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«Lo de Conchi», como lo llamaban ellos, era un tugurio largo y estrecho como un vagón de tren, un túnel de paredes abombadas que olían a humedad pese a las pretenciosas ambiciones de la decoración, confusa mezcolanza de motivos marineros y estampas inglesas de caza en marcos dorados que parecían de plástico hasta de lejos. El techo, abovedado, estaba recubierto en algunas zonas de hueveras de cartón pintadas también con purpurina dorada, una herencia del último responsable del local, que había fracasado en el intento de transformar aquel simple bar de billares en un sucedáneo de discoteca con una diminuta pista al fondo. Su sucesora había demostrado más imaginación y mejor tino al convertirlo en una especie de improvisado burdel de barrio, un establecimiento ilegal encubierto por la inofensiva fachada de los recreativos, cuyo arrendatario

era, además de su marido, su casero en aquel buen negocio que se mantenía

oficialmente al margen de los propietarios del edificio.

Nicanor le informó de todo esto en un susurro bronco y salpicado de risitas

mientras Damián hacía como que bailaba con aquella desnutrida ave rapaz sin

llegar a levantar los pies del suelo, y Juan, al cabo por fin de todos los secretos,

imaginó sin esfuerzo el extraordinario semillero de clientes que representaría

aquel salón repleto de chicos malos, obligados a fantasear durante años con lo

que pudiera ocurrir al otro lado de la puerta prohibida. Ése era también el pasado

próximo que su hermano intentaba alejar comportándose con la displicente

familiaridad de los clientes habituales, una calculada combinación de indiferencia

e interés que, en una versión menos airosa, menos mundana, respiraba también

en la media sonrisa de Nicanor Martos.

Éste no había estrenado aún su uniforme de policía pero ya seguía los pasos de

su amigo con una fidelidad perruna, atosigante y gratuita.

Juanito –Damián se acercó a él llevando abrazada por la cintura a aquella mujer–,

te voy a presentar a una amiga mía. Conchi, aquí tienes al pardillo de mi hermano

mayor.

Nicanor celebró con ruidosas carcajadas aquella presentación, ante la que el

propio Juan sonrió.

—Sí, sí… –Conchi avanzó hacia él y le toqueteó los bordes de la camisa, como si

quisiera arreglarle el cuello, y sus uñas larguísimas, curvadas, pintadas de

granate, imprimieron un sesgo inquietante, ajeno, al mismo ademán con el que su

madre le despedía todos los días en la puerta de casa–, llámalo como quieras

pero es bastante más guapo que tú, mira lo que te digo –y se volvió de golpe,

como si pretendiera atrapar a Damián, que sonreía–. Ya me figuro por qué no lo

has traído antes.

—¿A quién, a éste? –su hermano lo señaló con el dedo antes de dejar caer toda la

mano en un gesto de desprecio–. Pero si está todo el día estudiando, si es un

pardillo. Se ahoga en un vaso de agua, ya te lo he dicho.

—Muy bien –ella acarició la garganta de Juan con el filo de sus uñas, como

esbozando una despedida provisional–, será lo que tú quieras pero ahora, de

momento, se va a tomar otra copa. Yo le invito. Ya sabéis que los buenos chicos

son mi debilidad.

Era la segunda vez que una mujer le llamaba buen chico en el mismo día. Juan

Olmedo sintió la tentación de replicar para sí mismo que su debilidad, a cambio,

debían de ser las chicas malas, pero al seguir a Conchi con los ojos, mientras

volvía a ocupar su sitio al otro lado de la barra, la encontró demasiado vieja, y

demasiado parecida a las gárgolas de piedra de las catedrales góticas, como para

vincular sus palabras a las que Charo había pronunciado por teléfono para

arruinarle el postre de aquel día, y el del día siguiente, y el del otro, todos los

postres que le quedaban. Aquella conversación le seguía escociendo en el oído,

en la garganta, en la lengua, incapaz de desprenderse del gusto repentinamente

amargo de las fresas que se habían congelado en su paladar mientras mantenía el

auricular del teléfono pegado a su oreja durante unos segundos largos como años

enteros. Demasiado bueno. Media docena de sílabas que masticar con todos los dientes para no lograr jamás desmenuzarlas, someterlas, entenderlas del todo. Demasiado bueno. Nada ni nadie lo eran en este mundo, nada ni nadie, se repitió, nada era demasiado bueno, nadie, excepto él.

El segundo whisky no logró posar ningún sabor nuevo en su boca, pero le prometió un atontamiento más agradable que el bucle infinito de aquellas dos palabras que se perseguían sin descanso entre sus cejas. Por eso levantó al fin la vista de la barra, se dio la vuelta y se dedicó a estudiar el panorama. Sus ojos, habituados ya a la penumbra, distinguieron con mucho más detalle los rostros y los cuerpos, los cazadores y los perros, los nudos y las anclas de las paredes.

El bar era pequeño, pero no había mucha gente. A su izquierda, Nicanor movía la cabeza con una frecuencia rítmica, constante, como si no acabara de decidirse entre una jovencita muy delgada, con el pelo largo, rubio sucio, los ojos furiosamente subrayados con una raya negra y aspecto de yonqui, que estaba sentada sola en una mesa, y una mujer más mayor, de unos treinta años, pelo corto, aspecto saludable y aire experto, que fumaba de pie, apoyada en la pared. Juan habría elegido a la segunda, pero no tenía intenciones de disputársela a Nicanor, porque no le gustaba lo suficiente como para demostrarse a sí mismo que Charo estaba equivocada. Tampoco le gustaban mucho las dos chicas que había escogido su hermano para hacer el tonto en medio del bar, ni otra mujer con aspecto triste y la cabeza como una escarola, que hablaba con un hombre canoso en una mesa próxima. Entonces, Damián se cansó de bailar y volvió a la barra con sus dos acompañantes, liberando el hueco preciso para que Juan descubriera en el banco del fondo dos piernas estupendas, perfectas, infinitas, que se extendían entre una minifalda de charol rojo y unos zapatos negros de tacón muy alto. Cuando su mirada alcanzó la consistencia de una garantía, la propietaria de las piernas las descruzó, las estiró un momento, descargando todo su peso en la mínima superficie de los tacones, y las dobló antes de levantarse, como si quisiera ofrecer a su admirador un catálogo completo de sus posibilidades. Luego se puso en marcha, salvó el escalón que separaba la antigua pista del resto del local, y echó a andar hacia él muy despacio. Juan recorrió el resto de su cuerpo con los ojos para dictaminar que, en general, estaba a la altura de aquellas dos piernas prodigiosas. No era una mujer joven pero tampoco madura. Tenía la cintura ligera, las caderas muy acentuadas, y un torso delgado, de hombros estrechos, del que brotaban dos pechos redondos, embutidos en un body negro, calado, que les daba una apariencia confitada, golosa, casi comestible.