanilleo de una hilera de «flippers» aportaba una nota de inocencia sonora a una atmósfera insana, espesa de humo y de desafíos. Allí florecía una escogida población de adolescentes achulados, con el bulto de una navaja marcando el bolsillo trasero de los pantalones, una elaborada mueca siniestra en los labios torcidos, y una chica casi siempre más joven, pero muy pintada, pegada a sus talones para encenderles los pitillos, custodiar sus botellines de cerveza y sujetarles el taco cuando fueran a mear. Al fondo, un neón rosa y todavía intacto anunciaba con caligrafía cursiva que el bar estaba más allá de la puerta pintada de negro.
Damián y Nicanor atravesaron el salón por el pasillo central, sin reparar en las miradas de admiración de los jugadores que, a uno y otro lado, parecían formarles una escolta de honor desde las mesas, y durante un instante todas las bolas quedaron suspendidas sobre el tapete verde. Juan iba tras ellos, con la incómoda pero familiar sensación de ser el único que no estaba del todo en el secreto de aquel atardecer de finales de mayo, un estudiante de tercero de Medicina avergonzado por la precocidad de aquella pandilla de golfos que no habrían acabado todavía el bachiller ni siquiera en el caso de que no les hubieran echado ya de media docena de colegios. Su sabiduría de sótanos y descampados carecía sin embargo del poder suficiente para abrirles aquella puerta negra, donde un cartel escrito a mano, con un rotulador rojo de punta gruesa y una hache de menos, advertía que estaba prohibida la entrada a los menores de dieciocho años. Damián, que acababa de cumplir diecinueve y era todavía consciente de los treinta pares de ojos sincronizados en sus movimientos, la empujó con un gesto de arrogancia que le contagió otra edad, mientras en algún lugar impreciso, por encima de sus cabezas, empezaba a sonar la marcha nupcial. Eran las ocho y media de la tarde y Juan, que pisaba por primera vez aquellos billares y nunca había mirado la puerta negra con la suprema codicia de lo inalcanzable, sintió una punzada de tristeza instantánea y sucia, como un vergonzoso vestigio de desamparo infantil, al escuchar aquellos acordes dulzones, conocidos, mientras la sonrisa de lechuza de una mujer desconocida y seca, el pelo tirante, teñido de negro, y dos aros enormes en las orejas, celebraba su llegada a la más miserable instalación de los infiernos.