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Cuando había recorrido la mitad del camino, la mujer con pelo de escarola levantó la mano para detenerla, como si quisiera comentarle algo, y ella se inclinó para escuchar mejor. En aquel escorzo, la promesa de su escote habría trastornado a cualquiera, pero Juan ya le había visto la cara, angulosa, cansada, de una belleza difícil, poco convencional. Llevaba el pelo teñido de caoba y tenía los ojos oscuros, ojerosos, la nariz grande y algo más, un detalle que no conseguía

capturar del todo, un incierto aire familiar que jugueteaba con él, escamoteándole

su origen.

No era posible que la conociera, y sin embargo Juan tenía la sensación de

conocerla, o de conocer a alguien que se le parecía mucho, hasta demasiado.

—Oye –le dijo a Nicanor, que seguía moviendo la cabeza con la misma frecuencia

que antes, repartiendo equitativamente sus miradas y sus dudas–, esa tía…

—¡Ah, sí! La Gogó. Se llama Carmen, pero la llaman así porque de joven bailaba

en una discoteca.

Está buenísima.

—Sí. –Ésa era la verdad, que estaba buenísima.

—Y además se lo monta de puta madre, te la recomiendo, en serio, es…

En ese instante, Juan supo con certeza quién era, y lo dijo en voz alta, como si

existiera alguna posibilidad de que estuviera equivocado.

—Es la mujer del cerrajero de la calle Ávila, la que hace duplicados de llaves, ¿no?

—Justo –confirmó Nicanor, asintiendo con la cabeza–. Esa misma.

La había visto muchas veces, con la misma cara de cansada, las mismas ojeras,

envuelta en una bata verde, grande y polvorienta de virutas de metal, manejando

la máquina, la mano derecha en la palanca que mantenía las llaves en su sitio, los

ojos pendientes de la sierra que iba limando el filo del duplicado. Había hablado

con ella muchas veces, una mujer corriente, con la cara lavada y el pelo recogido

en una coleta, que estaba casi siempre sola en la tienda, porque el cerrajero solía

andar por ahí, abriendo cerraduras o instalándolas a domicilio.

—¡Pero si trabaja con su marido! Estoy harto de verla, siempre le encargamos a

ella las llaves.

¿Qué está haciendo aquí?

Nicanor le miró como si no hubiera entendido la pregunta, y tardó unos segundos

en contestar.

—¡Pues qué va a hacer! Sacarse unas pelillas, como todas.

—Unas pelillas…

—Sí. Aquí todo es de andar por casa, no te vayas a creer que son profesionales,

la Conchi…

–se calló de golpe cuando Juan, que parecía alelado hacía sólo un momento,

mientras repetía sus palabras como si las hubiera escuchado en otro idioma, sacó

un billete de mil pesetas y lo puso encima de la barra–. ¿Pero qué haces?

—Me voy.

—¿Qué? –Nicanor curvó los labios en una sonrisa tímida, indecisa entre la

incredulidad y la burla–. Anda, chaval, vuelve aquí, que al final va a resultar que

tiene razón tu hermano…

Pero Juan se marchó, aunque no lo suficientemente deprisa como para escapar a

la voz de mujer que se sumó a la de Nicanor cuando empujaba la puerta del bar.

—¡Eh! –dijo aquella voz–.

¡Eh, chico! –Bueno, chaval, esto ya está, escuchó él–. ¿Adónde vas?

–Si no entra bien en la cerradura, le dices a tu madre que me la traiga otra vez y

le doy un repaso, porque este modelo es muy puñetero–. ¡Vuelve aquí! –No, no

me la pagues, ya se la cobro yo a tu madre cuando la vea… Al salir a la calle, se dio cuenta de que tenía las mejillas muy calientes. No necesitaba ningún espejo para comprobar que se había puesto colorado, como cuando era pequeño, pero ni siquiera esa fulminante reacción física le aclaró si sentía vergüenza de sí mismo, de sus nervios, de su huida, de la cerrajera que se había metido a puta en sus ratos libres, o de que existieran lugares como aquél en su propio barrio, a una estación de metro de su casa. Sólo sabía que se sentía incómodo dentro de su cuerpo, que los brazos y las piernas le pesaban como si no fueran suyas a pesar de que parecían haberse ahuecado de golpe, que el color de su cara no cedía al aire fresco del atardecer, y que nunca, nunca, debería haberse dejado convencer por Damián.

Echó a andar por Bravo Murillo para no ir a ninguna parte en concreto. Habría seguido andando hasta el final del último camino, pero se conocía bien, y sabía que antes o después volvería a su casa, pasaría por delante de la puerta de Charo, abriría la suya, se iría derecho a su cuarto, cogería los libros y se pondría a estudiar con la feroz determinación de siempre.

Eso era lo que sabía hacer, era su carácter, su naturaleza, lo mejor de sí mismo, lo peor, el castigo con el que se premiaba cuando estaba a solas, el premio por el que le castigaban los demás, la roca dura y transparente de un destino adverso, apasionadamente escogido, que la sentencia de una princesa de barrio había triturado hasta convertirlo en un montón de polvo.

—Mira, Juan –le había dicho, y él había intuido que aquella advertencia no era más que el prólogo de lo peor–, es que yo… Mira, yo creo que lo mejor es que lo dejemos, ¿sabes?, porque… No es que no me gustes, eso no, sí que me gustas, eres guapo, eres simpático y todo eso, pero te tiras todo el día estudiando, metido en casa, casi no te veo, y luego… No sé. No te gusta ir a guateques, ni a discotecas, ni a la bolera y… Total, que la verdad es que yo necesito otra cosa, otra vidilla, yo qué sé, yo… A mí me gusta ir al cine, sí, me gusta, y me gusta charlar, y eso, pero la verdad es que prefiero bailar, ir de marcha, salir en pandilla. Y mis amigos tampoco te caen bien. Siempre dices que son unos chulos y unos críos, y bueno… A lo mejor lo serán, pero son mis amigos, ¿sabes? Y…, y… Vale, pues que sí, que si estamos saliendo, es normal que…, ¡uf!, pues que nos besemos, y que nos peguemos la paliza, y eso, pero es que pasamos las tardes enteras en los sótanos de los bares, pues tampoco… No es que me aburra, no, porque eso también me gusta, pero… No sé, es que no lo sé explicar, pero yo necesito otra cosa, ya te lo he dicho. Yo creo que eres demasiado bueno para mí, Juan, eso es lo que pasa, y no es que yo sea mala, pero me gustan… otros tíos, tíos con más cosas en la cabeza que aprobar en junio. Gente que sepa divertirse. Y no es que tú no sepas, es que a ti ni siquiera te interesa divertirte, Juan, ésa es la verdad.

Eso le había dicho, y si Damián lo hubiera escuchado, le habría dado la razón y hasta la habría aplaudido al final. Eso le había dicho y él ni siquiera había sabido defenderse, porque lo único que se le venía a la cabeza era la frase de siempre, es que si no apruebo en junio con buenas notas puedo perder la beca… Charo ya

lo sabía, se lo había oído un montón de veces, pero le daba igual, no le importaba, como no le importaba a su padre, que seguía obligándole a ir a la panadería a hacer turnos de fin de semana en plenos exámenes, como no le importaba a su hermano, que cuando llegaba a casa ponía la música a lo que daban los altavoces y le decía que, si no le gustaba, que se fuera a otro cuarto a estudiar, como ni siquiera, en el fondo, parecía importarle a su madre, que le decía a todo el mundo que estaba muy orgullosa de él pero no hacía nada para ponerle las cosas más fáciles. Y aquella noche, cuando llegó a Cuatro Caminos, y vio en su reloj que eran las nueve y media, y siguió andando, sintió la tentación de pensar que tal vez fueran ellos quienes tenían razón, porque siempre había sido así, siempre, desde el principio.

El principio era Villaverde Alto, un piso muy pequeño, al lado de un parque, a más de una hora de camino, en camioneta primero, en metro después, de la panadería de la calle Hermosilla que había atraído a sus padres a Madrid unos pocos meses antes de que él naciera. La tía Remedios, una anciana gorda, torpe y malencarada a la que Juan apenas recordaba con el índice levantado, advirtiéndole que le cortaría una mano si le veía coger un solo chicle sin pagarlo, había reclamado a su sobrino más joven para que la ayudara con la tienda al quedarse viuda, y él, que acababa de casarse y no tenía más futuro que trabajar en el campo por cuenta ajena, ni siquiera se lo pensó.